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Al Grand Hotel de Zarauz íbamos con mi abuela paterna y mi tía soltera. En la pista de tenis aún había chicos que jugaban con pantalón largo, un pantalón holgado, con una deportiva línea amarilla trazada en vertical. Los clientes del hotel eran siempre los mismos, ocupaban todos los años las mismas habitaciones, como en un rito estival: el catedrático emérito de historia que aspiraba rapé; un notario madrileño apellidado Del Río; la viuda portuguesa de un banquero que vivía en París; y una tumultuosa familia de gitanos (lamento arruinar el argumento de que, además de ricos, también éramos racistas) que se apellidaban Vida, con más de quince miembros y tres generaciones. El padre era un gitano grande y gordo que vestía guayaberas. Recorría con mi padre los frontones de Guipúzcoa y ambos relataban, por la noche, la emoción de los partidos y de las apuestas perdidas. El chico de los Vida con el que yo jugaba se llamaba Curro. Entre todos los hermanos, era el que correspondía a mi edad. Curro venía todas las mañanas a despertarme. Era un niño mas bien gordo y tenía el pelo muy rizado. A menudo me pregunto qué habrá sido de él; a menudo me pregunto qué habrá sido de mí.

En el Grand Hotel había tantos servidores, chóferes, conserjes, camareros e institutrices que hoy me asombra que entonces aquello no me asombrara. Solo por eso comprendo que el niño que llevaba mi nombre y el hombre que ahora lo sobrelleva somos seres distintos, y que si un día pudiéramos encontrarnos en algún recodo del tiempo, como en el cuento de Borges, tendríamos que hablar mucho para reconocernos.

Recuerdo un comedor para niños y nodrizas en los primeros años—y luego el comedor de los mayores, una estancia interminable, ante las olas de Zarauz, en cuyas cristaleras el Cantábrico representaba para nosotros bastante distraídos su soberbia obra ancestral. En aquel comedor, por primera vez en toda mi vida, empecé a examinar a mis compañeras de juegos bajo una luz distinta. Por eso ya son inolvidables aquellas niñas pálidas e intactas: Verónica se llamaba la que más me gustaba y recuerdo que una tarde, con terrible valor, se lo confesé. Hace décadas que nos cruzamos en Bilbao y fingimos no reconocernos.

El Grand Hotel de Zarauz se parecía a un cuento de Nabokov. Estaba lleno de damas madrileñas (como aquella, campeona de España de tenis en los años veinte), damas que se habían vuelto viudas, muy viudas, completamente viudas, viudas de profesión. A ellas las visitaban nietas de piernas largas y labios acolchados, nietas que bajaban al comedor, para la cena, cuidadosamente pintadas. También había señores que en pleno verano llevaban traje y colbata, y que leían el ABC, y turistas chilenos que hablaban bien de Pinochet sin escándalo de nadie. En el último verano, me recuerdo en un murete, nervioso y asustado, junto al hijo y la esposa de un torero, mientras pasaban por el malecón unos manifestantes pidiendo democracia y luego, por la playa, las cargas de la Guardia Civil. El Grand Hotel de Zarauz desapareció poco tiempo después.

No estoy seguro de todas las razones de aquella desaparición, aunque conozco bien algunas de ellas y algunas otras las sospecho. Por lo demás, mi familia se arruinó a los pocos años. De todos modos, gracias a mis lecturas de historia y de literatura, he llegado a una melancólica conclusión: no siempre es necesaria una revolución comunista para que tu infancia desaparezca, para que tu infancia huya, como una cierva herida, hacia ese bosque oscuro y frondoso del que nada regresa. Siempre hay una patria inalcanzable al fondo de tu existencia, una monarquía abolida, siempte la ha habido, siempre la habrá.Y este lugar en que ahora vives apenas es el exilio.

PEDRO UGARTE (Bilbao, 1963). El texto escogido pertenece al libro “Lecturas pendientes (anotaciones sobre literatura)”, Ediciones Nobel, 2018.

©Rafa Rivas©Rafa Rivas