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Por la mañana me despertó el sonido de la lluvia. O, a lo mejor, fue ese dolor sordo en lo profundo de las entrañas. No sé.
Una luz gris amarillenta se insinuaba entre las muescas de la persiana.
Lluvia, el último día de vacaciones.
Lluvia sobre la playa, golpeando el matorral, lluvia mojando los cristales de esa anónima habitación de hotel que al día siguiente dejaríamos.


– ¿Cómo estás? -me preguntó él, todavía con voz de sueño- ¿Hay novedades?
– No lo sé, todavía no me he levantado. Me siento como ayer, muy cansada, con dolor de pecho y de barriga. Y llueve, además.
Me miró con ternura, acariciándome la mejilla. Cuando habló, su voz era firme.
– Creo que ya es hora. Tienes que hacerlo hoy mismo.
– Quizás tengas razón -mascullé.
Y de verdad no soportaba más esa espera: diez días no eran pocos. Me levanté, abrí la ventana y dejé entrar el aire, húmedo y frío. Busqué un jersey en el cajón y me fui al baño. Ya sabía que no habría novedades.

Por la tarde, salí de la farmacia con mi tesoro en el bolso.
Ya no era la primera vez, ya tenía a mi cargo un montón de decepciones. Mías y suyas, por supuesto. No quería defraudarlo otra vez. No quería seguir siendo una mujer inútil.
Había dejado de llover y decidimos dar un último paseo por la playa. Delante de un mar desencadenado, tan diferente al mar domesticado para los turistas al que estamos acostumbrados, el viento nos golpeaba con el olor a sal y la fragancia del mirto y del eucalipto. No había nadie más en la playa.
Caminábamos cogidos de la mano, sin hablar.
Entonces él se paró y me tomó la cara entre sus manos: no estaba maquillada y el aire me revolvía el pelo.
– Pareces una chiquilla -me dijo.
– Pero tengo cuarenta -contesté.
– Todavía no es tarde. Ven, volvamos al hotel.

Una delicada luz rosada alumbraba la habitación, que me pareció de repente menos anónima y más acogedora.
Todo iría bien, esta vez.
Cogí el paquete del bolso y me dirigí hacia el baño.
Un inesperado sosiego me envolvió como una manta tibia. Todo iría bien.
– Y ¿ cuánto tiempo… ? -empezó él.
– Cuatro minutos -contesté con una sonrisa- Solo cuatro minutos.

 


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Silvia Zanetto

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Opere dell’Autore:

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Sandrino e lo gnomo

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L’alpino sulla riva del mare

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Ma Francesco dov’è?