Crímenes ejemplares -Le comería los hígados- dijo Vicente.No pudo: amargaban. Se enteró por casualidad:-No se lo digas a nadie.-¡No me conoces!Le faltó tiempo para irse de la lengua. Se la arranqué. Era larguísima, no acababa nunca de salir. ¿Usted no ha matado nunca a nadie por aburrimiento, por no saber qué hacer? Es divertido. ¿Ustedes…
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El microrrelato de los viernes: Tres micros de Eugenio Mandrini
Canto quemado Soy un ruiseñor. Cuando supieron que estando cautivos los ruiseñores solo cantamos de noche, me quemaron los ojos para que el canto durase todo el tiempo. No sabían, no podían saber, que aun en la ceguera más honda, el recuerdo de ese fuego sigue tan encendido en mí y es tal su éxtasis,…
Leer másEl microrrelato de los viernes: Tres micros de Cortázar
JULIO FLORENCIO CORTÁZAR (Bruselas, 26.08.1914 – París, 12.02.1984) Un cronopio pequeñito Un cronopio pequeñito buscaba la llave de la puerta de la calle en la mesa de luz, la mesa de luz en el dormitorio, el dormitorio en la casa, la casa en la calle. Aquí se detenía el cronopio, pues para salir a la calle precisaba la llave de…
Leer másEl microrrelato de los viernes: Micros con personajes literarios
LA CUCARACHA SOÑADORA Era una vez una Cucaracha llamada Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha llamada Franz Kafka que soñaba que era un escritor que escribía acerca de un empleado llamado Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha. AUGUSTO MONTERROSO (Tegucigalpa, 2.12.1921- Ciudad de México, 7.02.2003). GOLEM Y RABINO IV ¡No me…
Leer másDos cuentos chinos de Henri Michaux
PREFERENCIAS El jade, las piedras pulidas y como húmedas, pero no brillantes, turbias no transparentes, el marfil, la luna, una sola flor en su maceta, las ramas de múltiples ramillas con hojitas delgadas, vibrantes los paisajes lejanos y envueltos en una bruma naciente, el canto (debilitado por la distancia) de una mujer, las plantas sumergidas,…
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El microrrelato de los viernes: Dos cuentos breves de Lydia Davis

Pelo de perro
El perro se ha ido. Lo echamos de menos. Cuando suena el timbre, nadie ladra. Cuando volvemos tarde a casa, no hay nadie esperándonos. Seguimos encontrándonos pelos blancos aquí y allí por toda la casa y en nuestra ropa. Los recogemos. Deberíamos tirarlos. Pero es lo único que nos queda de él. No los tiramos. Tenemos la esperanza de que si recogemos suficiente pelo, seremos capaces de recomponer al perro.
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El microrrelato de los viernes: Microrrelatos de madres y padres

CÉSAR VALLEJO
Mi madre me ajusta el cuello del abrigo, no porque empieza a nevar, sino para que empiece a nevar.
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El microrrelato de los viernes: Fenómenos de circo de Ana María Shua

Todo es relativo
Todo es relativo. En mi planeta ganaba concursos de belleza. Aquí soy un fenómeno de circo, dice con tristeza la hembra de Alfa Centauri, sacudiendo sus apéndices vibrátiles. Total, quién puede desmentirla.
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El microrrelato de los viernes: Tres ciudades invisibles

LAS CIUDADES Y LA MEMORIA. 2
Al hombre que cabalga largamente por tierras selváticas le acomete el deseo de una ciudad.
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El microrrelato de los viernes: «Los niños tontos»

EL TÍOVIVO
El niño que no tenía perras gordas merodeaba por la feria con las manos en los bolsillos, buscando por el suelo. El niño que no tenía perras gordas no quería mirar al tiro en blanco, ni a la noria, ni, sobre todo, al tiovivo de los caballos amarillos, encarnados y verdes, ensartados en barras de oro. El niño que no tenía perras gordas, cuando miraba con el rabillo del ojo, decía: “Eso es una tontería que no lleva a ninguna parte. Sólo da vueltas y vueltas y no lleva a ninguna parte”. Un día de lluvia, el niño encontró en el suelo una chapa redonda de hojalata; la mejor chapa de la mejor botella de cerveza que viera nunca. La chapa brillaba tanto que el niño la cogió y se fue corriendo al tiovivo, para comprar todas las vueltas. Y aunque llovía y el tiovivo estaba tapado con la lona, en silencio y quieto, subió en un caballo de oro que tenía grandes alas. Y el tiovivo empezó a dar vueltas, vueltas, y la música se puso a dar gritos entre la gente, como él no vio nunca. Pero aquel tiovivo era tan grande, tan grande, que nunca terminaba su vuelta, y los rostros de la feria, y los tolditos, y la lluvia, se alejaron de él. “Qué hermoso es no ir a ninguna parte”, pensó el niño, que nunca estuvo tan alegre. Cuando el sol secó la tierra mojada, y el hombre levantó la lona, todo el mundo huyó, gritando. Y ningún niño quiso volver a montar en aquel tiovivo.
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