EVA
Entre las líneas que representan los hierbajos de la isla descubro una flor.
Si ha de iniciarse la invasión de las especies, que sea ahora. Que llegue la simiente del manzano, que venga Adán. Que empiece el espectáculo.
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EVA
Entre las líneas que representan los hierbajos de la isla descubro una flor.
Si ha de iniciarse la invasión de las especies, que sea ahora. Que llegue la simiente del manzano, que venga Adán. Que empiece el espectáculo.
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PRIMERA LECCIÓN DE TANGO
En la pareja de tango, lo mismo que en la vida, el hombre ejerce la fuerza, la mujer la resistencia.
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IRENE VALLEJO (Zaragoza, 1979). El fragmento seleccionado pertenece al libro “El infinito en un junco”, Editorial Siruela.
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EL LOCO
Se despierta una mañana, se levanta. Se dirige hacia el armario (no desayuna, no bebe ni un vaso de agua). Saca un pañuelo rojo (¿un paliacate?, ¿una seda?) y lo extiende sobre su cama. Recoge objetos de su habitación, objetos que para otros serían tonterías/fetiches/amuletos, pero que para él son sus más valiosas pertenencias: un mechón de cabellos de su amada, una fotografía arrugada de cuando era niño, una piedra recogida en un río, un collar de semillas de colores, un bigote de su gato, un reloj que no funciona.
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CRIANZAS
Siempre imagino que mi madre tiene nada más que venticinco años (la edad que ella tenía cuando yo nací), de ahí, que me enfurezca si la oigo arrastrar los pies, cloquear, toser o pensar como una vieja. No entiendo por qué a los venticinco años le han salido arrugas ni me explico cómo siendo tan joven se acuesta tan temprano.
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SOLEMNE
Boato. A uno y otro lado de las bancadas, los familiares de los novios contienen la respiración con la última nota del órgano, la que da paso a la liturgia.
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PROMETEO
De Prometen nos hablan cuatro leyendas. Según la primera, por
haber revelado a los hombres secretos de los dioses, fue encadenado en el Cáucaso, y los dioses enviaban águilas que le devoraban el hígado, que siempre volvía a crecer.

El entierro de Henri Christophe
El gobernador entreabrió la hamaca para contemplar el rostro de Su Majestad. De una cuchillada cercenó uno de sus dedos meñiques, entregándolo a la reina, que lo guardó en el escote, sintiendo cómo descendía hasta su vientre, con fría retorcedura de gusano.
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Gánsteres
Para Doménico Chiappe, que estaba allí.
—El primero siempre es el más difícil le dije.
—En mi caso es el último —contestó llevándose la pistola a la sien.

Ruido de pasos
Tenía ochenta y un años de edad. Se llamaba doña Gandida Raposo.
Esa señora tenía el deseo irresistible de vivir. El deseo se acentuaba cuando iba a pasar los días en una hacienda la altitud, lo verde de los árboles, la lluvia, todo eso la acicateaba. Cuando oía a Liszt se estremecía toda. Había sido bella en su juventud. Y le llegaba el deseo cuando olía profundamente una rosa.