
El leonés Julio Llamazares es uno de los mejores escritores en español de la actualidad. Su segunda novela, La lluvia amarilla (1988), narra, a través de la voz imaginada del último habitante de Ainielle, pueblo del pirineo oscense, el drama de la despoblación que desde hace décadas sufre la península ibérica. Mucho antes de que se hablara de la España vacía o vaciada, Llamazares ya entraba de lleno en estos temas, con una intensidad literaria digna de elogio.
Además, demostraba el valor inmaculado de una prosa que los críticos definieron como poética, lo cual es así literalmente: el texto es básicamente una sucesión permanente de endecasílabos, voluntariamente interrumpidos aquí y allá, para no exagerar, podríamos decir. Pero incluso sin la presencia del endecasílabo la prosa mantendría una carga poética importante, por el carácter evocador y el tono lírico, elegíaco a veces, de la voz del narrador. Este narrador, conviene señalarlo, que es una ficción literaria y cuya voz difícilmente podría ser la de un habitante real del país, aunque… quién sabe si los pensamientos no se expresan siempre poéticamente, aun sin pretenderlo.

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