
TRECE MANERAS DE MIRAR UN MIRLO
Versión de Raúl Gustavo Aguirre
1
Entre veinte cerros nevados
lo único que se movía
era el ojo de un mirlo.

TRECE MANERAS DE MIRAR UN MIRLO
Versión de Raúl Gustavo Aguirre
1
Entre veinte cerros nevados
lo único que se movía
era el ojo de un mirlo.

Dejadme sin campanas, pensativo,
desnudo de hojas en mi otoño.
Dejadme penetrado de confines
sobre la tierra. solo.

EL TESTAMENTO
Antes de que suspire mi último jadeo déjame exhalar,
gran Amor, algunos legados. Por la presente dejo en herencia
mis ojos a Argos, si mis ojos pueden ver;
si están ciegos, entonces, Amor, te los doy a ti.
Mi lengua a la fama; a los embajadores mis oídos;
a las mujeres, o al mar, mis lágrimas.
Tú, Amor, me has enseñado hasta ahora
—haciéndome servir a la que tenía veinte más—
que no debo dar a nadie, sino a quien tenía demasiado antes.

EL HUMO DEL CIGARRO
Miras a contraluz el suelto hilo
que se devana en fáciles volutas.
Y en esa trasparente arquitectura
reconoces un ritmo, el equilibrio
de una danza precisa.

SONETO 94
Los que pueden herir y, aún así, nunca hieren,
Los que no hacen aquello que exteriorizan más
Y los que, aún conmoviendo a otros, no se inmutan,
Son como piedras, fríos, sin que los tiente nada.

En el palacio Mocenigo donde vivió solo Lord Byron usaba los grandes salones Para ver la soledad espejo a espejo Y la belleza de las puertas cuando nadie pasabaLeer más

ASENTAMIENTO
El matrimonio no es
una casa, ni siquiera una tienda de campaña
es anterior, y más frío:
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LA IMAGEN DE UNA MUJER FRENTE
AL DUOMO DE FLORENCIA
come vertute in Petra preziosa
GUIDO GUINIZZELLI
A Beatriz Magán
Un témpano dorado del color
del trigo hecho piedra:

ESO
Mi cansancio
mi angustia
mi alegría
mi pavor
mi humildad
mis noches todas
mi nostalgia del año
mil novecientos treinta
mi sentido común
mi rebeldía.
Mi desdén
mi crueldad y mi congoja
mi abandono
mi llanto
mi agonía
mi herencia irrenunciable y dolorosa
mi sufrimiento
en fin
mi pobre vida.

El haiku no solo emplea una antiquísima métrica determinada (tres versos que suman un total de diecisiete sílabas distribuidas en la siguiente fórmula: cinco, siete, cinco) sino que es un modo concreto (atento, silencioso, asombrado y libre) de estar en el aquí y ahora del mundo.
En esa larga tradición literaria que comenzó hace siglos, en Oriente, se inscriben los doscientos haikus reunidos de Carlos Pintado, en El árbol rojo; doscientos microorganismos poéticos de altísima complejidad en su deslumbrante sencillez. La sabiduría y belleza que condensan alcanzan para construir un universo breve pero lo suficientemente poderoso como para adherirse en la conciencia del lector.
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