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HAY QUIEN HABLA DE LA TERNURA
y luego no menciona el paraíso.

Tal vez se crea
que hay alguna otra posibilidad
de redención,
tal vez se crea que hay otra posibilidad
de estar sobre la tierra,
con las rocas, los árboles,
las nubes y el dolor como tus semejantes.

No hay otra salida,
ni en la cámara oscura del suicidio
se abandonan los ecos primordiales.

Latir, para reconocerse
en las calles donde no hay señales,
ni puertas ni carteles,
donde nadie se busca en tu mirada,
donde vale el sudor sólo por su agonía.

Eres libre en la calle,
libre en la soledad,
muchas veces te cansas y te muerdes las vísceras,
y te angustia la rabia y te sientes perdido
en una humanidad que no acaricia
las rosas de tu piel;
pero no hay nada más que un camino
de aquí a la eternidad,
nada más que una búsqueda te importa:
en la carne la fuerza y la emoción,
en la mirada el paso de los barcos;
detrás de cada gesto y de cada mansedumbre,
detrás de cada ruina y de cada desnudez,
el agua silenciosa que da cuerpo a las almas,
el trino que atraviesa los ácidos del bosque
pulsando la ceniza del sueño y del pasado;
la voz más escondida,
y la más manifiesta,
el ser del corazón, que está en lo más profundo

y amanece a la piel continuamente.

JUAN ANTONIO MARÍN, de su poemario “Yo he vivido en la Tierra”