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SEGUIR EL HILO

Por suerte Ariadna, en el último momento, me dio su grueso ovillo de hilo que oculté convenientemente entre mis ropajes.

Siguiéndolo he podido salir de las estancias interiores tras deshacerme del Minotauro. Dejar atrás las insondables galerías, las húmedas mazmorras, los ruinosos gineceos, y atravesar con seguridad las treinta y dos salas hipóstilas que ciñen al laberinto. Crucé por el Jardín del Edén hasta la explanada del Palacio de Salomón antes de aventurarme en el interior del portentoso Faro de Alejandría. He cruzado montañas, mares y desiertos hasta llegar ante la sagrada puerta de Ishtar con una duda en mi mente: no sé dónde perdí el hilo de esta historia.

CONVULSIÓN

Encontré la pequeña esfera azulada sobre el escritorio de mi padre. Tras vencer mi instintivo recelo la tomé en mis manos como quien se atreve a sostener el huevo frágil y tibio de una quimera. Pronto descubrí su irregular consistencia y sus anómalas reacciones a los influjos externos. Hube de ponerla a prueba: la pisé, la lancé al aire, al mar. La sometí al fuego, la despeñé por las más intricadas laderas… Estuvo en mi poder durante muchas décadas de aquel convulso siglo XX. Un día le perdí el rastro, no sé cómo me pudo suceder. Con el tiempo, conocer la obra de Borges no ha hecho más que aumentar una sospecha y un íntimo sentimiento de culpabilidad.

Ahora estoy seguro de que no eran imaginaciones mías aquellos gritos de terror que parecían proceder del interior del pequeño Aleph.

LA MONEDA

Aquel hombre del traje gris debía tener mucha prisa, sin embargo, al llegar a mi esquina, detuvo su paso un momento y me dejó una moneda de bronce en mi mano mendicante. La levanté en la lluvia, y a la luz de un neón azulescente, pude reconocer un nombre, una fecha, y, sorprendentemente, mi perfil tallado en ella.

Ha pasado tiempo desde aquello; un tiempo de abundancia y exceso en el que di rienda suelta a todas mis perversiones, mientras que mis sueños, los que me mantenían con vida, fueron disolviéndose hasta convertirse en una mancha oscura que me persigue por las aceras.

Ahora soy yo el que, aprisionado dentro de este estrecho traje gris, huyo por las calles buscando a la siguiente víctima. La que posea la nueva cara que, desde hace unos días, aparece en el anverso de la moneda.

ALFONSO COST ORTIZ (Córdoba, 1963)

ALFONSO COST