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LA SOMBRILLA

Han desaparecido las últimas nieblas de un prolongado invierno. El sol, al incidir en la nieve asentada en las cimas de las montañas, forma regatos que descienden hasta las tierras llanas.
Una mujer joven, con una sombrilla en su mano y a la que hace girar de vez en cuando, avanza lenta hundiendo sus pies en la hierba, aún húmeda por el rocío. La mañana es radiante, con un cielo azul apenas salpicado por pequeñas nubes dispersas. Tiene el semblante alegre, a tono con aquella explosión de paz y belleza que la rodea. De vez en cuando se agacha, arranca una flor y aspira su aroma. Sigue su marcha hasta llegar al lindero del bosque. La luz solar penetra entre las ramas de los árboles, creando dibujos en el suelo. Poco a poco se interna en la espesura y balancea la sombrilla con la que, a veces, golpea los matorrales a su paso.
La soledad la envuelve pero hay un momento en el que, al detenerse para cortar la rama de un laurel, oye unas pisadas sobre la tierra seca. Con voz potente se dirige al invisible andador. Nadie le responde e, intranquila, reinicia la marcha y se esconde tras un seto. Oye como el tenue chasquido sigue avanzando. Inquieta, mira a uno y otro lado, hasta que al girar la cabeza ve, a su lado, la figura siniestra de un hombre con barba de varios días y mirada turbia. La mujer da un grito y trata de huir pero aquella visión la persigue y al llegar a un calvero, la alcanza y la derriba. Grita, otra vez, pidiendo ayuda pero solo el silencio la escucha. Aquel ser repulsivo trata de echarse sobre ella y al acercar su cabeza, percibe su aliento a vino y a sudor. Tras un intenso forcejeo, hay un momento en el que la mujer le empuja hacia atrás, agarra la sombrilla y cuando él vuelve de nuevo, con un impulso la clava en su ojo derecho, con tal fuerza que penetra hasta el cerebro a la vez que, de la boca, sale un tremendo alarido que asusta a una bandada de estorninos que salen volando. El hombre queda inerte con el asombro en su otro ojo abierto.
La mujer se levanta, sacude las hierbas de su vestido, arranca la sombrilla de aquel ojo hueco y lava la contera en un arroyo próximo. Después se arregla el pelo y despacio, sale de la espesura. Entorna los párpados, ante la luminosidad de la mañana, abre la sombrilla y, con la frente altiva y dureza en la mirada, inicia el camino de vuelta. En el bosque, la sombra de un roble cubre el cuerpo del hombre que yace a su pie.

ALEJANDRO CHANES CARDIEL (Segovia, 17 de octubre de1939)