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Señor, cuando se hielan
los prados; cuando en las aldeas asoladas
se han callado los ángelus,
sobre el campo desnudo de sus flores
haz que caigan de los cielos
los deliciosos, los queridos cuervos.

Extraño ejército de severos gritos
los vientos fríos atacan vuestros nidos.
A orilla de los ríos amarillos,
por la senda de los viejos caminos,
y en el fondo del hoyo y de la fosa,
¡dispersaos!, ¡uníos!

A millares, por los campos de Francia,
donde duermen nuestros muertos de antaño,
dad vueltas y dad vueltas, en invierno,
para que el caminante, al ir, recuerde.
¡Sed pregoneros del deber, ¡Oh nuestros
negros pájaros fúnebres!

Santos del cielo, en la cima del roble,
mástil perdido en la noche encantada,
dejad la curruca de la primavera
para aquél que en el bosque encadena,
bajo la yerba que impide la huida,
la funesta derrota.

ARTHUR RIMBAUD (Charleville, 20 de octubre de 1854 – Marsella, 10 de noviembre de 1891).