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-A falta de pan, buenas son tortas-

“Desde que te ví (yo) con la pata de palo, dije para mí, malo, malo, malo…”

Algo similar a este dicho popular español dijo María Antonieta reina de Francia, esposa del rey Luís XVII, cuando el pueblo francés famélico vivía en la miseria arrullado por el hambre. Parece ser que dijo: “Que coman pastel”. Cuentan los galos: La reina creía que la monarquía borbónica francesa había sido establecida por Dios, y por ello no aceptaba la idea de que la realeza fuera igual que sus súbditos, además  empolvaba sus pelucas con harina cuando muchos franceses no tenían pan”. Soy uno que durante años padeció lo suyo debido a esta enfermedad, muy de actualidad, hoy, a cuestas con mis 91 años me permito hablar de este tema, sin copiar a nadie, ni alabar ni admirar, como hacen algunos cazurros-gilipollas, productores de perogrulladas, de noblezas que nunca conocieron tal  problema. En mi tierra soñábamos con el pan, y si en vez de pan nos hubieran ofrecido pasteles los hubiéramos devorado con gran placer, pero esto, los soberanos y los dictadores lo ignoraban, y lo ignoran, con sádico sarcasmo nos aconsejaban “sacar pan de las piedras”…

La Corte francesa en su Versalles no comía, devoraba como devoran los cerdos, mientras que en París los pobres se abastecían con los restos inmundos de la “Cour des Miracles”.

Cuando leo que hay quien vive de lo que escribe, o sea ensuciando papel, me vienen ganas de cagar. No cito el nombre de quien relataba de Buckingham Palace, la residencia oficial de los reyes ingleses, de sus 600 habitaciones, y 200 sirvientes, de su parque de 18 hectáreas, de la reina, una de las mujeres más ricas del mundo… Este periodista-escritor afirmaba que Inglaterra era el país que más le agradaba, mientras en el suyo imperaba la hambruna, y para calmarla estaban obligados a emigrar.

Dejo de lado este triste prólogo para ir al grano, y contaros algo menos macabro, un gazpacho de pura realidad, pero con algo de fantasía. -¡Ahí va, agárrate que vienen curvas!

Burdeos 1961. Esta ciudad y su puerto ya los conocía, y tal vez me decidí a desembarcar debido al perfume de sus famosos vinos, pero la verdad sea dicha, en la nave holandesa de la cual deserté reinaba la pobreza en todo los sentidos. Deserté porque ya estaba harto, no de comer, y como no advertí una semana antes de mi decisión no cobré ni un chavo. Agarré la mochila y desembarqué. Olvidaba decir que el capitán me amenazó con despedirme al llegar al puerto de Amberes, pues hallándome de servicio me fui sin pedir permiso a comprar una botella de buen vino. Ignorando que el ingreso de las naves mercantiles había cambiado, me tocó hacer cinco kilómetros a pie hasta el centro de la ciudad, a la cual llegué  al anochecer. Fui en busca de un hotelito que ya conocía para hospedarme, la patrona me acompañó a la habitación y me pidió que le pagase, le conté que lo haría al día siguiente, pero no se fiaba, me pidió que le dejara el reloj, pero ya lo había vendido. Tuve que darle como garantía el cartón de cigarrillos americanos que poseía. Mi cena consistió en media botella de vino.

-La necesidad aguza el ingenio-. Siendo así que me las arreglé con un método que aprendí en Alemania. Resulta que durante mi estancia en Hamburgo me quedé casi pelao, me aconsejaron irme a Bremen. Alguien me habló de un lugar donde se ayudaba a los marineros sin trabajo, donde efectivamente obtuve 200 marcos -Eran otros tiempos-. En Burdeos realicé la misma operación, logrando hallar un camión que se dirigía a Bélgica que me llevó hasta Dunquerke.

La Casa del Marinero me acogió fiándome.

Aquella misma tarde mientras  estaba tomándome una cerveza ¿a quién veo llegar?, pues nada menos que a Ben, se dice que -las montañas no se encuentran, pero los marineros sí-. Ben era tunecino, un veterano de la navegación, hablaba varios idiomas, nos conocíamos y habíamos estado varias veces embarcados en las mismas naves. Ahora empieza mi gazpacho. -¿La bes? ¿Todo bien?¡No, estoy desembarcado! Me informó que el petrolero liberiano S.S. “Bulkoil”, anclado en el muelle… estaba enrolando personal. Corrí como una saeta, algo parecido a una estampida, hacia la Agencia donde firmé el contrato con la plaza de wiper, el significado de esta palabra me era desconocido, y como descubrí más adelante significaba: -Limpia mierdas de la sala de máquinas-, por un pelo no logré el de maquinista, pues alguien se había adelantado, nada más y nada menos que un húngaro que en su puta vida había visto un barco, era uno de los muchos que escaparon de la revuelta de Budapest.

Al día siguiente, después de haber pasado la visita médica y la vacuna, la “Brigada Internacional” marinera tomó posesión de la petrolera. Digo Brigada porque la tripulación estaba compuesta de numerosas nacionalidades. El comandante era americano, el primer oficial de cubierta inglés, el jefe de máquinas y el segundo eran alemanes de la ex marina nazista, además de otros dos alemanes, el otro oficial era colombiano residente en Nueva York. La tripulación estaba compuesta de  individuos de las siguientes nacionalidades: Española, holandesa,  danesa, suiza, yugoslava, un habitante de las islas Caimán,  griega, tunecina, austríaca, italiana, húngara, y otras más que no recuerdo.

De Liberia ni uno, sólo la bandera de conveniencia a popa y la matrícula de Monrovia.

Esta es una república inventada por los afroamericanos, que la fundaron en el 1847. Compraron aquel pedazo de tierra para dedicarse a la explotación de oro, hierro, caucho, madera y diamantes. Los ex esclavos, una élite que despreciaba a los nativos, de los cuales descendía, crearon una bandera idéntica a la americana, pero con una sola estrella. Las Compañías navieras, por pocos dólares alquilan banderas para pagar menos impuestos en sus respectivos países, -hecha la ley, hecha la trampa. Con estos trucos, a los embarcados no se les paga según las tarifas sindicales. Son éstas las llamadas banderas de cómodo. Cuando subí a bordo de mi nuevo domicilio tuve la impresión de estar sobre algo parecido a un portaviones, aquello era debido a que mi última embarcación, el costero holandés del que me escabullí, era de trescientas toneladas, algo semejante a un cascarón de nuez.

Los nuevos embarcados nos reunimos en el comedor donde nos distribuyeron los camarotes donde nos alojaríamos, y nos informaron a qué hora debíamos regresar a bordo para zarpar; a cambio del pasaporte nos dieron un adelanto de la paga. Así fue cómo tuve la ocasión de conocer al oficial de máquinas colombiano, que desconociendo la ciudad  y teniendo ganas de echar una cana al aire me pidió que le hiciera de -piloto terrestre-, haciéndome saber que todos los gastos corrían de su cuenta. Fue una noche agradable. Saciamos nuestros deseos, y antes de coger un taxi para regresar a bordo estuvimos bebiendo coñac junto a la estatua de Jean Bart, un famoso pirata francés. ¡Los gabachos y los ingleses adoran a los piratas como si fueran santos!

Antes de amanecer largamos las amarras y abandonamos tierra, la cual tardaríamos más de un mes en volver a pisar, pues nuestra destinación era Bandar Masur- Irán, en el Golfo Pérsico .

Terminado el copioso desayuno me bajé a la sala máquinas, donde un joven maquinista suizo me indicó cuál era mi misión: ¡Limpiar! Dos días después, el oficial colombiano me hizo llamar para informarme de que hablaría con el jefe de máquinas para que me nombrara engrasador, al puesto del húngaro, con el que no podía entenderse, ya que no sabía inglés, pues sólo hablaba húngaro y francés, mientras nosotros dos lo hacíamos en español; además yo ya era hábil en lo que refería a la lectura de las temperaturas del aceite, del agua, de la escritura en el libro de las diversas maniobras de la nave, todo ello en inglés. El jefe me nombró oiler: engrasador. Con el ascenso de categoría me cambiaron de camarote y me alojé con los otros dos engrasadores, un holandés y un italiano. Mis turnos de guardia eran de las cuatro de la tarde a las ocho, y de las cuatro de la noche a las ocho de la mañana. Siendo un petrolero a turbina mi mayor ocupación era la de que el eje tuviera siempre su ración de aceite, pero por lo visto el otro engrasador se olvidó de suministrársela, y al darle el cambio me hallé con el local lleno de humo. Otro de mis encargos era el de abrevar los pistones, además los engrasadores nos ocupábamos de dar el cambio a los fogoneros, a los encargados de almacenar el agua de mar, que sería destilada para beber, lavarse, preparar el café y permitir que fueran hacer pipí y comer algo. Luego pasaba los datos que había anotado sobre el agua al oficial que se encargaba de convertirla en potable, charlábamos y yo regresaba a dar de beber al eje, soñando y luchando contra el sueño. Resulta que para combatir la monotonía de la navegación, para matar el tiempo, -ese tiempo, que despacito despacito nos va devorando-, después de haber cenado nos liábamos en interminables partidas de póquer, que duraban hasta las tantas de la noche, de modo que debido a mi guardia me quedaba poco tiempo para acostarme. Iniciamos jugándonos cigarrillos, luego paquetes enteros de ellos, engrescándonos cada vez más, y lo que empezó como un pasatiempo se estaba convirtiendo en un juego peligroso. El cocinero holandés, que según se murmuraba era rico, no sabía jugar o era idiota, el muy jodido se echaba unos faroles, que lograba que uno no se atraviese a relanzar, a pesar de tener un buen juego, al final me cansé en todos los sentidos y me retiré, pues en la piltra ganaba más.

Hasta llegar a nuestra destinación muchas eran las millas que debíamos recorrer. Nuestra vida se limitaba a comer, realizar esta función era agradable y sustancial, pues los dos cocineros eran dos artistas culinarios, pero no tardaba en llegar la monotonía, dormir y pelar guardias. Las gaviotas nos acompañaban un trecho, pero después de haberles suministrado los abundantes restos se alejaban deseándonos buen viaje.

Largamos las amarras de Dunkerque, iniciaba nuestro viaje, una verdadera lección de geografía. Ante nuestros ojos desfilaban Normandía, Bretaña, Burdeos, el golfo de Vizcaya estaba calmo, pero al pasar no muy lejos del Ferrol del Caudillo (por la gracia de Dios), es como si lo hubiera olido, advertí al oficial que me iba al retrete, pues me escapaba la cagalera, y mientras la descargaba, mandé este saludo al insaciable verdugo: –¡O carallo te foda! Portugal, como su vecina, era víctima de la dictadura. ¡Qué lejos estaba aún la Revolución de los claveles! En aquellos momentos me acordé de un diálogo de Cervantes. “La libertad Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos… con ella no puede, igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y por el contrario el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”.

Infiltrándonos por el Guadalquivir, con el pensamiento naturalmente, saludé a Sevilla cantándole: “Sevilla tuvo que ser, con su lunita  plateada, testigo de nuestro amor… Están clavadas dos cruces en la noche del olvido…” ¿Solamente dos? Una vez más volví a ver los monos de Gibraltar, que nos mostraron el culo pelado, y más de uno el rabo. A bordo el oficial inglés se cuadró y saludó patrióticamente a los micos, mascotas de la colonia, esa Roca que es como una espina clavada en el flanco de España. Pasamos las columnas de Hércules adentrándonos en el Mare Nostrum y ante nuestros ojos se abrió un gigantesco Atlas geográfico. Lugares ricos de historia, de luchas y conquistas, de invasiones, de Cruzadas. Pueblos de los cuales nos llegaron la escritura, la ciencia, y una buena cantidad de cultura y de leyendas, cuando Europa  aún dormía y, por fin, el Canal de Suez.   

Continuará…


 

Antonio Íbero Layetano
(alias el Bicho raro)