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Literatura  Española e Hispanoamericana del siglo XX clase del martes 29/04/2014

Profesora: Concha González

SEFARAD, Antonio Muñoz Molina (Alfaguara)

leo cuando puedoOriginalmente publicado en LEO CUANTO PUEDO:

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Tengo que confesar que nunca había leído nada de este autor, premio Príncipe de Asturias de las Letras 2013 y como nunca es tarde me he sumergido estos días en Sefarad.  Es sumamente complejo definirla desde un punto de vista formal; ¿qué es?: ¿una novela?; ¿unos ensayos?; ¿cuentos?; ¿monólogos?, sería una suma de estos estilos; yo diría que es un mosaico de vidas, de impresiones, de lecturas y de vivencias. Los personajes viven desarraigados por circunstancias históricas: el emigrante andaluz en Madrid, el judío perseguido por los nazis, el descendiente de judíos serfarditas en Tánger, una niña de la guerra criada en Rusia… por no citar más que algunas de ellas. Todas las voces hablan de nostalgia, de paraísos perdidos, se funden las épocas y los lugares pero el lector nunca se pierde porque la maestría en la escritura es indiscutible. Libro para saborear, para disfrutar despacio, para los amantes de la buena literatura. Lo que más destacaría del estilo es la habilidad de expresar emociones banales que todos hemos vivido:

¨Para un niño todos los adultos son más o menos viejos, así que cuando se hace mayor y vuelve a verlos al cabo de los años le parece que no han cambiado nada, que siguen en la misma edad estática que él les atribuyó cuando les veía en su infancia, cuando imaginaba que las personas han de permanecer siempre idénticas y siempre han sido así, él siempre niño y sus padres siempre jóvenes, sin rastro de desgaste ni amenaza de morir (p.14).  …(+)   Ver original

(EXTRACTOS)

Sefarad.
Una novela de novelas.(2001)

Sefarad1 Sacristán
Copenhague
Quien espera
Tan callado
Valdemún
Oh tú que lo sabías
Münzenberg
Olimpia
Berhoghf
Cerbère
Doquiera que el hombre va
Sherezade
América
Eres
Narva
Dime tu nombre
Sefarad

 

 

Copenhague

[…]Los trenes de ahora, que no nos obligan a sentarnos frente a desconocidos, no favorecen los relatos de viajes. Fantasmas callados, con los auriculares tapándoles los oídos, con los ojos fijos en el vídeo de una película americana. Se escuchaban más historias en los antiguos departamentos de segunda, que tenían algo como de salas de espera obligatorias o comedores de familia pobre. Durante mi primer viaje a Madrid, mientras me adormilaba contra el duro respaldo de plástico azul, yo oía a mi abuelo Manuel y a otro pasajero contarse en la oscuridad viajes en tren durante los inviernos de la guerra. Nos trajeron a todos los del batallón de la Guardia de Asalto en el que yoservía y nos hicieron subir a un tren en esta misma estación, y aunque no nos dijeron adonde iban a llevarnos se corrió el rumor de que nuestro destino era el frente del Ebro. A mí me temblaban las piernas de pensarlo, a oscuras, dentro del vagón cerrado, toda la noche. Por la mañana nos hicieron bajarnos y sin dar explicaciones nos devolvieron a los puestos de siempre. Habían mandado a otro batallón en nuestro lugar, y de ochocientos hombres que iban no volvieron ni treinta. Si aquel tren llega a salir, seguro que ahora no estaba yo contándolo, dijo miabuelo, y yo pensé de pronto, medio en sueños, que si aquelviaje al frente del Ebro no hubiera sido cancelado, probablemente mi abuelo habría muerto y yo no habría llegado a existir.

Todo era tan raro esa noche, la del primer viaje, raro y mágico, como si al subir al tren -incluso antes, al llegar a la estación- yo hubiera abandonado el espacio cotidiano de la realidad y hubiera ingresado en otro reino muy semejante al de las películas o al de los libros, el reino insomne de los viajeros: yo, que sin moverme casi nunca de mi ciudad me había alimentado de tantas historias de viajes a lugares muy lejanos, incluyendo la Luna, el centro de la Tierra, el fondo del mar, las islas del Caribe y las del Pacífico, el Polo Norte, la Rusia inmensa que recorría en el transiberiano un reportero de Julio Verne que se llamaba Claude Bombarnac.

Acabo de acordarme que era una noche de junio. Estaba sentado en un banco del andén, entre mi abuelo y mi abuela, y un tren que todavía no era el nuestro llegó a la estación y se detuvo con un lento chirrido de frenos. Tenía en la oscuridad una envergadura de gran animal mitológico, y el faro redondo de la locomotora me había recordado al acercarse el submarino del capitán Nemo. A la barandilla del último vagón estaba acodada una mujer que me sobrecogió instantáneamente de deseo, el deseo ignorante, asustado y fervoroso de los catorce años. La deseaba tanto que el agobio en el pecho me dificultaba la respiración y me temblaban las piernas. Aún me parece que la estoy viendo, aunque ya no sé si lo que recuerdo es un recuerdo: rubia, alta, despeinada, extranjera, con una camisa negra muy abierta, con una falda negra, descalza, con las uñas de los pies pintadas de rojo, con la cara tan bronceada que resaltaba el brillo de su pelo rubio y sus ojos muy claros. Adelantaba la rodilla y un muslo surgía de la abertura de la falda. El tren se puso en marcha y yo la vi alejarse acodada en la barandilla y mirando las caras fugaces que la miraban a ella desde el andén de esa estación remota, en la medianoche de un país extranjero.

En jirones intranquilos de sueños veía de nuevo a esa mujer al quedarme dormido mientras mi abuelo y el otro hombre hablaban en el vagón a oscuras. Entreabría los ojos y veía la lumbre de los cigarrillos, y cuando mi abuelo o su interlocutor daban una chupada se veían por un instante sus caras campesinas con un brillo rojizo. El humo tan agrio de aquellos tabacos negros que fumaban los hombres entonces. Era, viendo esas caras y escuchando esas palabras desleídas en el sueño, como si yo no viajara en el tren donde ahora íbamos, sino en cualquiera de los trenes de los que ellos hablaban, trenes de soldados vencidos o de deportados que viajaban eternamente sin llegar a su destino y se quedaban parados durante noches enteras en andenes sin luces.

Decía Primo Levi, poco antes de morir, que seguían dándole terror los vagones de carga sellados que veía a veces en las vías muertas de las estaciones. Yo serví en Rusia, dijo el hombre, en la División Azul. Subimos a un tren en la estación del Norte y tardamos diez días en llegar a un sitio que se llamaba Riga. Y yo pensé o dije medio en sueños, Riga es la capital de Letonia, porque lo había estudiado en los atlas geográficos que me gustaban tanto, y porque en Riga sucedía una novela de Julio Verne, y las novelas de Julio Verne me colmaban la imaginación y la vida. […]

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Oh tú que lo sabías

[…]El señor Isaac Salama sube a un tren con destino a Casablanca, adonde tiene que viajar por motivos de negocios. Cabe imaginar que tiene cuarenta, cuarenta y tantos años, que desde hace un cierto tiempo, desde la jubilación de su padre, se viene encargando de dirigir las Galerías Duna, que han caído ya en un cierto declive, como esas tiendas grandes de las capitales españolas de provincia que fueron muy modernas a finales de los cincuenta, en los primeros sesenta, y que después se quedaron como detenidas en el tiempo, inmóviles con una modernidad envejecida, poco a poco arqueológica. Cuando va a viajar en tren, el señor Isaac Salama tiene la costumbre de llegar muy pronto a la estación, ya que así puede ocupar su asiento antes que cualquier otro viajero, y evitar que lo vean moverse con torpeza y agobio sobre sus dos muletas. Las esconde bajo el asiento, o las deja bien simuladas sobre la redecilla de los equipajes, a ser posible detrás de su propia maleta, aunque también calculando los movimientos necesarios para recuperarlas sin dificultad, y dejando al alcance de las manos las cosas que necesitará durante el viaje. También procura llevar una gabardina ligera, para echársela por encima de las piernas. Es la época en que los trenes tienen todavía departamentos pequeños con los asientos enfrentados. Si alguien ocupa un asiento próximo al suyo, el señor Isaac Salama puede pasarse el viaje entero sin moverse, o esperando que el otro se baje antes que él, y sólo en caso extremo se levantará y recogerá las muletas para ir al lavabo, arriesgándose a que le vean por el pasillo, a que se aparten mirándolo con lástima o burla o incluso le ofrezcan ayuda, le sostengan una puerta o le tiendan una mano.

Es casi la hora de salida del tren y para la satisfacción del señor Salama nadie ha entrado en su departamento. Viajando en primera clase eso le ocurre con cierta frecuencia, justo cuando el tren ha empezado a moverse irrumpe una mujer, tal vez agitada por la prisa que ha debido darse para llegar en el último minuto. Se sienta frente al señor Salama, que encoge sus piernas tullidas bajo la gabardina. Él no se ha casado, apenas se ha atrevido a mirar a una mujerdesde que se quedó inválido, tan avergonzado de su diferencia ultrajante como cuando de niño le obligaron a ponerse en la solapa del abrigo una estrella amarilla.

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La mujer es joven, muy guapa, muy conversadora, cultivada, seguramente española. A pesar de la reticencia del señor Salama, al poco rato de empezar el viaje ya hablan como si se conocieran de siempre, sobre todo ella, que tiene el don de explicarse con claridad y fluidez, pero también el de prestar una atención golosa a lo que le cuentan, de pedir enseguida detalles sin ser entrometida. Sin darse cuenta se inclinan el uno hacia el otro, las manos puede que se rocen en algunos ademanes, las rodillas, desnudas las de la mujer, sin medias, las del señor Salama encogidas y ocultas bajo la tela de la gabardina. Conversan de perfil contra el paisaje que huye por la ventana hacia la que no se vuelve ninguno de los dos. El señor Salama siente un deseo sexual muy fuerte, pero también muy claro y estremecido de ternura, una promesa física de felicidad que le parece ver reflejada y correspondida en los ojos de la mujer.

A los dos les gustaría que durara siempre el viaje: el gozo de ir en tren, de acabar de conocerse y tener por delante tantas horas de conversación, de mutuas afinidades recién descubiertas, no compartidas hasta entonces con nadie. El señor Isaac Salama, a quien el accidente lo dejó paralizado para siempre en la timidez tortuosa de la adolescencia, encuentra ahora en sí mismo una ligereza de palabra que desconocía, un principio de seducción, una audacia que le devuelve después de tantos años parte del impulso de jovialidad de sus primeros tiempos en Madrid.

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Ella le dice que va a Casablanca, donde vive con su familia. El señor Salama está a punto de decirle que él también va a esa ciudad, así que bajarán juntos del tren y podrán seguir viéndose los próximos días. Pero entonces se acuerda de lo que había dejado de tener presente durante las últimas horas o minutos, de su obsesión y su vergüenza, y no dice nada, o miente, dice que es una lástima que él tiene que seguir viaje hasta Rabat. Si se bajara en Casablanca tendría que recobrar las muletas; que ella no ha podido ver, del mismo modo que no ha visto sus piernas, aunque las haya rozado porque las cubre la gabardina.

Siguen conversando, pero empieza a haber trances de silencio, y los dos se dan cuenta, aunque ella intenta animosamente cubrirlos con palabras detrás de las cuales ya hay una zona de sombra, de extrañeza o recelo. Tal vez imagina que ha cometido algún error, que ha dicho algo que no debía. Mientras tanto el señor Isaac Salama mira por la ventanilla cada vez que el tren llega a una estación y calcula cuántas faltan todavía para Casablanca, para la despedida que le parece tan irrevocable como si ya hubiera sucedido. Se injuria con rabia secreta a sí mismo, se desafía, se pone plazos, límites, se concede treguas de minutos, mientras la mujer le habla aún y le sonríe, mientras lo roza con sus manos desenvueltas, las rodillas tan cerca que chocan cuando el tren frena, y entonces el señor Salama aprieta con disimulo la gabardina sobre los muslos, no vaya a deslizarse hacia el suelo. Le dirá que él también va a Casablanca, se erguirá en el asiento cuando el tren se haya detenido y alcanzará sus dos muletas, no le permitirá que intente ayudarle a llevar su equipaje, porque en tantos años ya ha adquirido una agilidad y una fuerza en los brazos y en el torso que al principio no pudo imaginar que lograría, y cuando le faltan manos es capaz de sujetar algo con los dientes, o de mantener el equilibrio apoyándose contra una pared.

Pero en el fondo sabe, y no ha dejado de saberlo ni un solo instante, que no se atreverá. Según el tren se va acercando a Casablanca la mujer le apunta su dirección y su teléfono, y le pide los suyos, que el señor Salama falsifica con desordenada caligrafía en un papel. El tren se ha detenido, y la mujer, de pie delante de él, se queda un poco confundida, extrañada de que él ni siquiera se levante para despedirse de ella, de que no le ayude a bajar su equipaje. No es probable que haya visto las muletas, bien disimuladas detrás de la bolsa del señor Salama, aunque también resulta tentador imaginar que si ha reparado en ellas, con perspicacia de mujer, y que ya había notado algo raro en las piernas demasiado juntas, tapadas por la gabardina. No se decide a inclinarse sobre el señor Salama para darle un beso, y le tiende la mano, le sonríe, encogiéndose de hombros, en un gesto de fatalidad o capitulación, le dice que la llame si se decide a parar en Casablanca en el viaje de vuelta, que ella lo llamará la próxima vez que vaya a Tánger. En el último instante el señor Salama tiene una tentación de incorporarse, o de no soltar la mano de ella y dejar que le alce con su apretón vigoroso. Tan fuerte es el impulso de no permitir que la mujer se vaya que casi le parece que vuelve a tener fuerzas en las piernas y que puede ponerse de pie sin la ayuda de nadie. Pero se queda quieto, y después de un instante de duda la mujer suelta su mano, toma la maleta, se vuelve por última vez hacia él y sale al pasillo, y él ya no llega a verla en el andén. Se echa hacia atrás en el asiento cuando el tren se pone en marcha, camino de una ciudad en la que no tiene nada que hacer, en la que deberá buscar un hotel para pasar la noche, un hotel cercano a la estación, porque deberá tomar a primera hora de la mañana un tren de vuelta a Casablanca. O tú a quien yo hubiera amado, recitó el señor Salama aquella tarde en su despacho del Ateneo Español, con la misma grave pesadumbre con que habría dicho los versículos del kaddish en memoria de su padre, mientras llegaba por la ventana abierta el sonido de la sirena de un barco y la salmodia de un muecín, oh tú que lo sabías.

Olympia  

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[…]Viéndome a mí mismo tan rebelde, lo cierto es que he tenido a lo largo de mi vida muy pocos arrebatos de verdadera rebeldía, de ruptura y coraje, y muchos de ellos han sido tan torpes, tan insensatos en su temeridad, que sólo me han dejado un recuerdo de vejación y fracaso. Lo abandoné todo una vez a los veintidós años, mi novia y mi vida respetable y la consideración de mis padres y de los padres de ella, que ya me habían aceptado como hijo ejemplar. Me enamoré de esa mujer y cuando ella se marchó a Madrid no pude resistir su ausencia ni regresar a la normalidad de mi noviazgo. Lo dejé todo, novia y exámenes, a final de curso, subí una noche al expreso y a primera hora de la mañana me presenté en el supermercado que pertenecía a la familia de mi amada, porque ni siquiera sabía su dirección en Madrid. Por el modo en que me miró me di cuenta, a pesar de mi trastorno, de que lo sucedido entre nosotros ya había terminado para ella, o simplemente no había tenido mucha importancia, no había llegado a existir plenamente. Volví en el expreso esa misma noche, con una desagradable sensación de escarmiento y ridículo. Me reconcilié con mi novia, y en el momento en que se abrazó a mí llorando y diciendo me que siempre había estado segura de que yo iba a volver con ella pensé con un atisbo de sórdida lucidez que estaba equivocándome, pero no hice nada, no volví a hacer nada en muchos años, dejarme llevar, cumplir con cada cosa que se esperaba o se exigía de mí.

Durante mucho tiempo, mientras trabajaba en aquella oficina, en la ciudad de provincias donde me había asentado, me acordaba de una frase de William Blake que había leído no recordaba dónde, y que sin duda ahora cito de manera inexacta: «Quien desea y no actúa engendra la peste», era una suma de deseos sin actos, de imaginaciones tan irreales como las que solían hacerme compañía en las soledades mansas de la infancia. Siempre queriendo irme, culo de mal asiento que no acaba nunca de encontrarse a gusto, y de pronto me encontraba instalado, paralizado, sedentario, a los veintisiete años, pagando letras de un piso, viviendo un tiempo sedimentado de trienios, de casa a la oficina, de la oficina a casa, imaginando viajes, soñando despierto sin ver apenas la realidad, escapándome a los libros, borrosamente rodeado por familiares y compañeros de trabajo, compartiendo con mi amigo Juan cada mañana, de nueve y media a diez, en la media hora del desayuno, la mansedumbre exterior y la rebeldía secreta, la fidelidad conyugal y los desvaríos sexuales y novelescos sobre las mujeres desconocidas que se nos cruzaban en la calle, las dependientas de las tiendas de ropa, las modelos de las revistas en color o las heroínas satinadas y ya del todo impalpables del cine en blanco y negro.

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Eso soñábamos en vano mi amigo y yo, mujeres y viajes, lugares en los que no era probable que estuviéramos nunca y mujeres que no se acostarían con nosotros y que ni siquiera llegaban a mirarnos o a reparar en nosotros cuando se nos cruzaban por las calles próximas a mi oficina, los callejones de los comercios del centro, los cafés en los que entrábamos a desayunar, cada mañana a la misma hora, las nueve y media, las diez menos veinticinco, el periódico bajo el brazo comprado todas las mañanas en el mismo kiosco, el café con leche y la media tostada y el vaso de agua de seltz que el camarero nos servía sin que se lo pidiéramos, nosotros también convertidos en presencias y hábitos de la rutina matinal de otras personas, figuras repetidas circularmente como los muñecos mecánicos que desfilan al dar la hora en los relojes de las plazas alemanas.

Pasábamos todas las mañanas junto al escaparate de una agencia de viajes en el que había un gran cartel de Nueva York. Nos gustaba esa agencia por sus carteles de lugares lejanos y porque en ella trabajaba una mujer muy guapa, a la que nunca vimos por la calle ni en ningún otro lugar que no fuera su mesa de trabajo. Era rubia, delgada, con un perfil extraordinario, que nosotros veíamos cada mañana desde el escaparate: hablaba por teléfono o escribía a máquina, la espalda recta, casi siempre con un jersey de cuello vuelto que le llegaba a la altura de la barbilla, un perfil a la vez muy vertical y un poco inclinado hacia delante, como el de esa talla en madera de Nefertiti, que yo vi muchos años después, cuando ya si viajaba, en el museo egipcio de Berlín. Tenía la cara delgada, la boca grande, los ojos grandes y rasgados, la nariz con ese punto de exceso que tienen ciertas admirables narices italianas. Hablaba por teléfono haciendo gestos con la mano esbelta que sostenía un lápiz, inclinando la cara para sostener el auricular mientras pasaba las páginas de una agenda o de un catálogo, y nosotros la veíamos con nuestra avidez furtiva, quedándonos apenas un minuto cada mañana junto al escaparate, por miedo a que nuestra presencia le llamara la atención.

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La veíamos doblemente, porque frente a ella, en el despacho de la agencia, había un gran espejo de pared. Cada mañana nos gustaba observar alguna innovación en su belleza, si llevaba el pelo suelto o se lo había recogido en una cola de caballo que resaltaba la pureza de su perfil, o en un moño que revelaba la línea espléndida de su cuello y su nuca. Pertenecía, detrás del cristal del escaparate, frente al espejo en el que se multiplicaban las plantas que adornaban su mesa y los carteles de ciudades extranjeras y paisajes de playas o desiertos, a la vez a la vida cotidiana de la ciudad y al exotismo de los lugares a los que la vinculaba su trabajo, y una parte del hechizo que tenían para nosotros los nombres de otros países y ciudades y la gran foto en color de Nueva York que había en el escaparate relumbraba también en ella, que tal vez no era menos sedentaria que nosotros, pero que al hablar por teléfono y concertar horarios y reservas de hoteles anotando cosas en su agenda nos parecía dotada de un dinamismo exótico que era el reverso de nuestra lentitud de funcionarios, y que sin moverse de su mesa de la agencia había adquirido la tonalidad dorada de las playas del Índico y la desenvoltura de las mujeres más hermosas de la Vía Veneto, de Portobello Road, de la calle Corrientes, de la Quinta Avenida. Fantaseábamos sobre la posibilidad de entrar una mañana en la agencia y pedirle con toda naturalidad un folleto, alguna información sobre hoteles o reservas de vuelos. Pero no entramos nunca, desde luego, y nunca la vimos a ella entrar o salir de su oficina o nos la cruzamos por las calles que frecuentábamos todos los días. Estaba en el interior de la agencia de viajes, detrás del escaparate y en el cristal del espejo, igual que Ingrid Bergman o Marilyn Monroe o Rita Hayworth estaban en el blanco y negro de las películas, tan inalterable y ajena como ellas, y nosotros la mirábamos unos instantes cada mañana y luego continuábamos nuestro breve paseo de media hora, el kiosco de periódicos, el café con leche y la media tostada en el café Suizo o en el Regina, acaso una parada en Correos, donde Juan echaba una carta, y enseguida el regreso a la oficina, antes de que en el reloj digital donde teníamos que introducir nuestra tarjeta fuesen, como máximo, las diez y cinco. […]

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Antonio Muñoz Molina en Aire Nuestro: