Dido y Eneas de Henry Purcell

Gran Bretaña no es tierra de muchos compositores, pero los que hay bien valen por tres o cuatro. El más grande de todos es Henry Purcell (1659-1695), cuya breve vida no le impidió crear una nutrida obra (unas hipotéticas grabaciones completas, que no existen –que se avergüence quien tenga que avergonzarse–, abarcarían unos 50 o 60 discos), casi toda ella dedicada a la música vocal.

Una de sus composiciones más conocidas es la ópera Dido y Eneas, obra maestra del género que nos permite comprender el peculiar acercamiento al mundo clásico que se vivía en la Inglaterra del s. XVII: la historia del héroe troyano del poema de Virgilio se conjuga con la tradición británica de hadas y brujas, aportando un cierto aroma shakespeareano al conjunto. 

Musicalmente, nos enfrentamos a algunas de las melodías más prodigiosas jamás escritas. La melancolía es el sentimiento que prima en toda la obra y que se plasma de manera definitiva en la conocida aria final de Dido, un pasacalle de honda tristeza donde la reina abandonada lanza su espeluznante “remember me” antes de morir. Al lamento de Dido le sigue un coro de Cupidos de lacerante tristeza que, como dice el texto (“Keep here your watch, and never part”), parece que efectivamente nunca abandonará el fúnebre lugar y seguirá cantando por los siglos de los siglos a la desgraciada reina.

Señalo una versión que, en mi opinión, satisface plenamente el carácter casi camerístico de la pieza y la profundidad ligera y sincera del canto: Andrew Parrott al frente del Taverner Choir & Players, en su versión de 1994 con Emily Van Evera y Ben Parry en los papeles principales.


 

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Andrés Ortega Garrido