
Quizá la octava (y penúltima completa de su producción) de las sonatas de Serguei Prokófiev no se encuentra entre las más conocidas del autor, como sí lo son la sexta y la séptima, las dos más interpretadas. Pero esta octava sonata es una fuente de sorpresas para el melómano y el público interesado en general. En primer lugar, es un ejemplo máximo del estilo maduro del compositor; en segundo lugar, despliega toda la panoplia de recursos pianísticos habituales en él: ataques secos y angulosas melodías que al mismo tiempo encierran una extrema ternura, dentro del caleidoscópico movimiento de acordes y disonancias característico de Prokófiev; además, depara alguna sorpresa a modo de cita u homenaje.
El primer movimiento comienza con serenidad, para desembocar en un remolino de agitación cuyo punto culminante son las breves escalas descendentes en la zona grave del piano que Prokófiev nos hace escuchar tres veces, por si no nos había quedado claro. El segundo movimiento contrasta con la angulosidad del primero y del tercero, presentando una melodía cantabile de dulzura inusitada. La sonata se cierra con un tercer movimiento elaborado a partir de los acrobáticos saltos melódicos que caracterizan al compositor y que configuran una especie de cubismo musical. Es en este tercer tiempo donde encontramos una cita casi literal del estudio op. 25 n. 12 de Chopin, sin duda a modo de homenaje, como decimos.
Las versiones clásicas e inexcusables de Sviatoslav Richter y de Emil Gilels tienen un pequeño problema y una sorpresa. El problema es la fragilidad de las tomas de sonido, no del todo satisfactorias. La sorpresa es la huida consciente en sus versiones de la esperable incisividad que parece intrínseca a estas partituras, incisividad que encontramos algo más acentuada en otros pianistas, como Lazar Berman o Borís Petrushansky (pianista ruso afincado desde hace décadas en Italia, poco conocido pero intérprete estimable; no en vano se trata del último alumno del mítico pedagogo ruso Heinrich Neuhaus). Así, quizá la lectura de Grigory Sokolov se trate de la más satisfactoria en términos generales, con un virtuosismo espectacular que roza lo inalcanzable.
Andrés Ortega (Música, maestro)

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