
Museo de las pérdidas de Valeria Correa Fiz, El elogio de la sombra de Junichiro Tanizaki, Le collier de la reine de Alexandre Dumas, Mémoire de fille de Annie Ernaux
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ALBADA
Trabajo todo el día, y por las noches me emborracho.
Me despierto a las cuatro en una oscuridad callada, y miro.
Los bordes de las cortinas no tardarán en iluminarse.
Hasta entonces veo lo que siempre ha estado ahí:
la muerte infatigable, ahora un día entero más cerca,
que borra todo pensamiento excepto
cómo y dónde y cuándo moriré.
Árida interrogación: no obstante el temor
de morir, y estar muerto,
centellea de nuevo, te posee, te aterra.

El entierro de Henri Christophe
El gobernador entreabrió la hamaca para contemplar el rostro de Su Majestad. De una cuchillada cercenó uno de sus dedos meñiques, entregándolo a la reina, que lo guardó en el escote, sintiendo cómo descendía hasta su vientre, con fría retorcedura de gusano.
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Gánsteres
Para Doménico Chiappe, que estaba allí.
—El primero siempre es el más difícil le dije.
—En mi caso es el último —contestó llevándose la pistola a la sien.

DANTE HACE TURISMO
A mis pies los tejados de Dite. Las ventanas
con diablos melancólicos. No saben
qué son y fuman
hacia el viento helado.
Hay brujas que cabalgan en banderas
y ondean símbolos vacíos.

Ruido de pasos
Tenía ochenta y un años de edad. Se llamaba doña Gandida Raposo.
Esa señora tenía el deseo irresistible de vivir. El deseo se acentuaba cuando iba a pasar los días en una hacienda la altitud, lo verde de los árboles, la lluvia, todo eso la acicateaba. Cuando oía a Liszt se estremecía toda. Había sido bella en su juventud. Y le llegaba el deseo cuando olía profundamente una rosa.

TIERRA DE NADIE
¿Y si en aquel país hostil
creciera mejor nuestro deseo,
primitivo y absurdo
como un helecho de plástico?
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El pescadero exhibía una sirena dentro de una pecera. Ella, ajena al tumulto, masticaba con sus dientecillos afilados peces de plata que el hombre lanzaba de tanto en tanto al tiempo que gritaba: ¡compren, compren una sirena, la única en el mercado!
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