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En sus quince minutos de fama, el robot Arnulfo Martillo habló en televisión de cómo un error de su programación permitía ver colores que nadie más podía, fuese robot, humano o criatura de cualquier otro tipo. La conductora del programa (la infinitamente más famosa Angélica Cizalla) cometió entonces el error de pedirle que describiera esos colores. Arnulfo lo intentó y catorce de sus quince minutos se fueron en tartamudeos, repeticiones (“¡se ve tan hermoso!”) y malas metáforas: Arnulfo no era poeta.

Cuando salió del estudio, Arnulfo regresó a su casa caminando, con la misma cara de asombro que tenía siempre (y por la que muchos lo creían un tonto) ante la belleza del mundo.

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Hoy se cumple el primer aniversario de la desaparición de los robots.

Todo fue muy rápido y muy extraño: un día estaban aquí y al siguiente no. Dejaron plantados a quienes los esperaban, no estuvieron más en sus casas de metal y de plástico.

Nadie dijo nada en las noticias, nadie publicó nada en Internet, no salió nada en la televisión. Fue como si los robots nunca hubieran existido.

De hecho, en estos días se ha vuelto muy popular que la gente diga eso: que los robots no existen. Que nunca sacaron sus antenas ni sus tenazas. Que algunas máquinas industriales son llamadas así pero eso es todo. Que esos seres inteligentes y llenos de chispas son como los duendes, las hadas y otras criaturas en las que sólo creen (dicen) los ignorantes.

Y también se dice que la impresión que tenemos muchos es errónea: que no es que el mundo sea un poco más pequeño, más triste desde hace un año. Que así ha sido siempre.

Sólo me consuelan las leyendas, que apenas se escuchan, que todo el mundo dice no creer, de las figuras que se ven desde lejos, a veces, de las pintas en las paredes con figuras y mensajes binarios; de que los robots no se han ido, de que sólo están escondidos, esperando el momento de volver.

(De Veinte de robots en Siete, Editorial Salto de Página)

ALBERTO CHIMAL (Toluca, México, 1970)

Alberto Chimal