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EL MIEDO

Para Juana Canevari y Teresa Videla

La monja enana vive en la cornisa del patio del colegio, donde anidan los murciélagos, debajo del reloj. Cuando murió, la pusieron en un féretro sin tapa, la toca almidonada, los labios entreabiertos y el aire escapándose como de un globo al final de una fiesta. Entre las ramas de la glicina, la monja enana asoma la cabeza y sonríe, los dientecillos afilados.

Yo la quise cuando estaba viva: me acariciaba la cabeza, escondía las sobras de mi plato. Ahora zumba con sus bracitos de élitro, se relame el polen, liba entre los racimos, serpentea como un avioncito de papel. Cuando salgo del colegio me persigue flotando en una algarabía de velos y faldas negras, salta a la comba con el rosario. Entonces mira hacia abajo, tuerce el gesto y silabea: ya-te-mor-de-ré.

LA DIVINA PROPORCION

Para David Roas obviamente

En la habitación 201 viven dos mujercitas siamesas, unidas por los pezones con un pespunte de carne. No miden más de treinta centímetros y son de una belleza sobrehumana. A veces, un detective de servicio ocupa la habitación. Si lo oyen llegar, las siamesas se esconden tras las cortinas y, en cuanto, se va, se trepan a la cama. El detective sueña con descifrar qué produce ese revuelo de carcajadas que rebota por el pasillo. Ha intentado sorprenderlas, pero las siamesas no se dejan. A veces, como por descuido, le permiten atraparlas al final del trance sudoroso, los ojos de borrachas, los senos en cascada. Si una tiene las piernas abiertas, el hombre espía los rubíes del pubis. El detective está casado. Ama a su esposa, le gusta su rutina. Pero, cuando duerme a su lado, sueña que decrece, cruza el pespunte de carne y se deja arrullar por el sándwich de siamesas, que lo encierra en un jolgorio de abrazos y piernas locas. Entonces estira la mano y acaricia a su esposa, las dos escasos pechos a su alcance, el deseo frustrante, en su proporción humana.

CLARA OBLIGADO (Buenos Aires, 1950), del libro “La muerte juega a los dados”, Editorial Páginas de Espuma.

Clara Obligado