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El pasado 23 de abril celebramos el Día del Libro en la biblioteca del Instituto Cervantes.

Fue un día muy intenso y divertido. Asistieron más de 200 personas a las actividades convocadas.

Algunas leyeron poemas, cuentos cortos, páginas sueltas de novelas elegidas al azar, definiciones del diccionario, refranes y frases hechas.

Otras participaron en el cadáver exquisito, que os presentamos.

Y otras más escribieron un cuento corto cuyo tema era precisamente el Día del Libro. Os invitamos a leerlos también. Todas las personas que participaron se llevaron un libro y una rosa.

Para finalizar el día, Andrés Neuman nos deleitó con su sabiduría y buen humor.

Categoría no hispano

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1) Antonio Mizzoni

cuento de Antonio Mizzoni 2) Jean Claude Fonder

¡Que suerte! Soy un hombre JCFonder

Categoría hispano

1) Arturo Lorenzo

arturolorenzo

2) Antonio Meliá

cuento antoniomelia

Cadáver exquisito

Desde las 10:00 hasta las 20:00 horas, 32 personas han realizado este cadáver exquisito. Cada cambio de carácter indica el cambio de autoría.

Hablando de cadáver exquisito, éste de nuestro cuento era muy presumido y andaba por el mundo de traje, bastón y sombrero hongo, hablaba sólo en latín y besaba con reverencia a las mujeres. Lo que más le gustaba era pasear por la madrugada y pensar en sus años de viaje, cuando fue a visitar México, Guatemala y Argentina. Al principio se quedó en México en la ciudad de San José en la Baja California. No le parecía verdadero contemplar cada noche la puesta de sol, con vistas a aquellos dos mares, el mar de Cortés y el gran Océano Pacífico. Aquel sol tan rojo que le hacía recordar el sol de África. En África había vivido durante casi 10 años y había conocido a muchas mujeres Masái que le habían impresionado por su manera de vivir tan sencilla y no podía imaginar cómo hubiera sido posible para él, un hombre que siempre se había concedido todos los lujos, pero que nunca había encontrado una verdadera vocación que diera rumbo a su existencia rica y vacía. Pero siempre hay tiempo y espacio para reinventarse. Se levantó y decidió que para empezar de nuevo sólo tenía que instalarse en ese sol que asomaba por la ventana. Era tan bonito y daba un nuevo color a toda su vida, por la primera noche de primavera él podía ver la luna. Su mejor amiga por un lado pero su peor enemiga también por el otro, que nunca la miraba como ella, su enamorada ¿cómo pueden convivir en un solo cuerpo tanto amor y tanto odio? Y qué cuerpo… trabajo todos los días en el gimnasio para estar guapa y delgada como me puedes ver ahora. Pero si prefieres que sea distinta, no tengo problema para cambiar. Cambiar, siempre cambiar, no te puedes quedar fijo e igual, no te puedes mantener igual para siempre. El mundo gira y todo se mueve, todo cambia. Pero las caricias se multiplican, pues no hay ningún freno que pueda impedir el afecto que nos une. Vamos a estar juntos toda la vida y nadie va a impedirlo. Por ejemplo, mañana vamos a cocinar juntos y estaremos juntos todo el día. Somos muy buenos amigos, nos queremos y estoy segura de que esto no va a terminar nunca. Eso pensaba yo hasta aquel día, aquel 23 de abril en el que todo cambió. Acostumbraba yo por aquel entonces a asistir a una de las tertulias de la capital Charra, la del café Cervantes, y fue allí, en aquel mágico lugar donde la vi. Rondaría los treinta y ocho, melena morocha y cintura de avispa, muy guapa y feliz paseaba por la calle. Un hombre la ve y empieza a pasear con ella. Paseamos durante unos años sin pararnos, hasta que llegamos al mar. El hombre miró a la mujer y le dio una rosa roja como señal de su amor. Pero ella la rechazó enfadada. No se puede desaparecer durante nueve meses y comportarse como si hubiera sido un día. De lluvia, monotonía, de lluvia tras los cristales. De oscuros ventanales. Las volutas de humo escapaban de su boca con desgana de fumador penitente. Se rascó la cabeza y pensó que era tarde para seguir esperando. Se dirigió al salón y abrió la ventana para dejar que la lluvia lo mojara, para quitarse de encima tanto sopor. Ahora sí, ahora podía irse. Hay que marchar mucho y por todos los senderos asequibles para encontrarse a sí mismo y también a la verdadera vida.  Así caminó y caminó. Recorrió todos los senderos que encontró pero sin encontrar lo que buscaba.  Se buscaba a sí mismo y pensó que podría encontrarse en las páginas de un libro de Emilio Salgari. No halló el libro por ninguna parte así que se marchó a buscarlo por las librerías especializadas de la C/Canuda, donde su amigo Javier seguramente lo ayudaría. Él, a pesar de lo que pasó, siempre está dispuesto a ayudar a los amigos.  De hecho, sabía muy bien que una sonrisa en los labios valía mucho más que la amargura sufrida. No soy pesimista pero me parece ver alrededor de mí más personas inquietas y con ningún deseo de sonreír. Es como si, poco a poco, hubiéramos – hubieran – perdido las ganas. Y con ella la vida ¿qué sería nuestro día a día sin esa mágica sensación que produce abrir los labios, mostrar un poquito los dientes e inundar, entonces, todo el ambiente que nos rodea? Bañarse en un río, respirar el aire terso de las mañanas de verano, acariciar un niño y mirar sus ojos limpios, grandes, inocentes, besar una flor blanca, soñar en las noches de luna. La vida es también coger pequeñas cosas. Un libro puede ayudarnos a coger hasta las cosas más grandes y enriquecer nuestra alma, pensó y siguió escribiendo. El libro nos transforma, cualquier libro, el que nos gusta, el que no, todos dejan en nosotros algo, como los amigos, como los enemigos, son mi eterna compañía, el apoyo, la ventana abierta, los ojos inmensos al mundo y a mi pequeño mundo. Es siempre egoísta pensar que hay ‘un’ mundo propio, pero a veces es cierto reconocer que ese pequeño fue creado por otros para otros y que ‘uno’ cada uno piensa, pasea, se crea una vida con la posibilidad de ser ‘otro’ en un mundo propio. Para comprobar su ‘alteridad’ se preparó un café como le gustaba a él: muy caliente. Sin embargo, no quiso sentarse. No quiso aceptar esa hospitalidad que le sonaba tan falsa y hueca. Se dirigió a la salida, mientras los demás seguían quemándose los labios.

El cielo se volvió maravilloso y el aire fresco. Entonces se sintió bien.

FIN

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