El microrrelato de los viernes: Dos micros con instrucciones

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INSTRUCCIONES PARA RESUCITAR A CORTÁZAR

La A es de Alfred Jarry; la B, de Borges; la C, de Charlie Parker; la D, de Duchamp. Vierta esta masa madre en una urna griega y añada un puñado de André Breton. O dos. O tres. Integre la pluma viajera de Verne, el lirismo ripioso de Mallarmé, un chorro de licor de Poe y varias capas de Magritte. Para entonces la mezcla debe oler a romanticismo rancio, a juego infinito, a Gauloises. Deje macerar cincuenta años. Finalmente sature con un divorcio, una barba y una pizca de Castro ─cada vez menos, cada vez un poco menos. Aléjese unos pasos y espere a oír el boom. Solo entonces podrá cosechar la fama, pero no se sorprenda si el resultado es un cronopio.

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El microrrelato de los viernes: Dos piezas de Teatro de ceniza


Hipótesis de Borel
Después de incontables generaciones de monos
golpeando teclas al azar durante miles de años, uno de
ellos consigue por fin escribir El rey Lear. Hace tanto
tiempo, sin embargo, que el idioma inglés fue comple-
tamente olvidado, que los sucesores del experimento
no encuentran lógica alguna en aquel mazo de papeles
y lo arrojan sin vacilar a la trituradora.

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El microrrelato de los viernes: Un relato breve de Hombres Felices


UN MODELO

Estimado Señor Edward Hopper:

Visité su exposición en el Arts Center el pasado sábado. Sin embargo, no le dirijo estas líneas para hablarle de pintura. No entiendo de pintura. Me importa una mierda la pintura, francamente.

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El microrrelato de los viernes: Un relato breve de Pilar Adón


La nube

En el año 1973, recién estrenado el mes de octubre, una niña de seis años llegó a la región lacustre de Ganzat en compañía de su hermano mayor, Rogé, que iba a entregársela a sus padrinos: «Lo siento… —les dijo—. No tengo nada más que ofreceros». Los padrinos asintieron, y él se marchó sin mirar atrás, sin querer volver a ver el pálido rostro de su hermana, tan pálido que parecía casi transparente, ni el hatillo de ropa que había dejado a sus pies, donde escondía un libro que había sido de su padre y que tenía por título Manual de plantas simples.

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El microrrelato de los viernes: Dos micros de Guillermo Samperio


La Cola

Esa noche de estreno, fuera del cine, a partir de la taquilla la gente ha ido formando una fila desordenada que desciende las escalinatas y se alarga sobre la acera, junto a la pared, pasa frente al puesto de dulces y el de revistas y periódicos extensa culebra de mil cabezas, víbora ondulante de colores diversos vestida de suéteres y chamarras, nauyaca inquieta que se contorsiona a lo largo de la calle y da vuelta en la esquina, boa enorme

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El microrrelato de los viernes: Dos micros de Patricia Nasello


Desde el principio

Mira a la serpiente, a Adán, a Dios.
—Los tres me han defraudado—dice. E intenta, sin éxito, abandonar el paraíso de ellos.

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El microrrelato de los viernes: Dos micros de Raúl Brasca

YO SIEMPRE CONMIGO

Me abandoné a la placidez del sueño y, cuando regresé a la vigilia, me vi empapado y temblando de miedo. Me perdí detrás de una mujer y, cuando me di cuenta, estaba desnudo y sin un centavo. Me dejé flotar en el vaivén de las olas y, cuando volví en mí, me hacían respiración artificial.

Definitivamente, no puedo dejarme solo.

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El microrrelato de los viernes: Dos micros de Franz Kafka

DE NOCHE

¡Hundirse en la noche! Así como a veces se sumerge la cabeza en el pecho para reflexionar, sumergirse por completo en la noche. Alrededor duermen, los hombres.

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El microrrelato de los viernes: Tres micros de Enrique Anderson Imbert


SERVICIOS

En el Paraíso se recurre intermitentemente a los servicios del Infierno para agudizar el placer de los bienaventurados. De vez en cuando, chirridos, llamaradas malolientes, ramalazos de sombras, desfile de fealdades y penas, todo a guisa de contraste. A su vez, el Paraíso presta algo de su felicidad al Infierno para que los réprobos, también por contraste, no se olviden de que están sufriendo.

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El microrrelato de los viernes: Dos cuentos breves de Lydia Davis


Pelo de perro

El perro se ha ido. Lo echamos de menos. Cuando suena el timbre, nadie ladra. Cuando volvemos tarde a casa, no hay nadie esperándonos. Seguimos encontrándonos pelos blancos aquí y allí por toda la casa y en nuestra ropa. Los recogemos. Deberíamos tirarlos. Pero es lo único que nos queda de él. No los tiramos. Tenemos la esperanza de que si recogemos suficiente pelo, seremos capaces de recomponer al perro.

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