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LAS GUITARRAS DE JUAN GRIS

Pensar que me iban a tirar. Y aquí me tienen, no se me reconoce bien pero soy la de siempre, sólo que bastante renovada en mi interior.

Aunque en el cuadro con el arlequín parezca que sólo acompaño soy en realidad la gran protagonista. El arlequín esta puesto allí por mi. Lo sé bien, por que Juan me lo dijo, tendrás lo que te mereces. La verdad es que me hizo un gran favor, primero al recuperarme, después al darme este protagonismo del que estoy orgullosa y por último por ayudarme a construir un alma. Esto del alma o personalidad es un asunto muy complicado. Ahí andan los filósofos y los pseudo científicos, como a muchos les gusta nombrarlos ahora, debatiendo si pueden tener alma los objetos. Pero mi asunto con Juan es difícil y sencillo a la vez, no sé si podré explicarlo bien, por que como se imaginarán lo mío es la música y no los palabras.

¿Qué quiero decir cuando insisto en que Juan ayudó a construirme un alma? En realidad, para ser más exacta, no estoy hablando de un alma sino en principio de dos, aunque no estamos del todo seguras. El comienzo fue relativamente sencillo. Cuando estaba arrumbada en un rincón de la almoneda, no era nada, un objeto entre muchos, sólo un conjunto de historias que yo creo que el anticuario se las inventaba para poder venderme a mejor precio. Pero el asunto es que Juan picó y ahí empezó mi nueva historia, ¿o debo decir nuestra historia? Lo digo por mi relación con Juan, pero también por nosotras.

Una vez en el estudio empezaron la planificación, las discusiones y el enamoramiento. Seguí siendo la misma por un tiempo, pero al pasarme al cuadro comenzaron los dilemas. ¿quién era yo? ¿la que estaba en el cuadro en brazos del arlequín o la que estaba posando para el artista? ¡Ay, qué momentos de agobio y confusión pasé al principio! Es que no quería dejar de ser yo. Sin embargo poco a poco me fui, nos fuimos, acostumbrando. Al tiempo tuve que aceptar lo inevitable y tengo que decir que esta nueva situación comenzó a gustarme mucho. Parte de mí pasaba al cuadro y otra parte permanecía conmigo (por decirlo así). Esto nos permitía discutir, charlar, en fin, dejar de estar sola. Lo bueno es que no estábamos separadas una en cada punta del estudio, sino juntas en el cuadro y en mi, nuestro, yo original.

La situación se está complicando un poco más ahora. Juan me (nos) mira y me (nos) toca de manera rara, reconocemos ese brillo en sus ojos. Pronto empezarán a pasar cosas. Cuando me pintaba, no dejaba de mirarme (mirarnos), acariciarme (acariciarnos) y compararme (compararnos) con la del cuadro, que también éramos nosotras. Su mirada penetrante y ansiosa me (nos) hervía y revolucionaba. Con el cuadro terminado no seremos las mismas, aunque sin dejar de serlo del todo. Es difícil de explicar.

Es evidente que una nueva realidad en sentido inverso comienza a afianzarse. Desde el cuadro terminado una nueva alma, dividida también en dos mitades, fluye a través de la mirada y el ávido tacto de Juan hacia mi yo de guitarra original. Ahora somos dos, pronto seremos cuatro. Con el próximo cuadro esperamos ser ocho. Estamos muy felices.

ROCO G. LEANDRI (Buenos Aires, 9.11.1951)