
Del pianista canadiense Glenn Gould (1932-1982) se ha dicho de todo. Resumo en dos palabras: genio y extravagante. O genio extravagante, si queremos. La genialidad está fuera de duda. La extravagancia bien puede ser una máscara, una construcción. Al menos por lo que respecta al aspecto externo del músico: los guantes, la silla de madera bajísima y destartalada, los gestos, los movimientos hipnóticos frente al teclado, el murmullo omnipresente… De todos estos signos externos de extravangacia, solamente el último puede ser detectado en sus grabaciones discográficas, como es lógico (y tampoco se trata del único pianista que “hace ruido” al tocar: escuchen con atención a Pollini, Leónskaya, Sokolov en directo, cierto golpeteo en Arrau -no sé si las uñas o la suela del zapato en el pedal-, etc.).
Otras extravagancias pertenecen al ámbito meramente musical: tempi sorprendentes (ya sea por lo rápido o por lo lento, según), staccato marcado en cierto repertorio, uniformidad casi monolítica en obras que requerirían matices sonoros apreciables… Son elecciones que sorprenden a quien conoce las obras, pero que se apoyan en razonamientos musicales muy meditados. Y, como el mismo Gould decía, quien quiera versiones canónicas tiene decenas de grabaciones a su disposición.
Ejemplifico rápidamente las tres cuestiones que antes mencionaba: escuchen su grabación de la sonata en la menor de Mozart, K. 310, y observarán en el primer movimiento una velocidad fuera de lo común, vertiginosa, que se combina con esa uniformidad monolítica de la que hablaba, ya que básicamente todo es forte de principio a fin, con poco lugar para las variaciones de intensidad sonora. Sin embargo, después de aficionarse a esa grabación, ¡qué sosa resulta cualquier otra!
Otro caso de velocidad fuera de lo normal lo encontramos en la sonata en do mayor K. 331, también de Mozart. Se trata de la sonata que termina con la archiconocida “Marcha turca”. En este caso, la interpretación del primer movimiento de la obra sorprende por la lentitud, frente a las versiones canónicas, así como por el peculiar fraseo, casi afectado de hipo, pero ajustado a lo escrito en la partitura. La “Marcha turca” también la toca a una velocidad mucho más lenta de lo normal, justamente para contrarrestar, podríamos decir, la obsesión de los pianistas por demostrar lo rápido que pueden ejecutar (literalmente) esta pieza. El caso es que, después de escuchar la interpretación de Glenn Gould, la conclusión que saca el oyente avezado es que ese es el tempo correcto, y no la carrera de fórmula 1 a la que nos tienen acostumbrados.
El staccato lo encontramos en su Bach, marca de la casa, pero a estas alturas casi unánimemente aceptado como exacto. De hecho, a día de hoy su interpretación de Bach resulta paradógicamente canónica. E insuperable en muchos aspectos. En algunos, de hecho, insuperada. Sus Variaciones Goldberg, BWV 988, así lo demuestran, tanto en su versión de 1955 (su primer disco) como en la de 1981 (puesto a la venta al poco de su muerte, casi a modo de testamento musical, aun cuando no fuera su última grabación). Esta segunda versión de las Goldberg es el paradigma del arte pianístico de Gould: claridad, polifonía, variedad, imaginación, construcción, atención al detalle diminuto y a las grandes formas por igual, pasión, alegría, éxtasis y misticismo.
Déjenme terminar con un último apunte en defensa de sus interpretaciones de la música romántica, a veces denostadas. Gould no tocaba la música romántica como si fuera barroca (afirmación absurda que, con todo, he escuchado), al contrario: dota al repertorio romántico de un halo de intensidad y pasión que ya quisieran otros pianistas expertos en ese estilo. A todo ello se une un portentoso uso del pedal, que, sin emborronar, logra sorprendentes efectos de máximo legato. Escuchen sus grabaciones de Mendelssohn, de Brahms, del cuarteto con piano op. 47 de Schumann, de su transcripción de la obertura de Los maestros cantores de Núremberg de Wagner (una maravilla, ayudada casi seguramente por la superposición de grabaciones de sí mismo: a partir de un cierto punto la polifonía parece inviable para dos manos), de sus registros de Richard Strauss… Tampoco su grabación de la sonata nº 3 de Chopin, en si menor, op. 58, es tan horrible como claman sus enemigos.
En fin, disfrutemos de Glenn Gould sin prejuicios, incluidas sus gloriosas extravagancias.
Andrés Ortega (Música, maestro)

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