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Está el narcisismo del autor y el narcisismo del traductor. Y además es un narcisismo necesario porque yo creo que los traductores son el segundo autor, son otro autor, no son su alterno del autor, son un autor que viene después del autor. O sea no creo mucho en la teoría del traductor invisible, que es una teoría muy prestigiosa. Sí el traductor riguroso, por supuesto. ¿Ser visible no quiere decir ser negligente, no? Pero una buena traducción se nota, no es invisible, sería como decir que el buen estilo literario es invisible. Se ha dicho “ay, el estilo de Chejov es invisible”, ¿qué mierda va a ser invisible? No es invisible, es astuto, es oblicuo, pero invisible no es. Entonces, […] el comienzo de mi cuento [La máquina de traducir poemas] es un poco terrible en ese sentido, pero después el cuento evoluciona hacia una especie de optimismo. El cuento empieza planteando esta hipótesis de que traducir es imposible o, mejor dicho, de que traducir es difícil y traducir poesía es imposible. Es como un adagio que se ha repetido mucho, con el que yo tampoco estoy de acuerdo. O sea, empieza planteando esa imposibilidad de la traducción poética y va evolucionando através de muchas retraducciones y al autor no le gusta la traducción que recibe. Entonces la manda traducir de nuevo a su lengua, cuando le mandan la traducción a su lengua se la manda a otro traductor come si fuese el poema original y así va traduciendo y retraduciendo de su lengua a lenguas extranjeras de forma sucesiva hasta que, asombrado, en la enésima versión recibe su poema. Es decir que la enésima traducción es igual que el original, que, dicho alegóricamente, quiere decir que una buena traducción, una buena retraducción, vale lo mismo, es tan buena como el original. Yo soy traductor pero no profesional, yo soy un traductor solamente aficionado y además traduzco solamente poesía. […] O sea que tengo mucho respeto por los traductores verdaderos que son traductores profesionales, que son los que tienen que luchar contra los elementos. O sea, los traductores aficionados como yo nos podemos dar el lujo de traducir durante dos años veinte poemas. Pero el verdadero desafío de la traducción profesional es cómo traducir bien y rápido. Y eso requiere una técnica perfecta, muy sofisticada, que es la técnica que yo no tengo. Sin embargo, creo que sí comparto con los traductores la insatisfacción por respeto a la lengua materna. O dicho de otro modo: la conciencia absoluta de que mi lengua materna sea extranjera para la mayoría de la gente. Y de hecho, me gusta escribir desde esa certeza, desde la certeza de que mi propia lengua es muy extraña. Y diría que el don poético del lenguaje es ese: cuando todo lo natural pasa a asombroso, cuando lo materno pasa a extranjero y ahí se produce lo que yo entiendo que es la alquimia poética.

(Parma, Librería Diari di Bordo, presentación de la antología de cuentos Le cose che non facciamo (Sur, trad. S. Sichel). Las voces en la grabación son de Andrés Neuman, Silvia Sichel, que entrevista al escritor, y Giulia Zavagna que traduce para el público.)


SILVIA SICHEL.

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