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EL CABALLERO TRANSVERSAL

Él se desabrochó el abrigo y extrajo el hacha del lazo, pero no la sacó del todo, sino que la mantuvo cogida con la mano derecha debajo del abrigo. Sus brazos parecían incapaces de energía; notaba que se le entumecían y agarrotaban por momentos. Temía que el hacha se le escapara de la mano y cayera… Sentía vértigo.
–Pero ¿por qué está envuelta así? –gritó la vieja irritada, volviéndose hacia él.
No había un momento que perder. Sacó el hacha, la levantó con ambas manos y…
–¡Depón el hacha, rufián! –truena a su espalda la voz áspera de un tipejo que esgrime una pica–. No consentiré yo que en mis días y en mi presencia se dé muerte tan sucia a moza tan aseada.
Oído lo cual, Raskólnikov se dice «ancha es Siberia» y escurre el bulto, dejando a la vieja ojiplática:
–¿Y usted quién es? –pregunta la misma encarando al caballero.
–Don Quijote de la Mancha, criatura. Vengo del libro de al lado.

PABLO GONZ (Sevilla, 1968)

TIEMPO DE LECTURA

Su caratula se distorsionaba, su redondez se fugaba a lo Dalí. Las muchachas en flor se acomodaban en su tiempo perdido. Algunos muchachos conversaban en la catedral. Todo se veía como el llano en llamas. El sonido y la furia recordaban el rojo y negro de las guerras floridas. Todo daba a entender que los caminos se bifurcaban y todos los nombres tuvieron su región mas transparente.
De repente las manecillas se detuvieron a lo Bovary y un cementerio marino descansa bajo el volcán.

SERGIO ASTORGA

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