Titanes del piano. Sviatoslav Richter

El pianista ruso Sviatoslav Teofílovich Richter (1915-1997), nacido en la localidad ucraniana de Zitómir, destacó por una carrera estelar apoyada en un pianismo musculoso, verdaderamente titánico. Una montaña de sonido y potencia, pero siempre al servicio de la música. Difícilmente se encontrará una interpretación de Richter en la que el pianista quiera “demostrar” sus capacidades por el mero hecho de hacerlo. Como sucede con todos los grandes, su técnica poderosa se ajusta al texto musical, a la trasmisión de un pensamiento presente en la partitura o a una idea intuida en ella. Aun así, nada es mecánico o previsible, más bien al contrario: Richter es una fuerza de la naturaleza a través de cuyos dedos se desborda un vigor y una espontaneidad que siempre revelan una visión peculiar y novedosa de las obras que interpreta. Sus acentos son siempre más incisivos respecto a los de otros pianistas en esas mismas notas, sus fortísimos siempre resultan más fuertes de lo esperado, algunos de sus pasajes en velocidad nunca se han oído tan rápidos. Muchas veces sucede que las sucesivas escuchas de sus grabaciones siguen sorprendiendo cada vez, como si fueran la primera.

De todos modos, no todo en Richter es fuerza y volcán en erupción. Escúchese su Schubert, por ejemplo: como señaló en su momento Glenn Gould, al escuchar en vivo la interpretación que hacía de una de sus sonatas, ciertas cuestiones que hasta entonces Gould había considerado ornamentales pasaron a ser en ese momento y para siempre estructurales, parte inalienable de la idea musical que el malogrado vienés había imaginado. En efecto, una escucha detenida de las grabaciones de Schubert que nos ha legado Richter, insoslayables, demuestran la verdad del aserto de Gould sin posibilidad de réplica, me atrevería a decir.

Richter brilla con luz propia en un repertorio amplio que va de Bach a Gershwin, pasando por Haydn, Beethoven, Schubert, Chopin, Liszt, Schumann, Brahms, Grieg, Debussy, Ravel y, por supuesto, los grandes rusos: Chaikovsky, Músorgski, Rajmáninov, Scriabin, Prokófiev, Shostakóvich. De todos y cada uno de estos compositores se podrá encontrar una grabación de Richter que supone una referencia, a veces la referencia absoluta.

Un detalle no secundario es que la mayor parte de las grabaciones de Richter están tomadas en concierto, el lugar donde se sentía como pez en el agua. Era un concertista nato, pero en absoluto un divo. En sus últimos años realizó una gira por los lugares más inhóspitos de Siberia, pues sostenía la necesidad de tocar ante públicos que no tendrían jamás la posibilidad de acudir a las grandes salas de conciertos o, simplemente, de escuchar a un gran pianista en vivo. En auditorios del circuito concertístico habitual, como el Barbican Center de Londres, llegó incluso a tocar en marzo de 1989 con la sala prácticamente a oscuras, pues la única luz presente era la de la bombilla de 40w del flexo con que iluminaba la partitura, como documenta una milagrosa grabación de la BBC que logró capturar el momento, a pesar de las obvias dificultades técnicas. El público debe concentrarse en la música, no en el intérprete, decía. De hecho, físicamente Richter parecía más bien un anodino burócrata de alguna oscura oficina ministerial. Nada que ver con algunas estrellas actuales del teclado. Richter era feo y calvo, pero ya me dirán ustedes qué importancia tiene eso.

Es difícil, más bien imposible, elegir una sola grabación de Richter por encima de las demás, de modo que no lo haré. Quedan para la historia su sonata D. 960 de Schubert, sus conciertos para piano y orquesta de Liszt con Kondrashin en Londres, sus estudios de Chopin, sus sonatas de Beethoven en Praga, su increíble Schumann, El clave bien temperado de Bach (una de sus pocas integrales, si no la única verdaderamente digna de ese nombre que realizó), su Prokofiev…

Sin duda, uno de los más grandes pianistas de siglo XX.


 

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Andrés Ortega Garrido