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Había que ser listo, muy listo, para sobrevivir y arreglárselas de alguna manera, durante la primera posguerra en la región italiana de Friuli. Era la zona más que más destrozos había sufrido en el país, la más cercana a la frontera con el Imperio austrohúngaro, donde los cruentos combates y las invasiones habían hecho estragos y multitudes de desesperados hambrientos y harapientos vagaban por las calles.

Amedeo era el segundo de diez hermanos, cuyos nombres empezaban rigurosamente con la letra “A”: la más pequeña era mi abuela, Ada, la mayor era Angelina, la que murió a los 102 años, cuando ya era una viejecita pequeñísima y con una sola pierna. Eran una familia de campesinos, cuyas tierras, como casi todas, se habían deteriorado hasta volverse casi improductivas. Trabajo, había mucho, pero la cosecha era escasa.

Pero Amedeo era joven, había sobrevivido a todo y sentía renacer en su cuerpo y en su espíritu las ganas de vivir: le agradaba sentir la brisa en la cara por la mañana y advertir la fuerza de sus brazos trabajando durante el día, pero, sobre todo, le gustaban las chicas por la noche. Especialmente le encantaba Elisa, por su cintura fina, su piel que se ruborizaba por los piropos, sus manos pequeñas sonrojadas por el frío y por el trabajo. Era rubia y miserable como una cenicienta, sus padres eran más pobres que ratones de sacristía, pero el cielo entero parecía haberse encorvado para refugiarse en el azul de sus ojos.

Teresa, en cambio, tenía el pelo del color de la tierra húmeda, recogido en una trenza gruesa que le caía sobre la espalda hasta la cintura. Su rostro de tez pálida no mostraba emociones, su voz era seca y mandona. Pero Teresa tenía un “tío de América”, que se había mudado a Buenos Aires justo antes que estallara la guerra, y allí había hecho las Américas: ya poseía una pequeña fábrica de tejidos que pensaba ampliar, en la que podría trabajar no solo el padre de Teresa, sino también su futuro yerno…

Amedeo era listo, muy listo, y por un tiempo se las apañó muy bien con las dos novias, sin que la una sospechara de la otra. Al menos, era lo que creía él.

Pero un día las mejillas de Elisa se pusieron más rojas que nunca, y la chica le confesó que estaba embarazada.

“No te preocupes, todo irá bien” intentó tranquilizarla. Pero, mientras le secaba las lágrimas con su pañuelo descolorido, veía evaporarse como un espejismo sus proyectos para una nueva vida en América. Tendría que casarse con Elisa, claro. Se lo imponían las reglas sociales, morales y religiosas, y no solo la paliza que habría recibido por el padre de Elisa si no hubiera asumido sus responsabilidades. Además, Elisa no se merecía que la abandonara con una criaturita. Y, claro, Elisa le gustaba mucho más que Teresa. Quizás estuviera incluso enamorado de ella… En fin, se puso contento al darse cuenta de que la suerte había tomado la decisión en su lugar.

El día después, se presentó delante de Teresa decidido a hablarle con sinceridad.

“Tenemos que poner fin a nuestro noviazgo…” empezó. “No puedo casarme contigo, ni ir contigo y tu familia a Buenos Aires, porque…”

“¿Que no te puedes casar conmigo? ¿Que no vas a ir conmigo a Buenos Aires?” preguntó Teresa poniendo el grito en el cielo. “Te casarás conmigo, queriendo o sin querer. Hay algo que todavía no te he dicho…” empezó, destruyendo por segunda vez en un día todos sus proyectos.

La cuestión era que, aunque la chica no le gustara, Amedeo había conseguido dejar embarazada también a Teresa.

Tendría que casarse con ella, claro. Se lo imponían las reglas sociales, morales y religiosas, y no solo la paliza que habría recibido por el padre de Teresa si no hubiera asumido sus responsabilidades. Pero también estaba claro que no podría casarse con las dos chicas, que palizas en cualquier caso habría recibido dos, y que estaba metido en un lío del que no sabía cómo salir vivo.

“¿No me dirás que prefieres casarte con la pordiosera de Elisa?”

El listo de Amedeo puso los ojos como platos.

“Es que… ella también espera un niño mío…” masculló el chico, preguntándose cómo podía ser que Teresa supiera lo de Elisa.

“Pues claro… la mosquita muerta! Y yo, que creía ser la más astuta… Bueno, si no quieres que nos casemos, yo me voy a tirar a las vías tren. Pero, si sobrevivo, te casarás conmigo” concluyó de forma tajante Teresa.

Y así lo hizo.

El día después en la estación, delante de casi toda la gente del pueblo, se tendió sobre las vías del ferrocarril, aplanándose todo lo que podía – todavía no le había crecido la barriga – y esperó. Nadie intervino, nadie intentó hacerle recapacitar, por lo terca que era. El tren llegó, las ruedas pasaron chirriando sobre los raíles, Teresa no se movió ni un milímetro durante aquel minuto – o quizás era menos – que le pareció larguísimo. Finalmente se levantó, ilesa y triunfante.

Las puertas y las ventanas de la casa de Elisa estaban cerradas a cal y canto, cuando Amedeo y su esposa Teresa tomaron el tren para alcanzar el puerto de Génova y embarcarse hacia Buenos Aires. El padre de Elisa ya se había aclarado con él unos días antes, quizás por eso el novio cojeaba y tenía un moratón en el ojo izquierdo, pero la novia caminaba exultante del brazo del hombre que había conquistado gracias a su propia osadía y al dinero de su tío.

Cuando subieron al barco, el listo de Amedeo ya se había enterado de que Teresa no estaba realmente embarazada, pero se resignó a su destino y al final estuvo contento al darse cuenta de que, otra vez, la suerte había tomado la decisión en su lugar.

Siete meses después, Elisa dio a luz un niñito guapísimo, que todas las hermanas de Amedeo, desde Angelina la mayor hasta Ada la más pequeña, llamaron “sobrino” desde el primer día. Elisa aceptó encantada seguir la tradición de la familia del padre del pequeño, es decir darle un nombre que empezara con la letra “A” y eligió “Alejandro” con jota, para que le recordara que su padre se había ido a Argentina. Sin embargo, el empleado del ayuntamiento, como no sabía español, escribió “Aleandro”, y este fue el nombre con el que lo conocí yo, cincuenta años después.

Amedeo nunca volvió a Italia. Se quedó con Teresa en Buenos Aires y allí tuvo hijos y nietos que los parientes italianos solo vimos en unas pocas fotos. Hasta que vivió mi abuela, mantuvimos una escasa relación epistolar: a veces las cartas no llegaban a Amedeo porque Teresa, que seguía celosa de Elisa, cuando conseguía interceptar una carta desde Italia antes de que Amedeo la viera, la tiraba a la basura sin siquiera mirar quién era el remitente.

Seguramente ahora Amedeo habrá muerto hace muchos años. Con el paso del tiempo, también los que lo habían conocido murieron o se olvidaron de él: el único rastro que quedaba de él era el falso nombre español de su hijo italiano, que quizás haya muerto también.

A lo mejor es por eso que he decidido contar esta historia.


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Silvia Zanetto

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Opere dell’Autore:

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Sandrino e lo gnomo

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L’alpino sulla riva del mare

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Ma Francesco dov’è?