
Julio Llamazares, nacido en Vegamián, León, es un autor que de poeta deviene en claro prosista, no exento su estilo, sin embargo, de un cierto barniz poético, como resina o herrumbre sedicente de la esquinada aspiración de antaño.
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Julio Llamazares, nacido en Vegamián, León, es un autor que de poeta deviene en claro prosista, no exento su estilo, sin embargo, de un cierto barniz poético, como resina o herrumbre sedicente de la esquinada aspiración de antaño.
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CÉSAR VALLEJO
Mi madre me ajusta el cuello del abrigo, no porque empieza a nevar, sino para que empiece a nevar.
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ESPACIO
Y todas las cosas para llegar a ser se miran en el vacío espejo de su nada.
Si los deslices y errores son moneda frecuente en el periodismo, sin duda el ámbito del periodismo deportivo se lleva la palma. Aquí los errores son de órdago, verdaderamente incomprensibles. Pongamos un ejemplo, uno de los muchos que se pueden encontrar a diario. A propósito del incierto futuro de un entrenador de fútbol español, se afirmaba lo siguiente: “se especula que tiene un paso fuera de la RFEF”. Lo que se quería decir es que “tiene un pie fuera” o que “está a un paso de quedarse fuera”. Sin embargo, el periodista escribe una frase absurda e incomprensible.
La gran pregunta es: ¿por qué? No es tan difícil. Se trata solamente de redactar correctamente. No hablamos de escribir un soneto o una brillante página de prosa fulgurante. No. Simplemente se requiere una redacción correcta, pero esta brilla por su ausencia. Más que brillar, reluce, refulge, deslumbra. Habría que preguntarse entonces quién ha escrito esto. ¿Algún becario? ¿Uno que pasaba por ahí? Pues no. Esto lo escribía el redactor jefe de un conocido diario deportivo español. ¡Redactor jefe! Para mondarse de risa.

Todo es relativo
Todo es relativo. En mi planeta ganaba concursos de belleza. Aquí soy un fenómeno de circo, dice con tristeza la hembra de Alfa Centauri, sacudiendo sus apéndices vibrátiles. Total, quién puede desmentirla.
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VERSÍCULOS DEL GÉNESIS
Por las ventanas, por los ojos
de cerraduras y raíces,
por orificios y rendijas
y por debajo de las puertas,
entra la noche.
Entra la noche como un trueno
por los rompientes de la vida,
recorre salas de hospitales,
habitaciones de prostíbulos,
templos, alcobas, celdas, chozos,
y en los rincones de la boca
entra también la noche.
Entra la noche como un bulto
de mar vacío y de caverna,
se va esparciendo por los bordes
del alcohol y del insomnio,
lame las manos del enfermo
y el corazón de los cautivos,
y en la blancura de las páginas
entra también la noche.
Entra la noche como un vértigo
por la ciudad desprevenida,
rasga las sábanas más tristes,
repta detrás de los cobardes,
ciega la cal y los cuchillos
y en el fragor de las palabras
entra también la noche.
Entra la noche como un grito
por el silencio de los muros,
propaga espantos y vigilias,
late en lo hondo de las piedras,
abre los últimos boquetes
entre los cuerpos que se aman,
y en el papel emborronado
entra también la noche.

En Lo bello y lo siniestro, Eugenio Trías contrapone dos categorías estéticas. Para llevar a cabo su estudio, se vale de obras de arte (pictóricas y cinematográficas), llegando a significativas conclusiones. Categorías estéticas que, en el presente ensayo, se ejemplifican con dos pinturas de Botticelli y el film Vértigo, de Alfred Hitchcock. Y es que Trías habla de la belleza de la poesía y de la filosofía, y entiende la novela como protocine, de tal modo que el teatro sería, a su vez, protonovela.

LAS CIUDADES Y LA MEMORIA. 2
Al hombre que cabalga largamente por tierras selváticas le acomete el deseo de una ciudad.
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LOS HERALDOS NEGROS
Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!
“Ahora será la autopsia judicial quien revele las causas de estos ahogamientos”, decía el otro día un periodista español durante un telediario en horas de máxima audiencia. Como habrá notado el desocupado lector, el pronombre relativo no puede ser “quien”, el cual se tendría que referir necesariamente a una persona, sino “que”, referido a cosa, en este caso “la autopsia judicial”. En fin, una concordancia que en la lengua actual constituye un pintoresco error, a diferencia de lo que sucedía en etapas pasadas de la historia de nuestra lengua, como bien atestigua la prosa del homenajeado unas líneas más arriba.
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