El microrrelato de los viernes: Un cuento breve hallado en Una presencia ideal

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ARLETTE GRENON
(Médica)

Mi hermano menor quería ser escritor, como usted. Pero murió muy joven, a los veintitrés años. Llegó a escribir varios poemas, dos o tres cuentos y el esbozo de una novela, eso fue todo. Mi padre era médico, igual que yo, igual que mi hermano mayor y que mi abuelo. Es una tradición familiar. Mi hermano menor decía que él era el Gustave Flaubert de la familia. Conoce la historia de la familia Flaubert, ¿verdad? Su padre y su hermano eran médicos.

         Mi padre, que aún vive, siempre dice que no sirve de nada ser médico si no has sido capaz de salvar la vida de tu propio hijo. Pero, en ocasiones, uno tiene que saber aceptar su impotencia. Y mi padre lo sabe perfectamente, se lo aseguro. Le he oído decir más de una vez que, si no podemos aceptar algo así, entonces más vale que no nos dediquemos a la medicina.

Mi hermano murió hace doce años. Pienso en él a menudo. El año pasado tuvimos en la unidad un paciente que era una copia casi perfecta de mi hermano a los veinte años. A todos nos impresionaba ver a un enfermo tan joven en fase terminal. Para mí era aún más impresionante, pues muchas veces tenía la sensación de estar hablando con mi hermano, de encontrarme frente a él. Hasta su voz y su forma de eran muy parecidas.

         Lo irónico del asunto es que mi hermano había tenido, poco antes de morir, la siguiente idea para una novela o bien para un relato: quería escribir la historia, de un médico mas que, siendo joven (de unos treinta años, pongamos) no consigue salvar la vida de un paciente de unos sesenta. El médico se pasa décadas con la mala conciencia de haber cometido un error, de no haber podido curar a aquel hombre, hasta que, cerca ya de cumplir los cincuenta, recibe la visita de un paciente que es físicamente idéntico al paciente que no pudo salvar y que, además, padece la misma enfermedad.

Desde luego, al ver al joven paciente pensé en la historia de mi hermano. No, no tenía la misma enfermedad que él. Eso habría sido el colmo, ¿no le parece?Mi hermano no llegó nunca a escribir aquella historia, pero yo creo que podría dar para un bonito cuento. Debería, usted escribirla, si permite que me meta en sus asuntos… Sí, debería al menos intentarlo. Me haría tan feliz. A toda mi familia, en realidad. Lo único que le pido es que, si algún llega a hacerlo, le ponga a uno de los personajes el nombre y el apellido de mi pobre hermano. Se llamaba Charles Aurélien Grenon. No lo olvide.

EDUARDO BERTI (Buenos aires, 1964). El texto pertenece al libro “Una presencia ideal”, Alianza editorial

Traductor: Pablo Martín Sánchez