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ODA IV

Huyeron las nieves, ya vuelven las hierbas a los campos
y a los árboles su cabellera;
la tierra se renueva otra vez y los ríos al decrecer
retornan a sus cauces;
la Gracia con las Ninfas, hermanas gemelas, se atreven
a dirigir desnudas sus coros.
“No esperes nada inmortal”, aconseja el año y la hora
que rapta al vivificante día.
Los fríos se suavizan con los Zéfiros, a la primavera reemplaza el verano,
que a su vez va a morir
cuando traiga sus frutos el pomífero otoño, y pronto
retorna el inerte invierno.
Pero rápido reparan las lunas sus mermas en el cielo;
nosotros, en cambio, una vez que hemos caído
donde el padre Eneas, donde el rico Tulo y Anco,
polvo y sombra somos.
¿Quién sabe si agregarán otros mañanas al tiempo transcurrido hasta hoy
los dioses del cielo?
De las ávidas manos de tu heredero huirá todo lo que amistosamente
diste a tu alma.
En cuanto hayas muerto y Minos haya dictado sobre ti
sus sonoras sentencias,
ni tu estirpe, Torcuato, ni tu elocuencia, ni tu
piedad te devolverán a la vida;
pues ni Diana libera de las tinieblas infernales
al pudoroso Hipólito,
ni Teseo es capaz de romper las leteas cadenas
del querido Perítoo.

QUINTO HORACIO FLACO (VENUSIA, 65-8 a. C.), en versión de Eduardo A. Molina Cantó