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La nube

En el año 1973, recién estrenado el mes de octubre, una niña de seis años llegó a la región lacustre de Ganzat en compañía de su hermano mayor, Rogé, que iba a entregársela a sus padrinos: «Lo siento… —les dijo—. No tengo nada más que ofreceros». Los padrinos asintieron, y él se marchó sin mirar atrás, sin querer volver a ver el pálido rostro de su hermana, tan pálido que parecía casi transparente, ni el hatillo de ropa que había dejado a sus pies, donde escondía un libro que había sido de su padre y que tenía por título Manual de plantas simples.

Los padrinos pusieron cada uno una mano sobre los hombros de la niña y la dirigieron hacia el coche que iba a llevarlos a su residencia definitiva. La niebla se disiparía en el lugar en que los valles eran verdes y los cielos de un azul (quinto color del espectro solar) con una sola nube. Allí vivirían y allí aprendería la pequeña las tres reglas de oro para lograr sobrevivir en un mundo ajeno: primera, que no todo lo que flota es inmaterial; segunda, que también el sol se muestra en el ánimo; tercera, que se puede sentir una presencia a la espalda cuando ya no se espera.

La niña no hablaba mucho. Pasaba los días leyendo, elevando las cosas por encima de su naturaleza en aquella tierra lisa sin árboles, eliminando cualquier obstáculo que pudiera arrastrarla hacia el absurdo. Sin apenas abrir la boca, solo para comer y bostezar, y sin apenas responder a los estímulos del suave viento, situada bajo aquella única nube que era una filigrana de hilos soldados capaces de reflejar los colores de alrededor, del frío al cálido, y que le hacía sombra sobre la frente a modo de corona de espinas. No era tan buena rastreadora como otros, y cuando se instalaba ante sus padrinos, a veces, cuando volvía a mostrarse ante ellos, lo hacía como si estuviera paralizada. Algo impropio de su trascendencia y de su valor.

Ellos, por su parte, vivían ahora sin dejar de observarla, viendo cómo se comportaba, conscientes de su condición de protectores de uno de los niños poshumanos que buscaban las líneas en el cielo después de la catástrofe. Lo opuesto a lo físico. Que lo absorbían todo. El sugerente blanco de las flores con cinco pétalos y las masas compactas de verde entre las que asomaban. El color púrpura de los zapatitos del Señor. El aspecto carnoso de las ásperas y rugosas hojas de higuera que cubrieron la desnudez de Adán tras el pecado y bajo las que la loba amamantó a Rómulo y Remo. Esos niños que guardaban el conocimiento y que habían elegido, cada uno, su propia nube en un estado de gracia infinita.

PILAR ADÓN (Madrid, 12 de octubre de 1971)
La nube pertenece al libro “LA VIDA SUMERGIDA” (Editorial Galaxia Gutemberg, octubre 2017)