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(Crónica de un viaje a Asturias y Galicia, mayo de 2018)

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LÉON, 19 de mayo

Busco a las cigüeñas y por fin las encuentro, justamente donde las recordaba.
Ya me ha alegrado la mañana el trisar de las golondrinas, sus danzas circulares y sus caídas a precipicio, y también volver a ver los gorriones, que hasta hace unos diez años eran los pájaros más comunes en el Norte de Italia, donde vivo yo, pero ahora casi han desaparecido.
Encima de una antigua columna romana, en la plaza de san Isidoro, todavía está el primer nido de cigüeñas que vi en España, el primero que vi en una ciudad, como “complemento” de un monumento histórico. Una de las dos aves, quizás la hembra, se quita de encima los parásitos, indiferente a los turistas que quieren sacarle una foto. La otra observa la plaza desde los tejados.
Una vuelta por el centro, las fotos de los monumentos imprescindibles, y ya tenemos que dejar León: ya sentimos un asomo de nostalgia mientras todavía estamos aquí.
Las imágenes de este primer día ya se han convertidos en recuerdos, pero los recuerdos pierden su inocencia, al convertirse en imágenes electrónicas:

Las descomunales vidrieras de la Catedral, que constituyen su principal hermosura en la aparente fragilidad; el mercado de flores y frutas rebosante de voces y colores; los pasos arrastrados de los peregrinos que recorren el Camino francés, llevando sus conchas de Santiago atadas a sus pesadas mochilas y arrastrando sus desgastados zapatos; incluso la fachada de la iglesia de san Isidoro, con su columna romana y su nido de cigüeñas… de todo esto ya solo nos quedan algunas fotografías.
Y estas pocas líneas.

Ponferrada, el mismo día.

84 kilómetros de carretera entre el verde primaveral de los cerros, por los que se asoman algunas cumbres que todavía llevan huellas de nieve, nos conducen a Ponferrada.
El calor inesperado del día nos golpea. El exterior del castillo de los Templarios es deslumbrante: por un lado, transmite una sensación de fuerza e invulnerabilidad, por el otro, recuerda el castillo encantado de un cuento de hadas. Del interior no queda mucho, pero se puede dar una vuelta por la muralla, subir a la torre y mirar la ciudad desde lo alto.
Hay unos cuantos turistas, pero mi marido y yo seguimos siendo los únicos extranjeros y, por supuesto, los únicos italianos. Y no es que eso nos moleste.
Después de tomar un helado de limón, recogemos el coche: el termómetro indica 26 grados (pero esta mañana eran 11). Me temo que me he equivocado en hacer la maleta…
Otros doscientos kilómetros de cerros, viaductos, tierra roja, bosques de pinos y vacas rumiando en los céspedes… y por fin se atisba al mar.

La Coruña, la misma tarde.

Desde la ventana de nuestra habitación en el quinto piso del hotel se ve el techo de un multicines con centro comercial, que cubre casi completamente la vista del mar. Más allá está el puerto industrial, pero no se puede decir que nos hayan dado un cuarto con vistas al mar.

Un paseo no demasiado largo nos lleva al puerto turístico, a la Plaza María Pita y finalmente a una pulpería donde podemos saborear, sentados sobre taburetes de madera a una mesa sin mantel, un delicioso pulpo con “cachelos”. Los cachelos -para los que eventualmente no conozcan el gallego – son simplemente patatas hervidas. O sea, que lo que en toda España se conoce como pulpo “a la Gallega” en Galicia se llama “con cachelos”, algo que el turista ingenuo aprende de su propia experiencia, después de algunos intentos infructuosos de comerse aquella exquisitez típica de la cocina gallega, pero que ¡no está en el menú de ningún restaurante!

Después de la cena, nos perdimos paseando sin rumbo por las concurridas callejuelas: es sábado y podemos permitirnos alargar la velada.
En el hotel, antes de dormir, mi marido lee on line un articulo de “La Repubblica”, un diario italiano. Habla de las golondrinas: dice que a Italia y a Europa cada año que pasa van a llegar menos. Es por lo de la desertificación, porque el viaje sobre el desierto se les hace cada vez más largo, y además porque los hombres derrumban los edificios antiguos, adecuados para su anidación, y construyen inmuebles modernos con características diferentes y por eso, cuando las aves llegan, no encuentran el nido que habían dejado el año anterior.
Pero yo espero que el periodista esté mal informado. O que las alas de las golondrinas se hagan más fuertes y capaces de enfrentarse a un viaje más largo, y que sigan existiendo murallas, castillos y casas abandonadas, para darles amparo. Para que no desaparezcan, ellas también.

CUENTAPASOS: 14.952 pasos, que corresponden a 8,97 kilómetros.
(La batería la hemos comprado esta mañana, en una tienda de pequeños electrodomésticos en León, así que desde ahora podré tenerles al tanto de todos y cada uno de nuestros pasos).


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Silvia Zanetto

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Opere dell’Autore:

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Sandrino e lo gnomo

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L’alpino sulla riva del mare

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Ma Francesco dov’è?