Las nuevas tecnologías, el relativo dominio de lo audiovisual, la desgana y falta de hábito lector, pueden, en cierto modo, esclarecer, hasta un grado razonable, los posibles porqués de los pésimos índices de lectura y el subsiguiente desconocimiento de saberes básicos y necesarios que acompaña a los mismos, amén de la fallida comprensión lectora.
Aún así, el cine no ha quedado ni mucho menos indemne. El interés por el mismo de las nuevas generaciones es apenas un débil destello de ocasión, si lo comparamos con el mostrado, casi entusiasta, por las precedentes. Lo cierto es que el paradigma (como ya venimos diciendo respecto a la poesía) ha cambiado radicalmente.
En definitiva, artes y oficios que hasta hace poco gozaban de muy buena salud, hoy languidecen, camino de una muerte más que posible. Su aparente transformación no implica, en principio, otra cosa, sino su propia defunción.
Los libros, de hecho, van siendo cosa de museo (en eso se van convirtiendo esos idílicos reductos que llamamos bibliotecas; no tan idílicos ya). O a lo menos, los de la mayoría de los autores clásicos. Y el cine, arrasado por las plataformas, no es ni la sombra de lo que fue. Desierto o páramo, salvo contadas ocasiones.
¿Marca el fin de algo mayor, indicio de decrepitud y declive definitivo, o tan sólo de ciertas formas de concebir el arte?
El tiempo, a buen seguro, dará cumplida e ineludible respuesta.
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