Etiquetas

, , , ,

ENLACE

A Sael Ibáñez

A pesar del tiempo, aún caigo en la ansiedad vivificadora y densa que surge al contacto con los estudiantes: Siempre concebí cada hora de clases como un castillo de mil puertas que únicamente sirven, todas a la vez, para entrar o salir.

Entre mis alumnos han predominado ingenuos, creyentes e incapaces de imaginar. Alguna vez, para cierto examen, recomendé variadas bibliografías (es decir: diversos exámenes, múltiples acercamientos al tema): y entre cada grupo de estudiantes (y de textos recomendables) deslicé como tributo a Borges un autor imaginario y un libro falso.
Ese día, el menos audaz de ellos no sólo eligió precisamente este volumen, ficticio para mí, sino que centró el examen en una síntesis de aquel libro, en una adaptación del mismo y luego en el establecimiento de principios que sólo de allí podrían extenderse. Antes de su propia firma, el alumno indicó una cita textual. Nadie se ha enterado hasta hoy: Ignoro si mi invención coincidió con algo real; no quise saber si el alumno creó una teoría y un autor para no decepcionarme(se) o si, asombrosamente, él era (va a ser) el misterioso autor de la ambigua bibliografía.

¿TELÉFONO?

(Ejercicio)

No podía discernir si había llamado o si estaba respondiendo. Envuelta por la penumbra de la tarde o del amanecer. Lo único firme eran las voces de ambos: la suya y la de su padre.
Aquello era imposible, lo sabía, pero continuaba interrogando, respondiendo con ansiedad.
Durante cuánto tiempo se prolongaba el vínculo sonoro? Parecía eterno porque la voz de ella se extiende no sólo en el aire sino también en sus manos, agitadas, y en las posiciones de su cuerpo, que puede estar de pie o sentándose; y porque las palabras suyas y las de él surgen, pierden intensidad, se esfuman como si todo estuviese ocurriendo dentro de la niebla.
Quizá al comienzo hubo alegría y sorpresa, pero de manera gradual aparece la inquietud, cierta ansiedad -al advertir que todo es imposible?-; y después francamente angustia.
Para entonces quiere aferrarse al sentido de la conversación, al mensaje que llega tan claro y escucha tratando de no interrumpir, pero haciendo suyos los vocablos, repitiendo las sílabas hasta un punto en que pudiera haber notado que nada oye, aunque no es cierto: la voz de su padre es la de siempre, nítida, amada.
Sabe, cree saber, que hay un ascenso en su emoción, tal vez determinado por la incertidumbre de la situación. Está a punto de llorar y se niega a hacerlo. Lo más importante es cuanto escucha, no su afecto. Así se entrega al sonido único y capta todo, pero su tensión es tal que llora y el llanto humedece sus mejillas, la mano, las palabras. Tanto que éstas desaparecen como líquido en la bruma del instante.
Cuando despierta, estremecida, la hermosa mujer todavía cree que sigue hablando con su padre, muerto muchísimos años atrás.

(S.R, agosto 2, 2013)

JOSÉ BALZA (Venezuela, 1939)