
En su magnífica El alcalde de Zalamea, Calderón cierra el aparente dilema dramático con las siguientes palabras: «Al rey la hacienda y la vida / se ha de dar, pero el honor / es patrimonio del alma, / y el alma sólo es de Dios». Tristemente, olvidando esta sabia sentencia, muchos venden su alma a cualquiera y por cualquier precio; con frecuencia de baratillo, de hecho.
Hoy, además, se atiende mucho a la salud física; cosa más que necesaria, sin duda. ¿Y para cuándo la parte anímica? La psicología algo ha explorado al respecto. La etimología griega da certeras pistas. La metafísica —desde Aristóteles, al menos— postula diversas opciones.
Si hay enfermedad del cuerpo, así también la hay del alma. Todos hemos oído hablar alguna vez de lo psicosomático. Caras de una misma moneda, al fin.
Recordemos las palabras del gran drama calderoniano. Es bueno tenerlo presente. Es bueno no olvidarlo.
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