La colmena (1951) 

La colmena, novela de Camilo José Cela, publicada en 1951, es una historia coral —al estilo del Manhattan Transfer, de John Dos Passos—, ambientada en las calles, casas de vecinos y cafés del Madrid de 1943. Es, de hecho, una crónica existencial; testimonio de inciertos destinos y encrucijada de humanos devenires. Radiografía social de la inmediata…

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Un siglo de boom hispanoamericano  

El 26 de octubre de 2023 pasará a la historia como el día en que se cierra oficialmente la narrativa del boom de la literatura hispanoamericana. En efecto, ese día se publicó, de manera simultánea en todos los países de lengua española, la última novela de Mario Vargas Llosa, Le dedico mi silencio. Y es la…

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Se vende un tranvía    

Se vende un tranvía (1959) es un mediometraje, de Juan Estelrich March (bajo la supervisión y asesoramiento de Berlanga), en el que se cuenta la historia de un pícaro a quien se le ocurre timar a un inocente agricultor que tiene unos dineros. Ciertamente, Julián (que así se llama el timador) no lo llevará a cabo…

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Leyendo a Aristóteles: Formas de gobierno      

Vivimos en el reino de la desvirtuación. Todo se supedita a intereses particulares. Todo se maquilla tras eufemismos y extraños neologismos, en aras de espurios intereses personales. Todo se degrada y degenera. La virtud no está de moda; la sociedad se resiente. …

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Leyendo a Aristóteles: la felicidad        

En su Ética a Eudemo, Aristóteles afirma que hay tres cosas que contribuyen a la felicidad: la virtud, la prudencia y el placer. Y a las tres califica de bienes. En correlación, según el filósofo de Estagira, hay tres tipos de vida, por ende: la vida política, la vida filosófica y la vida del placer. Así, la filosofía tendría que ver con la prudencia y la vida contemplativa (en busca de la verdad); la vida de la política se ocuparía del ejercicio de la virtud y la acciones nobles en pro del interés general (la degeneración de la misma es más que notable); y la vida del placer, del goce y los deleites corporales (según parece, ha venido a ser la dominante). La felicidad, por tanto, tendría que ver con una de estas tres vidas. Sin embargo, el exceso y desfiguración de las mismas es notorio. La búsqueda de la trascendencia en relación con la vida contemplativa sería, pues, el camino o vía que, presumiblemente, podría realizar este anhelo humano, finalidad a la que tiende toda naturaleza racional. En esto consistiría su culminación. Y ello nos llevaría a la causa de las causas (a lo inmanente, o lo trascendente, más bien) —de la que depende todo—, a lo que Spinoza llamó, con cierta peculiaridad (siguiendo una larga tradición, no obstante), Natura naturans o Naturaleza naturante (sustancia absoluta, infinita y eterna en sí y por sí), de la que derivaría, en buena lógica, la naturaleza naturada, extensión y atributo de la anterior. De esto se hablará, tal vez, en futuras digresiones.  

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   Sobre la ficción    

La mejor obra de ficción literaria de la historia —probablemente— nos advierte sobre el peligro de las ficciones. Lo que pudiera parecer paradójico no lo es tanto si tenemos en consideración el leitmotiv de Cervantes al escribir el Quijote. El final del mismo es toda una declaración de principios y un serio aviso para osados lectores. La ficción puede ser, y de hecho lo es, muy estimulante, pero, fácilmente, puede llevar a perder el contacto con la realidad, en aras de un ensueño o delirio —sucedáneo o paraíso artificial alternativo— que, finalmente, acaba. Es una suerte de opiáceo, casi siempre placentero. Sin embargo, por muy agradable que sea, no deja de ser una fantasmagoría; una realidad virtual paralela. Agradable compañera de viajes que, no obstante, al fin, nos abandonará. Y la pregunta, lo trascendente, es: ¿y qué hallaremos tras despertar de ese acolchado sueño?…

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Ortega y la dialéctica histórica   

Las nuevas tecnologías, el relativo dominio de lo audiovisual, la desgana y falta de hábito lector, pueden, en cierto modo, esclarecer, hasta un grado razonable, los posibles porqués de los pésimos índices de lectura y el subsiguiente desconocimiento de saberes básicos y necesarios que acompaña a los mismos, amén de la fallida comprensión lectora. 

Aún así, el cine no ha quedado ni mucho menos indemne. El interés por el mismo de las nuevas generaciones es apenas un débil destello de ocasión, si lo comparamos con el mostrado, casi entusiasta, por las precedentes. Lo cierto es que el paradigma (como ya venimos diciendo respecto a la poesía) ha cambiado radicalmente. 

En definitiva, artes y oficios que hasta hace poco gozaban de muy buena salud, hoy languidecen, camino de una muerte más que posible. Su aparente transformación no implica, en principio, otra cosa, sino su propia defunción. 

Los libros, de hecho, van siendo cosa de museo (en eso se van convirtiendo esos idílicos reductos que llamamos bibliotecas; no tan idílicos ya). O a lo menos, los de la mayoría de los autores clásicos. Y el cine, arrasado por las plataformas, no es ni la sombra de lo que fue. Desierto o páramo, salvo contadas ocasiones. 

¿Marca el fin de algo mayor, indicio de decrepitud y declive definitivo, o tan sólo de ciertas formas de concebir el arte? 

El tiempo, a buen seguro, dará cumplida e ineludible respuesta.

David Baró

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¿Fin de partida?    

Las nuevas tecnologías, el relativo dominio de lo audiovisual, la desgana y falta de hábito lector, pueden, en cierto modo, esclarecer, hasta un grado razonable, los posibles porqués de los pésimos índices de lectura y el subsiguiente desconocimiento de saberes básicos y necesarios que acompaña a los mismos, amén de la fallida comprensión lectora. 

Aún así, el cine no ha quedado ni mucho menos indemne. El interés por el mismo de las nuevas generaciones es apenas un débil destello de ocasión, si lo comparamos con el mostrado, casi entusiasta, por las precedentes. Lo cierto es que el paradigma (como ya venimos diciendo respecto a la poesía) ha cambiado radicalmente. 

En definitiva, artes y oficios que hasta hace poco gozaban de muy buena salud, hoy languidecen, camino de una muerte más que posible. Su aparente transformación no implica, en principio, otra cosa, sino su propia defunción. 

Los libros, de hecho, van siendo cosa de museo (en eso se van convirtiendo esos idílicos reductos que llamamos bibliotecas; no tan idílicos ya). O a lo menos, los de la mayoría de los autores clásicos. Y el cine, arrasado por las plataformas, no es ni la sombra de lo que fue. Desierto o páramo, salvo contadas ocasiones. 

¿Marca el fin de algo mayor, indicio de decrepitud y declive definitivo, o tan sólo de ciertas formas de concebir el arte? 

El tiempo, a buen seguro, dará cumplida e ineludible respuesta.

David Baró

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Julio Llamazares     

Julio Llamazares, nacido en Vegamián, León, es un autor que de poeta  deviene en claro prosista, no exento su estilo, sin embargo, de un cierto barniz poético, como resina o herrumbre sedicente de la esquinada aspiración de antaño. 

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Lo bello y lo siniestro        

En Lo bello y lo siniestro, Eugenio Trías contrapone dos categorías estéticas. Para llevar a cabo su estudio, se vale de obras de arte (pictóricas y cinematográficas), llegando a significativas conclusiones. Categorías estéticas que, en el presente ensayo, se ejemplifican con dos pinturas de Botticelli y el film Vértigo, de Alfred Hitchcock. Y es que Trías habla de la belleza de la poesía y de la filosofía, y entiende la novela como protocine, de tal modo que el teatro sería, a su vez, protonovela.

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