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La Columna de Jean Claude Fonder

Esta palabra me gusta mucho.

La descubrí leyendo “La noche de los tiempos” de Antonio Muñoz Molina. La lentitud tiene mucho valor para el narrador de esta novela, un arquitecto madrileño formado en la escuela alemana de la Bauhaus que, en 1936, deja la Madrid republicana que vive el principio de la guerra civil y viaja a Estados Unidos para reunirse con una mujer de la que está enamorado perdidamente. Durante el recorrido, un poco como en la obra maestra de Proust, “En Busca del Tiempo Perdido”, el narrador, uniendo recuerdos de distintos tiempos dictados por la memoria asociativa, reconstruye su universo, su tiempo, su vida y sus valores. Cuando, en el tren que lo lleva a la pequeña ciudad de Pensilvania, meta de su viaje, a la vuelta de una curva descubre “el puente”, el Washington Bridge, reflexiona    sobre las obras humanas:

George_Washington_BridgeEl trabajo humano era sagrado: el coraje de enfrentarse al viento helado, al cansancio y al vértigo, no en nombre de ningún ideal o delirio sino para cumplir la tarea asignada y ganar el pan de cada día

….

Pero era el tiempo el que completaba el trabajo; el paso del tiempo, la luz del sol, el calor y el frío, la constancia del uso; el tiempo el que revelaba y consumaba la belleza de un muro de ladrillo mordido por la intemperie o de unos peldaños que las pisadas han ido gastando o una baranda de madera bruñida por el deslizarse asiduo de las manos. Tantos años angustiado por la obsesión de terminar cuanto antes las cosas, de saltar de un minuto a otro como de un vagón a otro en un tren en marcha y ahora empieza a Intuir que lo que le faltaba tal vez no era velocidad sino lentitud, paciencia y no confusa agitación.

Lentitud, para mi, es una palabra que está cargada de un significado positivo, casi majestuoso: tomarse el tiempo de la reflexión para profundizar un tema o un problema, para conocer a una persona o para disfrutar de un obra, un lugar, un momento …

Por el contrario las palabras en francés “lenteur” o en italiano “lentezza” me dan la sensación de algo negativo, de un defecto; será el final en “itud” o el modo en el que he elaborado el significado de la palabra.

De hecho, después de la novela de Muñoz Molina, he encontrado a menudo la palabra lentitud y, cada vez con un sentido de valor añadido.También, recientemente, Luis Sepúlveda ha presentado en Book City (la nueva feria del libro en Milán), una nueva fábula  titulada: Historia de un caracol que descubrió la importancia de la lentitud.

Quizás no es solamente la nobleza de la palabra lo que me hace ese efecto, sino más bien una necesidad sentida en el rincón más escondido de mi personalidad. Siempre he tenido una actividad muy intensa, también ahora que estoy jubilado, pero desde siempre me he reservado un espacio matinal (aunque a veces necesito despertarme más temprano), para leer al menos una media hora. Es un momento que está como protegido, entro en el mundo del libro cada mañana y ahí soy otra persona. Leo lentamente, releo lo que no he podido apreciar plenamente, no tengo prisa, y en cualquier caso sé que después de este libro empezaré otro. Me gustan los libros largos, porque duran. Me ocurre a menudo que al final de un libro leo más lento para no separarme de ese universo. Así que cuando se acaba, inmediatamente empiezo otro para no quedarme sin mi refugio matinal. Por la misma razón me gusta ir al cine, al teatro, visitar exposiciones, participar en tertulias o conferencias, y sobre todo asistir a óperas o conciertos, cosas que hacía también antes de estar jubilado. Haciendo todo esto consigo salir de esta vida rápida y caótica en la que estamos sumergidos cada día.

Pensando en el viaje en tren del protagonista de la novela de Molina me doy cuenta de que viajar me regala un espacio de tiempo en el que no puedo hacer otra cosa más que leer, reflexionar o incluso trabajar sin poder cambiar su duración, aunque ahora más bien sería en avión donde sucede esto. Intento también utilizar la misma técnica sin constricción física: me doy un tiempo para hacer una actividad, sacrificando cualquier otra. En mi trabajo de informático, por ejemplo, esto es absolutamente necesario para solucionar los problemas que son la esencia misma de esta profesión. El único modo de hacerlo bien es ir descartando progresivamente las áreas en las que no se da el problema para, al final, determinarlo, y esto requiere lentitud y paciencia.

¿Quién al final de sus vacaciones, período en el que la lentitud domina nuestras actividades, no ha decido replantearse su vida para disfrutar mejor de su tiempo?

He asistido varias veces a un curso de “time management”, que se podría traducir por “cómo manejar tu tiempo”, era muy interesante. Tenías que aprender a controlar el uso del tiempo tanto el del trabajo como el tiempo libre, en función de las prioridades de vida que te has dado conscientemente y no actuar simplemente porque es el último impulso que has recibido.

Es un objetivo muy difícil de alcanzar, pero, probablemente, si pudiéramos llevar a cabo esta reconquista de nuestro tiempo, conseguiríamos una mejor calidad de vida en la que la lentitud sería un componente esencial.

JEAN CLAUDE FONDER