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En ocasión del Día de la memoria, unos párrafos de la novela de Edgardo Cozarinsky, Lejos de dónde, que en Italia fue editada con el título Ultimo incontro a Dresda, y que cuenta, entre otras cosas, cómo es imposible olvidarse de un pasado infamante.

Lejos_de_donde-Edgardo_Cozarinsky-9788483831823Lejos de dónde alude al título de un ensayo del escritor italiano Claudio Magris: Lontano da dove. Joseph Roth e la tradizione ebraico-orientale (Einaudi) (Lejos de dónde: Joseph Roth y la tradición hebraico-oriental, Eunsa, trad. P. L. Ladrón de Guevara). Creo que es esta la razón por la que se cambió en italiano.

Semanas antes había escuchado los primeros rumores sobre el avance del Ejército Rojo. «Antes de matarte, te van a violar docenas de comunistas y judíos», le había susurrado al oído, riéndose, el cabo Grudke; «imagínate el olor…» Como había aprendido a hacerlo siempre que una palabra dicha podía comprometerla, ella guardó silencio; tampoco sonrió ni demostró miedo. Sabía que el cabo tenía las llaves del depósito donde se almacenaban, entre las bolsas de arpillera que guardaban el pelo destinado a una fábrica de pelucas y postizos de Munich, otras bolsas más pequeñas, de algodón, cerradas con un pequeño candado, llenas de dientes de oro. Le clavó los ojos y dejó aparecer en su boca un atisbo de sonrisa: «Pues si es eso lo que nos espera, bebamos por nuestra última Navidad…», murmuró, manteniendo, desafiante, la mirada en los ojos del cabo, ya alcoholizado. Él abrió otra botella de Malteser Kreuz. Ella se mojó los labios mientras él tragaba el contenido del vaso. Más tarde, incapaz de lograr una erección, Grudke cayó dormido a su lado. Ella se alisó la blusa que él había manoseado y se incorporó. No tuvo dificultad para encontrar la llave, atada al cinturón del uniforme del cabo.

Ahora avanzaba cada vez menos convencida de haber acertado con el camino que la llevase a la estación de tren. Llegó a una plaza desierta, que debía de haber sido la principal de la ciudad, y vio un carro vacío estacionado ante una pequeña puerta, a un lado de una fachada imponente. El caballo, cubierto con una manta agujereada, resoplaba con dificultad. Se le acercó y le pasó una mano por el lomo: estaba caliente a pesar del frío; inmediatamente se frotó la cara, primero una mejilla, luego la otra, contra esas crines de olor acre que le trasmitieron un poco de calor. Cerró los ojos. Pensó que podía dormirse así, de pie, con la cara sobre esa almohada viva, palpitante. Dejó pasar unos minutos hasta sentir que los pies, a pesar de las botas y los zoquetes de lana, al estar inmóviles sobre la nieve empezaban a entumecerse.

De ese entresueño la arrancó una voz de hombre.

Was wollen Sie, was machen Sie hier?

Estuvo a punto de contestar con la imitación del idish, o más bien de alguna de las variedades de acento idish que había aprendido a imitar de los prisioneros, pero inmediatamente recapacitó: el hombre le había hablado en alemán, con apenas un dejo de acento checo.

Ich möchte nach Ostrau, nach Brün…

Kommen Sie herein.

[Lejos de dónde, Edgardo Cozarinsky, Tusquets editors, pp. 15-17]

L’uomo prese due tazze di stagno e le riempì di grog. Lei lo ringraziò con un sorriso, senza una parola. Per la prima volta da quando aveva lasciato il campo ebbe la sensazione di essere al sicuro, paradossalmente davanti a uno sconosciuto, sul palcoscenico di un teatro abbandonato, terra di nessuno, ricovero di una messa in scena dozzinale. Qui, pensò, potrei fare una sosta, magari riposare. Tre giorni prima aveva scelto un passaporto con la parola jüdin impressa a lettere gotiche con un timbro di gomma, in sbieco sul nome di Taube Fishbein, una donna mandata alle camere a gas un mese addietro. Nessuno avrebbe notato la scomparsa del documento: era lei che aveva l’incarico di bruciarli tutti i lunedì. La fotografia, scattata in tempi meno infausti, mostrava un volto sorridente; le caratteristiche fisiche indicavano capelli castani, occhi marroni, come i suoi.

[Ultimo incontro a Dresda, Edgardo Cozarinsky, Guanda, p. 15]

SILVIA SICHEL.

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