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Breve relato de “Modelos de mujer” de
Almudena GRANDES [1996]

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Milanesa hasta los 27, desde hace más de diez vivo lejos de la vida urbanita y… soy pendolare. ¿Qué? ¿qué es eso? En italiano se define pendolare todo aquel que vive fuera y viaja a diario a la ciudad en tren para trabajar o estudiar. El pendolare va y viene, como un péndulo. Por las mañanas madruga como nadie, y por las tardes aprovecha el tiempo de viaje para leer, charlar, dormir, reflexionar o, como yo, observar. Observar el paisaje que va cambiando según te alejas de la ciudad, la luz del día, el vaiven del tren y las personas que viajan contigo. Muchas caras conocidas, otras tantas desconocidas; encuentros y desencuentros. Un poco como los protagonistas de este meláncolico relato El vocabulario de los balcones. Forma parte del libro Modelos de mujer de Almudena Grandes, publicado en 1996, que a su vez inspiró la película del director Juan V. Córdoba Aunque tú no lo sepas, estrenada en 1999 cuyo guión fue escrito junto con la escritora misma. El mismo título lleva también un poema de Luis García Montero, pareja de Almudena Grandes:

Aunque tú no lo sepas - Luis García Montero

El relato, de 24 páginas, se divide en dos partes: en la primera Lucía, la protagonista, es una niña de buena familia que vive en un barrio céntrico de Madrid, y a dos pasos de su casa vive Juan, que ella llama El Macarrón, porque no viste como ella, no es de buena familia y viene de Valdeacederas, un barrio, lejano del centro y considerado de mala fama por sus padres.

“Nunca llegué a cruzar una palabra con él, ni siquiera sabía cómo se llamaba -Abencio, seguro, o Aquilino, aventuraba mi prima, todo lo más Dionisio, no lo dudes-, ni podría ahora reconstruir el momento exacto en el que mis hombros comenzaron a acusar el peso de sus ojos, esa mirada sólida, compacta como un espejo animado, turbio y caliente, frente al que me vi cumplir trece, y luego catorce, y luego quince, y dieciséis años. No era del barrio, eso sí lo sabía, y que vivía en Valdeacederas, una estación de metro que estaba muy lejos, por Tetuán más o menos, pero cuya reputación era entonces lo bastante conocida como para que mi madre se sintiera satisfecha de no haberse movido toda su vida de la insignificante calle de San Dimas.”

En la segunda parte Lucía ya es una adulta, y un día, de repente, en unos grandes almacenes del centro de Madrid, se reencuentra con Juan. Se miran, se reconocen, pero no se hablan.

“Se dio la vuelta muy despacio, levantó lentamente los ojos, me miró, y supe que nunca había dejado de reconocerme”

Poco a poco Lucía descubre que Juan no se ha casado, igual que ella, y que tampoco se ha movido del barrio donde crecieron. Decide aquilar el piso en frente del suyo y los dos protagonistas empiezan a mirarse desde sus respectivos balcones y se inventan un vocabulario de miradas, y de intensas emociones.

“Mis labios se curvaron solos, dibujando una sonrisa de la que no llegué a ser consciente del todo. Al otro lado de la calle, en un balcón del tercer piso del edificio contiguo al que se elevaba enfrente de mi casa, estaba él. Me miraba, y casi sonrió conmigo.”

El final queda abierto, nos queda imaginar el destino de Lucía y Juan.

El poder de la mirada es el auténtico protagonista de todas las páginas de este breve relato. Si te gusta, te encantará también la película, y su banda sonora. Para la ocasión, Quique González escribió la preciosa canción que lleva el mismo título “Aunque tú no lo sepas”.

Escúchala:


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Laura Pollachini García