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Literatura  Española e Hispanoamericana del siglo XX clase del martes 8/04/2014

Profesora: Concha González

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Elvira Lindo, no quiere hablarnos, en este su más reciente trabajo, de esos “sitios emblemáticos” y archiconocidos de Nueva York. Paradójicamente la autora desnuda su alma mientras repasa sus rincones preferidos, cafés y restaurantes usuales, parques favoritos, aquellos lugares especiales y únicos, ausentes de las guías turísticas al uso, en los que se siente como en casa, donde ha disfrutado, durante los últimos años, de maravillosos momentos de soledad, de conversaciones amistosas, de degustación de sabores irrepetibles, etc.

Se equivocan quienes se acerquen al libro pretendiendo encontrar una relación de sitios a los que ir a comer o cenar en una escapada a Nueva York. “Lugares que no quiero compartir con nadie” es mucho más que eso: es un paseo aparentemente por la ciudad exterior para, con esa excusa, recorrer ese jardín interior de senderos que se bifurcan y que nos configura como seres frágiles necesitados de afecto, con nuestras neurosis y nuestras filias, persiguiendo  ese aroma agridulce que emana del transcurrir de los días y al que pretendemos encontrarle sentido cuando lo atrapamos.

Nos dirigimos a todos aquellos que no tienen la posibilidad – sean cuales sean las razones- de viajar a la ciudad de Nueva York, y para quienes consideran que si les hubieran dado a elegir, la hubieran escogido como lugar de nacimiento o trabajo (¡qué atrevida puede ser a veces la rendida admiración!).

Cálcense unas botas cómodas para caminar y recorramos Nueva York de la mano de Elvira Lindo. ¡Vamos, no se demoren, que parece que hará un día agradable para el paseo!

Perfil de Manhattan desde el puente de Williamsburg. : XAVI MENÓS

Perfil de Manhattan desde el puente de Williamsburg. / XAVI MENÓS

Una Nueva York para encontrarse
“Si hablo de diversidad, me refiero a la convivencia real de edades, clases y razas”

Autora : Elvira Lindo     EL PAÍS13 NOV 2011

Manhattan me hizo entender el mundo a través de los puntos cardinales, algo en lo que yo, con un desastroso sentido de la orientación, jamás había reparado. Ahora que vivo en el oeste puedo entender la manera tan singular en la que los barrios de esta ciudad dividen su personalidad según el sol incide sobre ellos. La gente del oeste (la mía, por así decirlo) suele observar con ironía a los habitantes del Upper East y encerrarlos en un estereotipo: blancos y ricos. Conservadores. Pijos. Por supuesto que hay gente que escapa a esta descripción, pero basta con caminar una tarde por Lexington, Madison o Park Avenue para confirmar que el estereotipo responde a una realidad tozuda y evidente.

Sea como sea, a mí el prejuicio no me afecta. Disfruto de una condición privilegiada: soy neoyorquina por la familiaridad que siento ya con la ciudad y soy extranjera porque no tengo raíces aquí. Fueron muchas tardes caminando sola por estas avenidas para no experimentar ahora una cercanía emocional cuando paseo por ellas, a pesar de que me aburren enormemente las tiendas de firma de Madison, esa especie de catedrales de la moda en las que se ha de entrar con reverencia y donde suele haber tan pocos clientes que resulta imposible pasar desapercibido si entras a echar un vistazo.

Pero Lexington, sobre todo el tramo por el que paseo ahora, a la altura de la calle 70, ofrece una autenticidad que solo los neoyorquinos nostálgicos y sensibles advierten. Si Madison huele al dinero de las ricachonas de paso, Lexington huele al dinero del burguesote de costumbres asentadas. Suelo comenzar mi paseo en Corrado Bakery, que está en la esquina noroeste de la calle 70.(…). En cuanto hace un poco de sol, unas mesitas con sillas de forjado antiguo abrazan la esquina, y a uno le parece de pronto que está en el centro de una ciudad de provincias.

Sí, eso es exactamente este entramado de calles que desembocan en Lexington: una ciudad de provincias con sus comercios sólidos y un poco anticuados. A las siete y media de la tarde todas las tiendas están cerradas. En Lexington no se acostumbra a relajar los horarios comerciales como ocurre en otras zonas más turísticas: este es un barrio de gente de orden, que cena pronto y es poco propensa a la vida nocturna.

Los escaparates de la avenida, a esta altura, tienen un aire de establecimientos antiguos, de esa época en que todavía el lujo podía distinguirse de una ciudad a otra. “Henry Miller, Opticians”, reza el letrero, y aunque la tienda está ya cerrada, en su interior se ve al óptico encorvado sobre la mesa donde manipula unas lentes. Puedo imaginar a sus padres, en los setenta, terminando un trabajo también a deshora y adoptando la misma postura de concentración, o incluso podemos ir más atrás en el tiempo, a los años veinte, cuando el óptico que le dio nombre a la tienda, Henry Miller, no podía sospechar que su nombre, nombre de óptico, acabaría por convertirse en una especie de marca de pensamientos obscenos. (…)

Boutiques para señoras ajenas a las últimas tendencias, pero adictas al buen tejido: blusones de pechera bordada con pedrería que bien podrían vestir el cuerpo de una Liz Taylor de los años setenta; ese tipo de mujer que quiere de pronto jugar al desenfado, incluso rozar el hippismo campestre, pero lo hace compatible con la pedicura, la manicura, el perfil cleopátrico en los párpados y unos cuantos joyones en los dedos.

The wall street journal

Para valorar esta Lexington pobremente iluminada por la que avanzo ahora de camino al restaurante en el que he quedado con Antonio, hay que estar algo de vuelta de esa otra ciudad en la que solo lo nuevo despierta expectación; también hay que tener tiempo para perderlo paseando por un entramado de calles que no ofrecen ningún elemento arquitectónico especial, salvo un encanto discreto. Pero yo creo escuchar el eco, en la fisonomía de su pequeño comercio, de un carácter muy marcado de vida de barrio que se resiste a extinguirse por completo.

Llego a Swifty’s, ese restaurante que un editorialista del Wall Street Journal me definió una noche, mientras cenábamos, como “la quintaesencia del Upper East”. No pude por menos que creerle, ya que él en sí mismo parecía ser también parte de esa indefinible quintaesencia. Me sientan en una pequeña mesa al lado de la ventana porque, como suele ocurrir siempre que vengo, el salón de dentro está copado por esos personajes que son la quintaesencia de Swifty’s y del Upper East. Bebo un vino blanco mientras espero y pienso que, aunque esta me a no sea el lugar reservado a los clientes estrella, es un rincón privilegiado desde el que observar el paseíllo que, en menos de una hora, comenzarán a ejecutar los comensales desde el salón interior hasta la puerta.

Llega Antonio y pedimos. La comida de Swifty’s no contiene demasiadas sorpresas. Pero todo es bueno, sólido, en la tradición de Nueva Inglaterra: el tradicional pastel de cangrejo, las vieiras, la hamburguesa, en raciones que parecen ser el resultado de un pacto entre la desmesura americana y la frugalidad europea. Recuerdo que en uno de esos reportajes tan habituales en el New York Times que tienen la fascinante característica de abordar prolijamente temas banales que no puedes abandonar a media lectura, recomendaban este restaurante en un reportaje sobre dónde podían los universitarios llevar a los padres que venían de fuera después del acto de graduación. Tras la cena como si fuéramos espectadores sentados en un palco ante el mismo teatro de la vida, vemos desde nuestra mesa de advenedizos cómo van saliendo los elegidos. Los hombres visten un poco a lo capitán de yate: botonadura dorada sobre un blazer azul marino y esos zapatos que parecen zapatillas rancias de andar por casa con un escudo bordado en el empeine y que los hombres ricos algo extravagantes consideran el colmo de la sofisticación.

Entre las señoras hay dos tipos: las que fueron operadas drásticamente en la época en que los cirujanos plásticos cortaban por lo sano, y esas otras que han conservado sus arrugas y parecen hermanas gemelas de la anciana Coco Chanel. Son ricas con pieles acordeónicas. Ante nuestros ojos desfilan chaneles, sí, chaneles que tienen ya varias décadas y que visten a ancianas amojamadas que tiemblan siempre un poco al andar, como si en el techo de esta pequeña pasarela, que va del salón de los habituales a nuestra mesa al lado de la puerta, estuviera un titiritero moviendo los hilos de estas mujeres con movimiento de marionetas que aún parecen más viejas cuanto más operadas están. De día, esas mismas mujeres u otras que se parecen a ellas como si hubieran sido esculpidas por el mismo fabricante, tienen por costumbre no quitarse las gafas de sol mientras comen. Sólo cuando miran la carta las levantan ligeramente y acercan al menú un monóculo tan vintage como ellas que llevan colgando del cuello. Pero el espécimen perfecto de anciana del Swifty’s no mira la carta porque ya se la sabe.

Hay una relación intensa entre los habitantes del Upper East y las gafas. Es en ese complemento donde sitúan una seña de identidad que los define como

burgueses excéntricos. Las mujeres lucen gafas enormes de concha. El tamaño de las gafas de sol aumenta en progresión geométrica según van cumpliendo años y en los últimos momentos de su vida llevan un modelo que prácticamente les cubre toda la cara. Los hombres swifty’s no se quedan atrás con sus gafas graduadas: no le tienen miedo al grosor ni al colorido de la montura y a veces las

lucen verdes, rojas, naranjas, gruesas y redondas. Tan llamativas que podrías pensar que están de broma si no fuera porque sabes que se toman sus gafas muy en serio.

Salen dejando un rastro de perfumes sólidos, que casi se puede ver, como en los dibujos animados. Ellos y ellas. Salen saludando al dueño, que también ejerce y viste de capitán de velero, y a clientes habituales de otras mesas que, por alguna razón que desconocemos, no fueron admitidos esta noche en el salón de los ilustres. Venimos aquí para comprobar que los personajes de las ilustraciones del New Yorker existen. No sé quién me dijo que en el guardarropa del Swifty’s hay más bastones y andadores que abrigos. Cierto, muchos bastones y pocos iPods. Ancianas enjutas que salen al frío de la noche andando con el tembleque de las marionetas y hombres que abren la puerta de la calle como si salieran a la cubierta de su barco.Están algo borrachos. Se habrán bebido un cóctel antes del vino o un cóctel detrás de otro. Como nosotros.

Señora mayor

A menudo los visitantes primerizos de la ciudad llegan a la conclusión precipitada de que aquí no hay viejos, y eso les viene al pelo para confirmar el título de Cormac McCarthy, convertido, más allá de lo que contenga la novela, en una máxima, en un dogma de fe. Todo el mundo busca confirmar sus convicciones. No es país para viejos, afirman con frecuencia, y lo hacen como si fueran los primeros en pronunciar la frase mientras tomamos un café con tarta de queso italiana en el Café Reggio, que se encuentra en el corazón del área de la Universidad de Nueva York. Cuántas afirmaciones no habré escuchado yo sentada en uno de estos viejos sillones de terciopelo y respaldos trabajosamente torneados. Cuántos de esos juicios implacables que se emiten tras observar la ciudad de manera superficial me han dejado preguntándome si la imagen de las ciudades o de los pueblos no depende de cuatro tópicos construidos y asumidos colectivamente por visitantes que llegan, pasan una semana y quieren marcharse a casa con un equipaje de opiniones rotundas.

El hecho de que tantas veces se haya repetido esta misma conversación en el Reggio, un café de 1920 que se jacta de haber iniciado a los neoyorquinos en el arte del capuchino, tiene su porqué: se encuentra a un paso de Washington Square, en el West Village, cerca del Soho, a un paso de Tribeca, en el centro del itinerario que suele patearse el visitante. Es aquí mismo donde descubre, entusiasmado, que Nueva York es también un entramado de callecillas con casas relativamente bajas, en el que todo parece estar hecho para enamorar al recién llegado: las pastelerías, las pequeñas boutiques caras pero con un encanto negligente y alguna librería, como Tree Lives, en la que parece que están a punto de entrar o acaban de irse Lou Reed o Patti Smith.

Recuerdo haber pasado infinidad de tardes aquí, en el Reggio, divagando con los visitantes sobre el alma de la ciudad (o incluso sobre la del inabarcable país), escuchándolos sobre todo a ellos, sintiéndome cada vez más incapaz de afirmar o negar, porque según ha ido pasando el tiempo me he dado cuenta de que conocerla es aceptar que la desconoces, que hay algo en su más íntimo mecanismo que te es ajeno, de la misma manera en que uno siempre es un extraño sentado a una mesa entre los miembros de una familia que no es la tuya, por muy sincero que sea el cariño o la cercanía. (…)

Mi barrio es en sí mismo un país para viejos. Y para gente madura. Y para jóvenes que no necesitan estar rodeados de otros jóvenes, sino que disfrutan de este ambiente residencial en el que nada es cool, pero (casi) todo es auténtico. Los viejos de Manhattan suelen estar en el norte de la isla; los jóvenes, en el sur. Podría reproducirse sobre el mapa manhatteño aquella estampa clásica de las edades de la vida que adornaba las casas de comienzos del siglo XX. Una escalera ascendente que comienza en sus primeros peldaños con el nacimiento del bebé y el crecimiento del niño, que muestra en el escalón más alto el esplendor de la edad madura, y que va llevando al ser humano hacia la decrepitud según desciende hasta llegar al último paso de la vida, la muerte. Cuántas veces no miraría yo ese cuadrito en la casa de mi abuelo Salvador; cuánto no me enseñaría esa imagen sobre el inapelable proceso de la existencia en los años en los que yo, como cualquier niño, habitaba en la infancia como si se tratara de un estado eterno.

No de manera tan poética y rotunda, pero sí como una tendencia que salta a la vista, los viejos se dejan ver más en el norte de la isla. En el noreste despliegan la extravagancia del dinero; en el noroeste, donde está mi casa, la dejadez indumentaria que está permitida en uno de los barrios más progresistas y claramente diversos de Manhattan. Cuando hablo de diversidad no me refiero desde luego a ese concepto engañoso que concibe la pluralidad como el abanico de distintas formas de ser moderno, ese multiculturalismo cool que se da en barrios transformados en escaparate de las últimas tendencias, sino a la convivencia real de distintas edades, de clases sociales y de razas.

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  • El libro de Elvira Lindo sobre Nueva York, “Lugares que no quiero compartir con nadie“, en edición de Seix Barral.