
Esta obra puede considerarse el canto por excelencia del atormentado siglo XX, el de las dos guerras mundiales, los totalitarismos, las dictaduras sanguinarias, los campos de exterminio exterminio y el gulag. La Séptima sinfonía op. 60, “Leningrado”, del ruso Dmitri Shostakóvich (1906-1975) fue compuesta entre el 15 de julio y el 27 de diciembre de 1941, es decir, en pleno asedio de Leningrado, hoy y antes del comunismo San Petersburgo. Éxito arrollador en la propia ciudad dedicataria, en toda Rusia y en el extranjero, automáticamente se convierte en un símbolo de la lucha contra el fascismo y en la premonición de la victoria sobre él. Fue estrenada al año siguiente en EE.UU. bajo la dirección de Arturo Toscanini, a quien le habían hecho llegar la partitura en microfilm.
La sinfonía, de algo más de una hora de duración, se estructura en cuatro canónicos movimientos. El primero, imponente, dibuja la traquila vida de la ciudad, poco a poco asediada por la llegada del ejército enemigo. El compositor logra este efecto con un ostinato de varios minutos en crescendo y con la adición progresiva de instrumentos, lo cual recuerda como concepción al Bolero de Ravel, solo que aquí no hay espacio para danzas sensuales, sino para tragedias anunciadas. Le sigue un segundo movimiento donde se entrevé la reacción heroica y teñida de drama frente a la agresión. Al tercer movimiento, reflexivo, esperanzador y trágico a un tiempo, le sigue el inquietante último movimiento, que comienza delineando la incertidumbre para desembocar en unos dos últimos minutos de un heroísmo irrefrenable que señala la inequívoca y contundente victoria final.
Varias versiones excelentes compiten por el primer puesto. Algunas se sitúan en el ámbito simple y llanamente de la historia, como la grabación del 19 de julio de 1942 a cargo de Toscanini y la NBC Symphony Orchestra. No es la mejor versión, pero es un indudable documento histórico del estreno americano de la obra. Excelente es el registro de 1953 de Evgueni Mravinski al frente de la Orquesta Filarmónica de Leningrado. Igualmente magnífica es la versión de Gennadi Rozhdéstvenski con la Orquesta Sinfónica del Ministerio de Cultura de la URSS, de 1984, así como la de Mstislav Rostropóvich con la National Symphony Orchestra en enero de 1989, pertenenciente a su integral, quizá la versión que considero más equilibrada y perfecta. Inexcusable es la lectura de Leonard Bernstein con la Orquesta Sinfónica de Chicago, en vivo, en junio de 1988, de tempi anchos e intensos como nunca (por ejemplo, el primer movimiento alcanza los 31,43 minutos, frente a los 28,50 de Toscanini, los 27,37 de Rozhdéstvenski, los 26,59 de Mravinski y los 26,24 de Rostropóvich).
En cualquier caso, ahora más que nunca, la Séptima sinfonía de Shostakóvich debe escucharse en vivo. Es una experiencia inolvidable. Probablemente nunca la música clásica haya alcanzado tal capacidad de ocupar sonora, físicamente el espacio de una sala de conciertos.
Andrés Ortega (Música, maestro)

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