Los misterios de Madrid de Antonio Muñoz Molina

Los misterios de Madrid de Antonio Muñoz Molina

Sinopsis

Quesada, dependiente y corresponsal en sus ratos libres, recibe una misteriosa llamada en la que un multimillonario le encargará la difícil misión de recuperar la imagen del Santo Cristo de la Greña. Lorencito deberá enfrentarse a un viaje por los bajos fondos de Madrid para recuperar la imagen y resolver, de paso, el misterio del robo.

Los misterios de Madrid

de

Antonio Muñoz Molina

Comentario

Esta novela es un thriller, una novela negra, pero el tema principal es el contexto. El robo de una imagen santa, una de las más emblemáticas de las procesiones de la Semana Santa en Mágina, una pequeña ciudad andaluza, es un argumento que me parece que sólo puede ocurrir en España. Además el protagonista principal de la intriga es Madrid, como bien lo indica el título.

Conocer muy bien Madrid, más que yo, ayudará seguramente a apreciar aún mejor esta fantástica mirada sobre la capital de la España del inicio de los años noventa y del paso de la transición a la democracia. Madrid es puesta en escena a través de los ojos de un señor de mediana edad, casado, que hace de corresponsal para una revista católica y que representa, en un cierto modo, la España de antes, la del franquismo. Así que tenemos dos fuentes de ironía.

En primer lugar, la realidades y las contradicciones de una ciudad que quiere  convertirse rápidamente en una moderna metrópoli, al nivel de otras grandes ciudades europeas; y ello no sólo desde un punto de vista arquitectónico o ambiental, sino también mostrando las costumbres, la composición de la población así como su modo de vestir y de comportarse. Por otra parte, la descripción que nos hace el protagonista de esta nueva Madrid, para él, inesperada y incomprensible, denota su propio esquematismo, su visión atrasada del mundo actual y su desesperada búsqueda de valores que considera insustituibles. 

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…“Cuando a las siete menos cuarto de la mañana Lorencito Quesada se encontró en el andén de la estación de Atocha pensó durante casi un minuto de pavor que se había equivocado de ciudad. Recordaba una gran bóveda con pilares y arcos de hierro, un inmenso reloj y una lápida de mármol con la lista de los Caídos por Dios y por España. Y ahora estaba en un lugar que parecía hecho únicamente de lejanías descorazonadoras y paredes y columnas de cemento en las que retumbaban los avisos de los altavoces y los pitidos de los trenes que iban a perderse en un túnel mucho más grande y todavía “más lóbrego que los túneles del Metro.” …

… “Al fondo del pasillo se veía una claridad que atribuyó a la puerta de salida: se encontró en lo que había sido el comedor de la pensión en los tiempos dorados del señor Rojo. En lugar de los nobles tapices con escenas pastoriles que recordaba y de los sillones forrados de terciopelo había una caótica especie de bazar en el que se mezclaban los elefantes de madera, las máscaras y los tambores de la artesanía africana con los últimos adelantos en radiocassettes, linternas intermitentes, alfombras musulmanas y cajas de herramientas. Dos negros vestidos con túnicas blancas guisaban algo sobre un infiernillo situado en un rincón del comedor. Un humo grasiento enrarecía el aire, en el que retumbaba un escándalo de tambores tribales, y las paredes, de las que colgaban desgarrones de papel pintado, estaban ennegrecidas de hollín. Uno de los africanos le ofreció a bajo precio, “barato, barato”, una caja de destornilladores con los mangos fluorescentes. “No comprar, paisa”, dijo Lorencito, al objeto de ser comprendido por el aborigen, aunque cada vez que rechazaba las menesterosas mercancías de un negro o de un marroquí se le partía el corazón.” …

… “Quesada se llevaba la mano al corazón para auscultarse la cartera: estaba en el centro de Madrid, en el kilómetro cero, en el corazón mismo de España, y sólo veía a su alrededor mendigos, tullidos, negros, marroquíes, indios de América del Sur que tocaban bombos y flautas, gente patibularia que trapicheaba en las esquinas, asesinos y salteadores en potencia. Al dependiente de un quiosco le preguntó por dónde se iba a la calle de Santa María de la Cabeza. El quiosquero lo miró primero con desconfianza, y luego con lástima y tal vez algo de burla, y le dijo que el camino más corto era subiendo por Carretas hasta Jacinto Benavente y luego torciendo a la izquierda por Atocha.

 No quería mirar, pero el desconsuelo y el cansancio debilitaban sus defensas morales, y los ojos se le iban hacia las portadas de las revistas. ¡Hombres con mujeres, hombres con hombres, mujeres con mujeres, incluso mujeres desnudas que acariciaban lúbricamente a cabras o a burros! Y si apartaba la vista de las fotografías del quiosco era peor, porque en la tarde calurosa de primavera había como una densidad de perfumes femeninos que dejaban al pasar las mujeres de carne y hueso, un sobresalto despiadado y continuo de anatomías opulentas, de escotes, de faldas apretadas a los glúteos, de labios rojos de carmín, tacones altos, sujetadores de encaje, corseletes ceñidos que dejaban al descubierto ombligos y cinturas, caras de todas las edades, desde “jovencitas ya señaladas por los estigmas del vicio que fumaban y mascaban chicle con la boca abierta hasta señoras de bandera que movían con majestad sus grandes culos cincuentones.”…

Pasajes de: Muñoz Molina Antonio. “Los misterios de Madrid.”.

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Pero el suspense y los acontecimientos imprevistos nos acompañan también en este paseo irónico por Madrid, y el nuevo mundo creado por su modernización hace más llevadero lo pesado que podría ser un relato sobre el tema. Los misterios de Madrid es una lectura agradable acompasada por pequeños capítulos como si fuese un folletín, lo que, de hecho, fue, porque el diario “El País” públicó la novela por entregas antes de su salida en librería publicada por Seix Barral en 1992. 

Lorencito Quesada, nuestro corresponsal, es también el investigador encargado de recuperar la imagen sacra. Muñoz Molina lo presenta con un ánimo burlesco mostrándolo extremadamente temeroso, conservador, religioso, lleno de escrúpulos y con añoranza de los tiempos de Franco, sin dejar de caricaturizarlo como la antítesis de lo que imaginamos que es un héroe. Y aunque permanece en Madrid solamente tres días, el autor se las ingenia para pasear al personaje por las más diversas zonas de la capital, trazando un mapa de la geografía humana y urbana del Madrid de los años noventa. 

La diversidad de los fragmentos plantea también las profundas desigualdades de la sociedad madrileña. Parece que Quesada pasa por diferentes mundos, en vez de estar en una sola ciudad. El autor ha trazado un plano de Madrid que expresa su crítica de la transición a la democracia, una crítica que culmina en una ciudad que se ha metamorfoseado para ser aceptada como plenamente europea.

Una lectura divertida pero también muy interesante a la luz de la crisis profunda de la sociedad española actual que probablemente echa sus raíces en la que nos describe Muñoz Molina en “Los misterios de Madrid.

Comentario de Antonio Muñoz Molina en sus paginas internet.

LOS MISTERIOS DE MADRID, 1992

Me hicieron una propuesta tentadora de El País y me lancé sin red: escribir un folletín día por día durante el mes de agosto. Iba por Madrid –sobre todo por los distritos de la Latina y centro, donde habíamos empezado a vivir Elvira y yo por entonces- y me imaginaba escenas de una historia insensata y paródica. Me gustó rescatar a un querido personaje de El Jinete Polaco y de un cuento anterior, Lorencito Quesada. Un crítico muy importante entonces se me quedó mirando cuando salió el libro y me señaló con el dedo: “Mañana me cargo tu novelita en mi periódico”. Y cumplió su promesa.