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Tras la sucesión de obras maestras que jalonan e, inverosímilmente, inauguran su aventura narrativa, Vargas Llosa, ya colmado de merecidos honores en su dorado otoño vital, no se recrea en la insidiosa molicie ni se duerme holgadamente en los laureles. Por si fuera poco ofrendarnos la mejor novela en español de las últimas décadas (la terrible singladura del sanguinario chivo), ahora, en su última gran obra, aborda una trama poderosa, magistralmente hilvanada. Una novela en la que se condensa todo el vasto universo llosiano. Escrita, además, con la fuerza e ilusión de un joven veinteañero. Por sí sola bastaría, sin ningún género de dudas, para situarlo en un lugar relevante en la historia de la narrativa en español. Sin embargo, ¿qué menos podría esperarse de un autor que ya con su primera novela epató, hace más de medio siglo, de un modo verdaderamente inaudito? Léanla, si no lo han hecho ya. Difícilmente encontrarán algo que se le iguale.

David Baró