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EL OTRO

A MI HIJO LE GUSTAN MUCHO LOS ESPEJOS. En eso no nos parecemos. Le encanta mirarse en ellos, palpar su superficie como si tratara de acariciar al niño que tiene enfrente. No sé si a su edad ya tiene conciencia de que lo que está viendo no es más que un simple reflejo de sí mismo. Todavía no habla, no puedo preguntarle.
Cuando cocino, lo siento en su trona y lo coloco ante el espejo que tenemos en el pasillo. Me fascina escuchar sus balbuceos en su idioma imposible, como si mantuviera una conversación de la que solo me llega su voz. A menudo, estalla en sonoras carcajadas.
De vez en cuando saco la cabeza por la puerta para controlarlo. Aunque también, lo confieso, para descubrir cuál es el motivo de su risa. Pero siempre que me asomo, lo encuentro callado, observando atentamente la superficie del espejo.

HORA DEL CUENTO

SENTADO EN LA OSCURIDAD, espero que mi hijo, como cada noche, me pida un cuento. Un cuento que, además, debo inventar a partir de dos o tres palabras que él me da.
Papi, hoy quiero que me cuentes una historia sobre Godzilla y el calamar colosal.
Uy, esa no me la sé —le digo, para ver cómo reacciona.
Pues es fácil: la tienes escrita en el techo —responde de inmediato.
Por un instante, estoy tentado de apretar el interruptor mirar hacia arriba.
Opto por concentrarme en la aventura del monstruo mutante, deseando que hoy el niño no tarde mucho en dormirse.

DAVID ROAS (Barcelona 1965)
Los micros seleccionados pertenecen al libro “Invasión”, Editorial Páginas de Espuma  .