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Después de haber escrito sobre la visión sin héroes y del Grand Guignol de la Guerra Civil de Álex de la Iglesia , voy a mostrar la visión de la Guerra por el más moderado Manuel Azaña Díaz, republicano y reformista, Presidente del Gobierno y Presidente del Consejo de Ministros de la Segunda república Española desde octubre de 1931 a septiembre de 1933 y presidente de la República desde mayo de 1936 hasta febrero de 1939.

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Me parece necesario escribir sobre los artículos que componen Causas de la guerra de España, escritos durante su exilio francés en 1939. Pienso que las palabras de Azaña – con su digno pesimismo de servidor de la legalidad republicana, superado por una suerte extremadamente adversa y por su conocimiento de la historia y política contemporánea, sean hoy importantes para neutralizar los mitos y los traumas causados por la Guerra. Además, el análisis de la guerra que hace Azaña parece confirmada por la historiografía actual sobre la Guerra Civil que he consultado. A pesar de haber sido el jefe de gobierno y presidente durante el periodo que analiza, no aprovecha en ningún momento para mejorar su imagen. De hecho, Azaña fue jefe de gobierno en el período de aprobación de las reformas más importantes para la República (la separación entre Iglesia y Estado, la reorganización de las fuerzas armadas, un importante programa de construcción de escuelas, el divorcio, el estatuto de autonomía de Cataluña, un proyecto de reforma agraria). Mientras fue presidente, su intento por salvar la República y la paz defraudó a casi todos los otros protagonistas políticos de la Guerra. En su análisis tampoco hace concesión alguna a los mitos, sino que trata de describir las macrocausas políticas, económicas y sociales de los dramáticos sucesos.

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En la primera parte, el ex presidente exime de las responsabilidades de la Guerra a los republicanos y socialistas que estaban en el gobierno en el año 1936:

“Sería erróneo representarse el movimiento de julio del 36 como una resolución desesperada que una parte del país adoptó ante un riesgo inminente. Los complots contra la República son casi coetáneos de la instauración del régimen. El más notable salió a la luz el 10 de agosto de 1932, con la sublevación de la guarnición de Sevilla y parte de la de Madrid. Detrás estaban, aunque en la sombra, las mismas fuerzas sociales y políticas que han preparado y sostenido el movimiento de julio del 36. Pero en aquella fecha, no se había puesto en circulación el eslogan de peligro comunista. La instalación de la República, nacida pacíficamente de elecciones municipales, en abril de 1931, sorprendió, no solamente a la corona y los valedores del régimen monárquico, sino a un buen número de republicanos (…). Pero el pueblo, excesivamente contento de su triunfo no veía las dificultades del camino. En realidad, eran inmensas. Las dificultades provenían del fondo mismo de la estructura social española y de su historia política en el último siglo. La sociedad española ofrecía los contrastes más violentos”. (M. Azaña, Causas de la guerra de España, con prólogo de Gabriel Jackson, Editorial Crítica, Barcelona, 1986, pp. 22-23.)

Las causas más probables de la Guerra serían la crisis económica mundial, que golpeó la ya débil economía de España, y la conducta del gobierno de derechas desde 1934 hasta 1936, que alimentó las fuerzas políticas más extremas:

“Un Parlamento de derechas deshizo cuanto pudo de la obra de la República. Derogó la reforma agraria, amnistió y repuso en sus mandos a los militares sublevado el 10 de agosto 1932, restableció en los campos los jornales de hambre, persiguió a todo lo que significaba republicanismo. Había amenazas de un golpe de Estado, dado desde el poder por las derechas, y amenazas de insurrección de las masas proletarias. (…). Realizada una represión atroz, suprimió la autonomía de Cataluña y metió en la cárcel treinta mil personas. Era el prólogo de la guerra civil”. (Idem, pp. 29-30).

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Hay dos importantes faltas en esas descripciones de las causas de las guerras y de la aparentemente inevitable derrota de la República. Aunque fuesen las masas, dirigidas por sindicatos y militantes de izquierda, a frenar el alzamiento en Madrid y Barcelona – mientras el gobierno estaba totalmente inmovilizado – Azaña considera la resistencia “desde abajo” exclusivamente como un problema: las masas, indisciplinadas, más fieles a ideales políticos o nacionalistas, traen demasiadas divisiones dentro del ya débil frente republicano. El heroísmo de las masas y las políticas de guerra no ayudan mucho, si la República tiene escasos medios materiales, una economía destruida y escasos aliados internacionales. Comprendo la posición moderada de Azaña; de cualquier modo me parece bastante rara esta falta de agradecimiento hacia los esfuerzos contra un alzamiento que el mismo Azaña define injustificado. La segunda falta del presidente pertenece a las relaciones entre España y la Urss y los sucesos de Barcelona de Mayo de 1937. Azaña piensa que no había posibilidades de una bolchevización de España, diciendo que la Urss ayudó a España sólo para enfrentarse ideológicamente a los totalitarismos enemigos y para sustentar el prestigio tambaleante de su aliado francés. Pero sorprende que los sucesos de Mayo de 1937 sean presentados sobre todo como un enfrentamiento necesario contra la voluntad independentista catalana, voluntad favorecida por una comunión de intereses entre sindicatos y nacionalistas. Actualmente no tengo suficiente información para juzgar esta interpretación “nacionalista” de aquellas violencias, pero pienso que no estén totalmente de acuerdo ni Andreu Nin del Partido Obrero de Unificación Marxista, ni el anarquista italiano Camillo Berneri, ni todos aquellos que, como ellos, fueron demonizados como George Orwell, o a veces detenidos, torturados y asesinados por agentes y simpatizantes soviéticos. Tampoco leí esta interpretación del Mayo de 1937 en la historiografía que he consultado. A pesar de estas faltas, las palabras de Azaña contra la Guerra Civil – más cercanas a la moral que a la política – siguen siendo importantes para nosotros, habitantes de otra época:

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“Los dos impulsos ciegos que han desencadenado sobre España tantos horrores, han sido el odio y el miedo. Odio destilado lentamente, durante años, en el corazón de los desposeídos. Odio de los soberbios, poco dispuestos a soportar la ‘insolencia’ de los humildes. Odio de las ideologías contrapuestas, especie de odio teológico, con que pretenden justificarse la intolerancia y el fanatismo. Una parte del país odiaba la otra, y la temía. Miedo de ser devorado por un enemigo en acecho: el alzamiento militar y la guerra han sido, oficialmente, preventivos, para cortarle el paso a una revolución comunista. Las atrocidades suscitadas por la guerra en toda España, han sido el desquite monstruoso del odio y del pavor. El odio se satisfacía en el exterminio. La humillación de haber tenido miedo, y el ansia de no tenerlo más , atizaban la furia. Como si la guerra civil no fuese bastante desventura, se le añadió el espectáculo de la venganza homicida”. (Idem, p.95).

Giulio Amadei

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