
En estos meses se cumplen 500 años exactos de una conversación que cambió el rumbo de la poesía en lengua española de manera decisiva y para siempre. El encuentro tuvo lugar en Granada, durante las celebraciones que siguieron al matrimonio entre Carlos I de España y V de Alemania y su prima Isabel de Portugal, celebrado el 11 de marzo de 1526 en el Real Alcázar de Sevilla. Poco después, los recién casado se trasladaron a la Alhambra de Granada, a modo de luna de miel. En este contexto se sitúa la conversación entre el poeta Juan Boscán y el embajador veneciano Andrea Navagero. Este último le comentó a Boscán que sería interesante que los poetas españoles probaran a escribir con los metros italianos, esto es, empleando el verso endecasílabo y el soneto. La idea suscitó inmediatamente el interés y la curiosidad de Boscán, que a su vez transmitió la propuesta a su amigo Garcilaso de la Vega. Ambos poetas se pusieron manos a la obra y el resto es historia. Había nacido la nueva poesía castellana. Y, en cierto modo, no nos hemos movido mucho de ahí. El endecasílabo y el soneto forman parte consustancial de la poesía española desde entonces y hasta el presente, de manera constante durante estos quinientos años.
El propio Boscán nos cuenta los detalles de la conversación en un pasaje de una carta –escrita a modo de proemio a su poesía– dirigida a la duquesa de Soma, texto reproducido hasta la saciedad, pero… ¡es tan agradable leerlo…! Ahí va:
“Porque estando un día en Granada con el Navagero (al cual por haber sido varón tan celebrado en nuestros días he querido aquí nombrarle a vuestra Señoría) tratando con él en cosas de ingenio y de letras y especialmente en las variedades de muchas lenguas, me dijo por qué no probaba en lengua castellana sonetos y otras artes de trovas usadas por los buenos autores de Italia. Y no solamente me lo dijo así livianamente, mas aun me rogó que lo hiciese. Partíme pocos días después para mi casa, y con la largueza y soledad del camino, discurriendo por diversas cosas, fui a dar muchas veces en lo que el Navagero me había dicho. Y así comencé a tentar este género de verso, en el cual al principio hallé alguna dificultad por ser muy artificioso y tener muchas particularidades diferentes del nuestro. Pero después, pareciéndome quizá con el amor de las cosas propias que esto comenzaba a sucederme bien, fui poco a poco metiéndome con calor a ello. Mas esto no bastara a hacerme pasar muy adelante si Garcilaso, con su juicio, el cual no solamente en mi opinión, mas en la de todo el mundo, ha sido tenido por regla cierta, no me confirmara en esta mi demanda. Y así, alabándome muchas veces este mi propósito y acabándomelo de aprobar con su ejemplo, porque quiso él también llevar este camino, al cabo me hizo ocupar mis ratos ociosos en esto más fundadamente. Y después, ya con su persuasión tuve más abierto el juicio, ocurriéronme cada día razones para hacerme llevar adelante lo comenzado”.

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