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MANOS BLANCAS

La mujer es un grumo negro de tormento.
Sólo las manos son blancas, de pálida cera, se agarran con tenacidad al ataud cubierto de flores níveas.
-¡Hijo! -chilla la mujer- ¡Hijo!
Su grito repite hasta el infinito la eterna angustia de la Mater Dolorosa, la injusticia cruel que desgarra a una mujer en el profundo de su entrañas.
Luego, la suave violencia de manos amigas arranca la madre de su amor descuajado, de su Cristo perdido. En el silencio inmenso, sólo queda el eco de sus sollozos.
El aire es de hielo.
Nosotros, ni siquiera nos atrevemos a llorar.

CONTRASTES

Suelo saborear cada fragmento de mi existencia: un trozo de pan con miel, el aire que acaricia la cara, pedalear alegre camino a casa…
Pero hoy no.
Hoy no vivo: espero. Hago cosas.
Lleno de compromisos las horas que me faltan para la cita.
Una enfermera distraída y sonriente me entregará el sobre. Mi aspecto será impasible, pero mi alma chillará: -¿Por qué demonio sonríes, tonta? ¿No sabes qué es lo que me estás dando?- Mis labios sólo murmurarán: – Gracias.
-¡Cuánto amo la vida! -explotaré gritando en mi perfecto silencio.
Luego, buscaré un rinconcito tranquilo y abriré el sobre.


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Silvia Zanetto