Tangos de Ida y Vuelta

(Un aire porteño sopla sobre la capital lombarda)

Me parece que fue ayer cuando por vez primera oí las notas de un tango, no recuerdo si era uno de los más célebres de Carlos Gardel, pero es que ha transcurrido ya tanto tiempo… Esto ocurría a finales de los años 20 del siglo pasado. Por aquel entonces me hallaba yo alojado en el vientre materno… Bueno, no se vaya a creer que empiezo a chochear, que la nostalgia de mi jóvenes años, que el -Viento de la Vida arrojó en el pozo del Tiempo-, me haga perder mis facultades mentales, o que las elevadas temperaturas de este verano me hayan secado los sesos y vuelto tarumba.

Hablo en serio, pues está probado científicamente que el feto inmerso en el seno materno percibe ya las voces y la música.

Pues bien, según me contó años más tarde mi madre, al pasaje de un organillo (como estoy escribiendo de algo de un pasado bastante remoto), es mi deber explicar que el organillo era un instrumento musical con forma de órgano o de piano pequeño, generalmente portátil, y con un mecanismo interior formado por un cilindro con púas, que al hacerse girar con una manivela, levanta una lámina metálica y las hace sonar.

Este arcaico instrumento se transportaba sobre un carro a mano empujado por el organillero, el cual solía pasar por las calles del Arrabal muy a menudo tocando melodías que estaban de moda entonces, especialmente el tango, fue así que empecé a dar pataditas contra las paredes de la mansión materna. Aquella música alegraba los corazones del Barrio. Las ventanas del proletariado se abrían dejando caer unas perras, y los chavales aprovechaban la ocasión para bailar y divertirse, mientras el conductor del organillo y la mujer que lo acompañaba cantaban y vendían unas hojas con la letra de los cuplés.

Quizás las palabras de aquel tango que alegraba mi permanencia en un lugar seguro, me refiero al albergue materno, serían:

Barrio plateado por la luna, rumores de milonga es toda su fortuna. Hay un fuelle que rezonga en la cortada mistonga, mientras que una pibita, linda como una flor, espera coqueta bajo la quieta luz de un farol…

Mucho camino ha recorrido el tango, muchas luchas ha debido sostener para poder afirmarse. Esta danza moderna nacida en los suburbios de Buenos Aires se propagó rápidamente en las salas de baile americanas y europeas, desencadenando la oposición de las autoridades religiosas, que desaprobaban los pronunciados estímulos eróticos; pero al final, los chupacirios debieron rendirse ante el éxito de un baile popular, que según su mentalidad consideraban indecente y obsceno. No fueron de menos las clases superiores, que al principio repudiaron el tango, como sucede siempre con todo aquello que nace de los humildes. Al final los fariseos tuvieron que claudicar y aceptar que compositores de fama universal, como Albéniz, Stravinsky, D. Milhaud, Ravel, etc. lo integraran en su repertorio.

Entre los instrumentos que forman el conjunto musical tanguista, hay uno que merece especial atención, es el bandoneón; la invención de este simpático instrumento nació en tierras germánicas, en la testa de un alemán, el cual, queriendo hacer un favor a su parroquia, que no podía permitirse un órgano para acompañar las funciones religiosas se trituró los sesos hasta que logró fabricar el dicho instrumento. Fue un marinero irlandés, a finales del siglo pasado el primero que lo tocó en uno de los numerosos lupanares del puerto, y la voz del tango se mezcló con las sirenas de las naves que entraban y zarpaban; rápidamente fue el instrumento preferido de los conjuntos que sonaban el tango.

A principios del 900 suena la milonga en los burdeles de Buenos Aires. El nacimiento y la evolución del tango se asemeja a la del jazz contemporáneo, nacido en un ambiente bastante parecido al de otra ciudad de mar, Nueva Orleans. El tango de principios del siglo, era aún muy parecido a la milonga, y fue llamado tango orillero  o porteño, es decir del puerto de Buenos Aires, era movimentado, agresivo y violento como el ambiente que lo engendró.

El tango, para ganar sus títulos de nobleza, tuvo que emigrar; razón tiene el refrán que dice —nadie es profeta en su tierra—. Fue en Londres, Madrid y en París, especialmente en los cafés de Monmartre donde obtuvo estrepitosos sucesos. Nadie pudo frenarlo, iniciando así su edad de oro y su difusión universal.

Parece ser que los orígenes del tango son africanos, y fue importado en Latinoamérica por los esclavos negros a mediados del 1800; la influencia española alteró el carácter original, acercándolo a la milonga y a la habanera. La etimología de su nombre y sus orígenes no son muy claros; algunos afirman que el nombre proviene por onomatopeya del candombe de la gente de color, una especie de rumorosa farandola acompañada del ritmo de los tambores (tan-gó). La milonga era derivada de la habanera; al inicio se difundió en forma cantada, sin la danza, pero alrededor del 1900 se fundió con el tango argentino, que era más lento que la milonga, adquiriendo caracteres líricos y melódicos más pronunciados. La habanera, según algunos musicólogos la llevaron a Cuba los criollos de las Antillas, de todas maneras la bailaban y la cantaban los “ñañi gos”, que era la gente de color de los barrios bajos de La Habana. Derivan de ella diversos tipos de tango: Tango gitano, andaluz, flamenco de Cádiz (llamado de ida y vuelta), pues lo llevaron a España los marineros que regresaban de Latinoamérica. La habanera más famosa es sin duda la inmortal La Paloma.

Creo sea mi deber pasar la palabra (es un modo de decir), a José Luis Borges, pues suena más argentino: “Que fija el nacimiento del tango porteño hacia 1880, en las pulperías suburbanas, en los prostíbulos de mala muerte, en los piringundines o casas de citas de los barrios marginales y orilleros”. Prosigue Ernesto Sábato: “Hacia fines de siglo Buenos Aires era una gigantesca multitud de hombres solos, un campamento de talleres improvisados y conventillos… y ese conglomerado… hace vida social en los boliches y prostíbulos”. Otros especialistas señalan un lugar: “El matadero de reses que se llamaba Corrales Viejos. Es aquí donde enriquece sus orígenes con el aporte de arrieros y payaderos llegados del campo. A medida que Buenos Aires multiplicaba sus habitantes  merced el aporte inmigratorio, se fue gestando un ritmo ágil y pegadizo que acentuaba con firmeza  cada compás  y era ideal para bailar.”

Deseo concluir con unas líneas, canturreando por bajines un  tango que aprendí siendo un mocoso, que me enseñó uno de los mil quinientos argentinos que atravesaron el charco para agregarse a las Brigadas Internacionales para ayudar a España en su lucha.

Esto ocurría en el año 1938. Una fría mañana vimos llegar a nuestra escuela un grupo de hombres, que durante días y días, bajo temperaturas casi siberianas estuvieron combatiendo en Teruel contra las tropas de un tirano-enano. Estos combatientes, en una pausa durante los combates decidieron apretarse el cinturón y ofrecer su ración diaria de chusco, el llamado pan de munición que se da a los soldados, a los niños de las escuelas. Aquello fue algo más que una golosina para nuestros flacos estómagos.

Entre estos voluntarios había hombres de varias nacionalidades, que habían abandonado su tierra para venir en nuestra ayuda. A estos brigadistas  Rafael Alberti dedicó esta poesía: “Venís desde muy lejos… mas esta lejanía ¿qué es para vuestra sangre que canta sin fronteras?”

Tal vez el tango del cual os hablaba hace un momento era el que uno de aquellos argentinos dedicó a nosotros y a nuestro barrio.

“Arrabal.  Barrio, barrio… Que tienes el alma inquieta de un gorrión sentimental. Penas…ruegos… Es todo el barrio malevo melodía de arrabal”.

-Gracias a los brigadistas que nos ofrecieron su chusco, y a los que regaron con su sangre la tierra española-. 

Creo oportuno terminar con unas frases del famoso escritor argentino Jorge Luís Borges, que decía: “Se puede discutir sobre el tango, y lo que hacemos, pero ese encierra en él, como todo lo que es auténtico, un secreto… Se diría que sin los crepúsculos y las noches de Buenos Aires no pueda nacer un tango…”

 

2013-04-23 10.41.26Antonio Íbero Layetano
(alias el Bicho raro)