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Literatura  Española e Hispanoamericana del siglo XX clase del martes 22/04/2014

Profesora: Concha González

Escribir empieza siendo casi siempre un sueño o un capricho o una vocación imaginaria. Pero el sueño, el deseo, el capricho, no llegan a cuajar en nada si no se convierte en un oficio. Un oficio, cualquier oficio, requiere una inclinación poderosa y un largo aprendizaje. Un oficio es una tarea que unas veces resulta agotadora o tediosa por la paciencia y el esfuerzo sostenido que exige, pero que también depara, cuando las cosas salen bien, momentos de plenitud, y permite entonces la recompensa de un descanso que es más placentero porque se siente bien ganado, al menos hasta cierto punto. Digo hasta cierto punto porque todo el que se dedica plenamente a un oficio sabe que siempre hay una distancia grande entre las mejores posibilidades de un proyecto y su realización, igual que hay descubrimientos con los que no se contaba. Un oficio es una tarea práctica: uno hace algo que le gusta y que a costa de aprendizaje y empeño ha logrado hacer con cierta garantía de solvencia, pero no lo hace para sí mismo, por mucho que esa tarea la haga a solas y que en el simple hecho de llevarla a cabo haya una satisfacción privada. El resultado que se obtiene de ella alcanza una existencia objetiva, independiente de quien la realizó, y pasa a integrarse beneficiosamente en las vidas de sus destinatarios: un instrumento musical o una partitura, una herramienta, una mesa, una historia, un cuaderno, un cuadro, un cuenco de barro, una fotografía, un hallazgo científico, un paso de danza, la cura de una enfermedad, un prodigio deportivo, un plato bien cocinado, una pirámide de alcachofas en el escaparate de una frutería.

Hay algunas singularidades en el oficio de escribir, como las hay en cualquier otro. La primera es que la necesidad humana que satisface es una de las más intangibles, aunque también una de las más universales: la de saber historias y la de contarlas, es decir, dar una forma inteligible al mundo mendiante las palabras. Una historia, de ficción o no, propone un modelo universal de un cierto campo de la experiencia a partir de la observación de los datos particulares de la vida. Del mismo modo actúa el científico, elaborando modelos teóricos derivados de la observación y la experimentación, que sirvan, doblemente, para explicar y predecir. En las sociedades primitivas o antiguas el mito es el modelo de explicación y predicción de los comportamientos humanos. Nuestra variedad moderna del mito es la ficción, en todas sus variedades, desde las más banales, más toscas, más comerciales y efímeras, hasta las más hondas y exigentes, desde la telenovela y el videojuego a Don Quijote o Moby-Dick o a un cuento de mi querida Alice Munro.

Nos dedicamos, pues, a un oficio más antiguo y más útil de lo que parece. También a un oficio mucho más incierto. Porque en él, y esta es su segunda singularidad, la experiencia no ofrece ninguna garantía, y puede haber una divergencia escandalosa entre el mérito y el reconocimiento.

Quien escribe sabe que ha de dedicar a su oficio tantas horas y tantos años como un artesano al suyo, y que sin esa dedicación no logrará completar nada de valor. Pero también sabe que la entrega, por sí misma, no garantiza la calidad del resultado, porque la experiencia y la dedicación pueden conducirlo al amaneramiento anquilosado y a la parodia de sí mismo. Y también sabe que lo mejor unas veces es reconocido de inmediato y otras veces es ignorado, y que lo que parecía mejor a veces se desmorona al cabo de muy poco tiempo, y que una extraña justicia tardía alumbra mucho tiempo después, sin compensación posible, al talento verdadero que no brilló en vida.

El desaliento ante las incertidumbres del oficio se acentúa más en tiempos de incertidumbres tan amargas como estos. Es difícil hablar de la perseverancia y el gusto del trabajo en un país en el que tantos millones de personas carecen angustiosamente de él. Es casi frívolo divagar sobre la falta de correspondencia entre el mérito y el éxito en literatura en un mundo donde los que trabajan ven menguados sus salarios mientras los más pudientes aumentan obscenamente sus beneficios, en un país asolado por una crisis cuyos responsables quedan impunes mientras sus víctimas no reciben justicia, donde la rectitud y la tarea bien hecha tantas veces cuentan menos que la trampa o la conexión clientelar; un país donde las formas más contemporáneas de demagogia han reverdecido el antiguo desprecio por el trabajo intelectual y conocimiento.

Aun así, y dejando las responsabilidades de la ciudadanía en el lugar que les corresponde, el único remedio aceptable que conozco contra el desaliento del oficio es el oficio mismo. Escribir poniendo artesanalmente en cada palabra los cinco sentidos. Escribir sin concederse la menor indulgencia. Escribir aceptando y disfrutando la soledad y agradeciendo el entramado de otros oficios fundamentales que lo convierten en uno de los oficios menos solitarios y más colectivos del mundo, como es solitario y colectivo el del músico y el del científico; agradeciendo el oficio del editor, del corrector de pruebas, del traductor, del librero, del crítico, el de otros escritores de los que uno aprende admirándolos, el oficio del que enseña a leer y del que trasmite en un aula el amor por la literatura; agradeciendo el oficio más placentero de todos, que es el del lector. Escribir con el miedo a no tener lectores y con el miedo a perderlos, sobreponiéndose lo mismo a los elogios que a las heridas. Escribir porque a pesar de todas las negaciones y las imposibilidades la escritura, como cualquier oficio, es sobre todo un acto de afirmación. Escribir porque sí.

En 1981 se entregaron por primera vez estos premios y vuestra alteza presidió en ellos su primer acto público. Aún se vivía entonces bajo el trauma sombrío y reciente de una tentativa de golpe de estado. En su discurso de agradecimiento, el poeta José Hierro aludió con alegría y alivio, pero también con plena conciencia del peligro, al “aire de libertad que respiramos”. Ese aire, a pesar de todos los pesares, lo seguimos respirando 32 años después, que constituyen el período más largo de libertad que se ha conocido en la historia entera de nuestro país. Es importante recordar estas cosas ahora, cuando el porvenir parece en muchas cosas tan incierto como entonces. En este tiempo se ha hecho adulta la generación entera que nacía por entonces, que es la de mis hijos. Sus vidas son ya más difíciles de lo que imaginábamos hace sólo unos años, pero es importante recordar que también aquellos tiempos de 1981 nos parecían amenazadores cuando nosotros los vivíamos. Y sin embargo no hemos dejado de respirar el aire de libertad que celebraba José Hierro. Sin esa respiración no habría sido posible la generación literaria a la que yo pertenezco. Incluso nos hemos acostumbrado tanto a ella que corremos el peligro de no saber ya apreciarla. Es nuestra responsabilidad salvar lo que ganamos gracias a que muchas personas hicieron y hacen bien sus oficios, privados y públicos; y también reflexionar con urgencia sobre todos los errores, todas las inercias y descuidos que necesitamos corregir. En esa tarea los oficios de las palabras podrán ser más útiles que nunca.

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Munoz_Molina._Extra_El_Mundo Extra Mundo       19/12/2013

ANTONIO MUÑOZ MOLINA

Cuando tenía 11 años viajó hasta la ‘isla misteriosa’ de Julio Verne y decidió que él también quería escribir. Cuarenta años después, el sillón ‘u’ de la Real Academia Española ha ganado todos los premios: el Nacional de Narrativa, el Planeta y, en 2013, el Príncipe de Asturias de las Letras. Pero él dice que contar historias es «un rasgo universal de la condición humana». Su último libro, ‘Todo lo que era sólido’, es una mirada lúcida y crítica sobre España.

La mirada del narrador por Justo Serna

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Escritores.org Antonio Muñoz Molina 2

Antonio Muñoz Molina

BIOGRAFÍA

Antonio Muñoz Molina nació en Úbeda, Jaén, el 10 de enero de 1956. Fue al colegio salesiano Santo Domingo Savio de Úbeda. Estudió historia del arte en la Universidad de Granada y periodismo en la de Madrid. Está casado con la también escritora Elvira Lindo.

En los años ochenta se estableció en Granada, donde trabajó como funcionario y colaboró como columnista en el diario Ideal. Su primera novela, Beatus ille, apareció en 1986 pero fue con la aparición de Un invierno en Lisboa al año siguiente que se consagró como escritor al recibir el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa.

Algunas de sus obras han sido llevadas al cine, como Beltenebros. Obtuvo el premio Planeta por El jinete polaco, y de nuevo el Premio Nacional de Narrativa en 1992.En 1995 ingresó, con apenas 39 años, en la Real Academia Española, donde ocupa el sillón “u”. Colabora habitualmente en los periódicos más importantes del país, función que compagina con su trabajo de escritor. Fue nombrado director del Instituto Cervantes de Nueva York en junio de 2004.

En 2007 es investido Doctor Honoris Causa por la Universidad de Jaén como reconocimiento a toda su obra.

En 2013 fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras.

BIBLIOGRAFÍA

Narrativa:

Diario del Nautilus  (1985)
Beatus Ille (1986)
El invierno en Lisboa (1987)
Las otras vidas (1988)
Beltenebros (1989)
El jinete polaco (1991)
Los misterios de Madrid (1992)
Nada del otro mundo (1993)
El dueño del secreto (1994)
Ardor guerrero (1995)
Plenilunio (1997)
La colina de los sacrificios (1998)
Carlota Fainberg (1999)
En ausencia de Blanca (2000)
Sefarad (2001)
El Salvador (2003)
La poseída (2005)
El viento de la Luna (2006)
Días de diario (2007)
La noche de los tiempos (2009)

Ensayo:

Córdoba de los Omeyas (1991)
La verdad de la ficción (1992)
La realidad de la ficción (1993)
Las apariencias (1995)
La huerta del Edén: escritos y diatribas sobre Andalucía (1996)
Destierro y destiempo de Max Aub (1996)
Escrito en un instante (1997)
Pura alegría (1998)
El atrevimiento de mirar (2012)
Todo lo que era sólido (2013)

Periodismo:

El Robinson urbano (1984)
Diario del Nautilus (1985)
Por un trago de aguardiente (1999)
Unas gafas de Pla (2000)
La vida por delante (2002)
Ventanas de Maniatan (2004)

PREMIOS:

Premio Ícaro (1986)
Premio Nacional de Narrativa (1988)
Premio de la Crítica (1988)
Premio Planeta (1991)
Premio Nacional de Narrativa (1992)
Premio Euskadi de Plata (1997)
Plenilunio (1998)
Premio Mariano de Cavia (2003)
Premio González-Ruano (2003)
Prix Méditerranée Étranger (2012)
Premio Jerusalén (2013)
Premio Príncipe de Asturias de las Letras (2013)

ENLACES

http://antoniomuñozmolina.es/
http://www.ojosdepapel.com/Index.aspx?article=2172&r=
http://www.abc.es/20091124/cultura-libros/rebelarse-contra-simplificacion-espana-20091124.html
http://www.youtube.com/watch?v=uUp6H8MbzE4
http://www.elboomeran.com/nuevo-contenido/54/diario-de-antonio-munoz-molina/
http://elpais.com/autor/antonio_munoz_molina/a/
http://www.elmundo.es/cultura/2013/10/25/526a8f6361fd3df8208b4570.html
https://twitter.com/amunozmolina
https://www.facebook.com/amunozmolina
http://www.publico.es/culturas/477575/munoz-molina-ve-espana-asolada-por-la-impunidad-de-los-culpables-de-la-crisis

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La vida por delante

Antonio Muñoz Molina

portada-vida-delante

La vida por delante es una selección de artículos de Antonio Muñoz Molina publicados en la revista dominical de El País desde 1997 hasta 2002.

Aquí encontramos la atención a lo pequeño junto a la reflexión sobre los acontecimientos más impactantes, el desfile de personajes variopintos (anónimos o célebres) y una voz muy cercana hablando de todo ello. Pero también hay algo más, porque los textos se enriquecen y los detalles se contagian su brillo cuando forman parte de un mismo volumen.

«Para escribir en prosa… hay que mirar a la luz del día y con los ojos muy abiertos», dice el autor. Y eso es este libro: la claridad del escritor como observador al que nada humano le es ajeno y que, por tanto, se interesa por la vida, sin apartar la mirada ni abdicar del pensamiento libre. El terrorismo, la política internacional, la música, la literatura, el arte, la infancia, la historia, el viajar en metro, las molestias de la vida urbana…

Y al final de todo, el misterio de leer, pues la literatura de Muñoz Molina no se agota en sus novelas y relatos.

Empieza a leer… La vida por delante

EL TEMPO DEL PERIÓDICO

El periódico es el pan de cada día, el tiempo de la vida diluido en presente, la arena con aspereza ligera de papel que es la arena fugaz que se le va a uno entre los dedos y la que cae en un hilo en los relojes antiguos. La novela, según Stendhal, es el espejo que discurre a lo largo de un camino, con la lentitud de lo que se recuerda, de lo que va cobrando forma de devenir; pero el periódico es el espejo instantáneo y convulso de lo que casi no tiene ayer ni tendrá mañana, la polaroid de las últimas 24 horas, con toda la poesía frágil de las polaroids, y también con esa capacidad de conservar, al cabo de unos días, lo que ya se convierte en un ayer lejano. Dentro de cada novela hay un reloj, decía E. M. Forster, y dentro de cada periódico hay un cronómetro sacudido por una taquicardia de segundos, de modo que todo va mucho más rápido en sus páginas, y el periódico de hoy parece el mismo de ayer y de hace diez o de hace veinte años, y también le es completamente ajeno. Nunca te bañarás dos veces en el mismo río ni abrirás dos veces el mismo periódico, y, sin embargo, el periódico es uno de los hábitos más arraigados de la vida, y uno lo reconoce cada mañana igual que reconoce su propia cara en el espejo, y no se da cuenta de que el periódico cambia tan veloz y tan invisiblemente como la cara, a no ser que de pronto encuentre un ejemplar de hace algunos años, y entonces comprobará que los cambios han sido tan graduales y sutiles como incesantes, y se dará cuenta de que ese presente firme y sosegado en el que cree vivir, y del que el periódico forma parte igual que el café del desayuno y la primera claridad matinal, es un vértigo

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de apariciones y desapariciones sin huella, un viaje que no se para nunca.

Uno desea y necesita costumbres, repeticiones, querencias, y entre ellas una de las más decisivas es la del periódico. A uno le gustaría dar un paseo cada día, hacia la misma hora, con los mismos amigos; tener una librería a la que acudir siempre, una tienda de discos en la que le reserven de antemano las novedades que van a gustarle, un bar donde antes de que llegue a la barra ya le estén poniendo el café tal como le gusta o su bebida predilecta. Y entre esa malla de hábitos no puede faltar el de llegar al quiosco y elegir el periódico y mirar la primera o la última página antes de abrirlo, inspeccionándolo, como se palpa la corteza o se huele el pan que también necesitamos todos los días. El periódico es una costumbre de la inteligencia y también de la mirada, parte de un gesto cotidiano, el de guardarlo bajo el brazo al reanudar el paseo, y su lectura parece que es más gustosa en un sitio público, en un sitio público que a la vez tenga algo de intimidad, como ese café en el que uno quisiera desayunar todos los días mirando la calle por el ventanal, escuchando las conversaciones de la gente.

A uno le gustaría tener hábitos de mucho tiempo, pero también se sabe, por experiencia, culo de mal asiento, así que si hago cuentas la única costumbre que he mantenido con casi absoluta fidelidad a lo largo de veinticinco años, más de media vida, ha sido la de leer el periódico, este periódico, comprarlo cada mañana, ir repasándolo página por página, habituándome desde el principio a su tipografía, a su papel y hasta a su olor como se habitúa un fumador a la nicotina y ya se vuelve adicto. La segunda cosa que he hecho más asiduamente a lo largo de mi vida fue fumar, e incluso la lectura del periódico parecía más sabrosa si la acompañaba un cigarrillo: logré desintoxicarme de la nicotina, pero no creo que me vaya a quitar nunca de ese otro adictivo químico, el olor de la tinta y el papel,

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que es el olor del tiempo y se adhiere a las yemas de los dedos igual que el olor del tabaco.

Me acuerdo del periódico que compraba, a los veinte años, en aquel mayo remoto y luminoso de 1976, y del que encontré fielmente en el quiosco en la mañana del 24 de febrero de 1981, y del que traía en sus páginas, por primera vez, un artículo que yo había escrito. El papel del periódico se vuelve amarillo enseguida, pero no importa porque ya hay otro periódico nuevo con su papel intacto. Comprendo aquello que decía Buñuel, que cuando estuviera muerto le gustaría salir de vez en cuando de la tumba tan sólo para echarle un vistazo al periódico.

CUADERNO EN BIANCO

Hay que tener un cuaderno, hay que llevarlo siempre a mano, en el bolsillo, en la bolsa de viaje, como se lleva un salvoconducto, hay que saber elegirlo, pero más todavía hace falta la buena suerte de encontrarlo. Tan importante como el hallazgo de un buen libro es el hallazgo de un cuaderno: la hoja en blanco es el negativo de la página impresa, y en él irán surgiendo las palabras y las imágenes futuras en el lento revelado del tiempo. No se busca un cuaderno porque se sienta la necesidad o el deseo de escribir algo. Se escribe algo porque se tiene un cuaderno, porque su forma y sus hojas en blanco nos despiertan el deseo de escribir, de anotar, de descubrir. Me pregunto si Josep Pla habría escrito esa maravilla de El cuaderno gris si de verdad no hubiera encontrado un cuaderno de tapas grises con todas sus hojas intactas, no hubiera sentido al tocarlo que de algún modo allí estaba ya contenido y oculto un libro. En un gran bloque de mármol que llevaba años abandonado en la plaza de la Signoria de Florencia, el joven Miguel Ángel vio de antemano la posibilidad y la promesa del David. Alberto Durero viajaba a principios del siglo XVI por los caminos de Alemania llevando un cuaderno en el que anotaba igual bocetos de paisajes que relatos o imágenes de sueños. Uno de los documentos más valiosos sobre la vida y la carrera de Scott Fitzgerald es un gran cuaderno que lo acompañaba siempre, un libro de contabilidad en el que iba detallando sus ingresos, las cifras de ventas de sus novelas, el dinero mercenario y fácil que le pagaban las revistas de moda por sus relatos, algunas líneas lacónicas sobre sus estados de ánimo. Ese libro, que viajó con él

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a Europa en los equipajes opulentos de sus años de prosperidad, lo acompañó también en el regreso a América y en el negro declive de la última parte de su vida.

Algo debió de llamar la atención de Scott Fitzgerald en ese cuaderno la primera vez que lo vio, la intuición de que su vida futura iba a estar en esas páginas vacías, como en las hojas de los calendarios de los años próximos. El hallazgo de un cuaderno es como el de una casa en la que nada más entrar ya sentimos que vamos a vivir mucho tiempo: la hondura desierta de las habitaciones en las que tienen esa magnífica sonoridad los pasos y las voces, el olor a la pintura reciente, a la madera recién barnizada. Parecía que el cuaderno también nos estaba esperando con su espacio vacío y su olor a cosa nueva. Viajar es ir con un cuaderno ya conocido y usado y encontrar otros cuadernos en las hondas papelerías de las ciudades extranjeras. En Venecia lo marea a uno la abundancia y la belleza de los cuadernos hechos y cosidos a mano que se venden en las Legatorie, las papelerías que tienen a veces un misterio de talleres medievales. Compré en una de ellas un cuaderno con las tapas flexibles de cuero y las hojas de un color suave de trigo y aún no me he atrevido a escribir en él ni una sola palabra.

Envidio sobre todo los cuadernos que llevan los pintores, el de un amigo mío arquitecto que va dibujando en el curso de sus viajes bocetos de los edificios que ve y de los que se imagina. Un cuaderno en blanco es una tentación de observar y anotar, como si se llevara una misión secreta o una de aquellas corresponsalías de los cronistas holgazanes de los años veinte, siempre dispuestos a usar el bloc y el lápiz tan velozmente como si disparasen una Leica. Un cuaderno lleno tiene algo de experiencia rebosada y cumplida. Pero a mí me gusta más encontrarme escribiendo en sus primeras hojas, aventurar como una tentativa estas primeras líneas. Abrir un cuaderno con todas las páginas en blanco es como habitar una casa intacta, como tener toda una vida por delante.

LOS PRESENTES PASADOS

Miro un libro de fotos antiguas de Madrid, las más viejas de hace ciento cuarenta años, las más recientes de los últimos sesenta, cuando aún quedaban bulevares arbolados con sillas de hierro y mesas de café. Gracias a la fotografía, las ciudades tienen un pasado en blanco y negro que atestigua cómo eran antes de que sobrevinieran las grandes catástrofes, las colosales mutaciones del siglo. Veo una ciudad en gran parte abolida, con anchuras de porvenir ya imposible, con tranvías, con edificios fantasmas, con desconocidos que caminan por las calles adoquinadas, cruzadas por garabatos de raíles.

Hay varias fotos que fueron tomadas muy poco antes de la guerra: la verbena de San Isidro de 1936, la gente comiendo al aire libre en la pradera junto al Manzanares, bajo el sol ya muy fuerte de mediados de mayo, familias enteras sentadas alrededor de un mantel sobre el que han dispuesto cestas de mimbre, botellas de vino y de gaseosa, platos con tortilla, la luz relumbrando en los toldos, en las camisas blancas y en las fachadas de cal con un efecto de claridad como el que hay en ese cuadro de Goya que representa la misma verbena a finales del siglo XVIII.

Pero la pintura, como la literatura, es siempre demasiado abstracta, apresa a sus figuras en la campana de vidrio del pasado. Sólo la fotografía muestra cómo fueron los instantes de la vida en el momento mismo en que estaban sucediendo, y eso le da un grado de verdad que no puede alcanzar ninguna otra forma de expresión. La fotografía no generaliza nunca: ese hombre y esa mujer jóvenes,

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sentados en el suelo, rodeados por sus hijos todavía pequeños, con los que se disponen a compartir la comida traída en una tartera, tienen una biografía exacta, igual que tienen nombres y apellidos, no serán nunca tipos ni ejemplos, ni siquiera habitantes de ese reino imaginario, el pasado. Los miro y sé lo que ellos no saben, lo que está a punto de pasarles, dentro de dos meses, en los calores de la mitad de julio, miro a la multitud en la pradera y sé que faltan unas semanas para que ese paisaje llano y popular sea ocupado y arrasado inimaginablemente por las primeras tempestades de la guerra.

Lo que enseñan las fotos no es la inmovilidad del pasado, sino precisamente lo contrario, el temblor de todos los presentes sucesivos, no desfigurados por la memoria, no convertidos en arqueología. Qué habrá sido, en los sesenta y ún años que han pasado desde aquella verbena de San Isidro de 1936, de ese hombre y de esa mujer, de cada uno de sus hijos, uno de ellos tan pequeño que aún ha de ser llevado en brazos. La vida que cada uno de ellos tenía por delante era un gran porvenir invisible, y el mundo de las cosas que les rodeaban era para ellos tan permanente, invariable y real como el que yo tengo delante de los ojos. No saben que todo es mucho más frágil de lo que imaginan, que todo será cambiado, desfigurado, borrado, lo más tangible y firme, lo que se da tan por supuesto que ni siquiera se mira, las ropas que visten y los automóviles negros cuyas bocinas escuchan entre el ruido del gentío y de los organillos, los carteles publicitarios, las frescas tabernas entoldadas, incluso la fisonomía de la ciudad que se vislumbra en lo alto, al otro lado del río.

Dejo de mirar las fotos, cierro el libro, pero ya es demasiado tarde. Sólo la fotografía nos enseña de verdad que quienes habitaron el pasado son nuestros semejantes. Imagino a alguien mirando distraídamente estas páginas dentro de mucho tiempo, descubriendo el temblor de fugacidad

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y de pasado lejano de lo que para mis ojos es el presente más banal, las fotografías de los reportajes de modas, los colores de los anuncios de cosas recién inventadas, conmovedoras o patéticas en su anacronismo para ese testigo futuro.

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