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Que la lengua se me añuda
Y se me turba la vista.

J.H.

En Naufragios (edición de 1542 y 1555) Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Gobernador del Río de la Plata y del Paraguay, utiliza elementos imaginarios para hacer más amena la lectura de los hechos reales. Tenía sobrada razón de acontecimientos artificiales, natu-ralmente.
Había hecho a pie serpiente la carretera 66, huelga del ruido de los sapos, arco su-perciliar de la América hispana, ni más ni menos que tropecientos kilómetros de des-memoria.
Si me dejara llevar por lo que no sucede quizás entendería la distancia entre tú y yo.
Poema lírico en prosa que salvó la vida, entre otros, a Eulalio Ferrer en el campo de concentración de Argelès, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (edición de 1605 y de 1615) inaugura el paño de la novela moderna, en su vertiente psicológica barroca, al parecer.
Le dije a Eulalio que Cervantes fue mal poeta, y se irritó muchísimo porque ni Miguel ni Lope (que me sopló aquello) estaban presentes en el debate. Los escritores no son, suenan. Y los imitadores resuenan.
A Miguel de Cervantes le salió un heterónimo imprevisto del que hablaremos más adelante. Quiso nuestro héroe pasar a Indias.
Pero no existía el Socorro Rojo.
Quejóse estoicamente en sendas dedicatorias al duque de Béjar y al conde de Le-mos, prohombres de solera en la batalla de las armas y las letras, tan de moda entonces como ahora. Sostengo que Cervantes estudió en seguida el valor de la propaganda, y yo quiero imitarle recomendando al lector que lea Don Quijote en la magnífica edición de Blecua que tengo en el bolsillo.
Para que no se pierda en citas heurísticas ni en balbuceos de jerga catedralicia.
De modo que el habla llana supere a la exaltación de la lucha y el poder cambie de tono.

Sobre-fierros-y-Quijotes
Y llega Martín Fierro (edición de 1872 y de 1879, o sea, en dos partes también): siete mil ciento sesenta y cinco octosílabos – si echo bien las cuentas – que discurren por la Argentina en un viaje, como aquel otro, de ida y vuelta.
Se trata, cómo no, de un poema épico en verso (¡vaya con la novela!).
¿Que si es José Hernández, autor del Martín, un escritor postromántico?
Lamento la muerte de Eulalio Ferrer, que me habría cantado las cuarenta no bien le hubiera expuesto algunos ¡ayes! poéticos que rondan por ahí.
Para hacerlos tesoro de las letras y nunca de las armas.
Porque también suceden más cosas.
Canto a la amistad, por ejemplo.
Fierro y Cruz, éste, perseguidor del primero, acaba fugándose con él a tierra segu-ra de enemigos, es decir, a la frontera, a la Mancha, a la Pampa; allí donde ocurren espe-jismos y quimeras, no milagros. De don Quijote y Sancho habremos de dar por hecho el mutuo escarmiento sentimental. Y el hambre de amor y de reconocimiento en ambos artilugios literarios de firma liberal.
Empeño en la crítica.
Dice Cervantes en el capítulo LIX de su segunda entrega, que el texto de Avella-neda que se le adelantó carece de artículos, algo común en aragonés. Decide, en conse-cuencia, que caballero y escudero eviten Zaragoza en su camino a Barcelona, para que irrumpa, entre otras aventuras de la justicia poética, el bandido altruista Roque Guinart.
De José Hernández, mejor que hable Borges: escribió para denunciar injusticias locales y temporales, pero en su obra entraron el mal, el destino y la desventura, que son eternos. Y Cruz (que dura en el Martín desde el canto IX de la 1ª parte hasta el VI de la 2ª):

Hablaban de hacerse ricos
Con campos en la frontera;
De sacarla más ajuera
Donde había campos baldídos
Y llevar de los partidos
Gente que la defendiera.

Y por demás hay pesimismo y optimismo, ilusión y desilusión, disimulo, humor y hambre en esta sinopsis de dos orillas. Y équidos.

BABIECA: Metafísico estáis.
ROCINANTE: Es que no como.

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FÉLIX BLANCO SÁNCHEZ
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