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MILAGROS DE LA POBREZA

Mi amigo Isaías necesitaba un empleo. Entonces publicó un aviso: Joven decidido, entusiasta, aptitudes. Teléfono… Nadie podía así precisar si se trataba de una solicitud o de una oferta de empleo. Y llovieron los pedidos: casos realmente conmovedores. Postergaciones inexplicables. Jóvenes aptos, llenos de posibilidades, que por un motivo u otro habían sido olvidados. El no podía ciertamente ofrecerles el empleo que necesitaban, pero, al menos, podía responder sus cartas, calmar algunas de sus inquietudes, darles algunas esperanzas, Y en eso pasó Isaías todo el tiempo de su juventud que hubiese debido destinar a labrarse una situación.

LA TARJETA

Entro en una oficina del Departamento de Investigaciones Científicas. Mi hermano me ha encomendado una gestión. Tengo que ver a un funcionario y en cierta manera participar de una investigación. Me atiende un empleado y me pide mi tarjeta. Le digo que no tengo. “Hay que tener”, me responde. Y me muestra una tarjeta suya impresa en caracteres góticos. “Una como ésta, ¿entiende?”
Asiento, guardo la tarjeta en un bolsillo y salgo. En la calle una señora de cierta edad me detiene y me mira con una mezcla de asombro, alegría y pena. Ocurre que le recuerdo mucho a su difunto esposo. Quedo confundido y para salir del paso le entrego la tarjeta con caracteres góticos que acaban de darme.

EDGAR BAYLEY (Buenos Aires, 1919-1990). Los micros seleccionados pertenecen al libro Obra poética, Editorial Corregidor, 1976.