
PROMETEO
De Prometeo nos hablan cuatro leyendas.
Según la primera, lo amarraron al Caucazo por haber dado a conocer a los hombres los secretos divinos, y los dioses enviaron numerosas águilas a devorar su hígado, en continua renovación.

PROMETEO
De Prometeo nos hablan cuatro leyendas.
Según la primera, lo amarraron al Caucazo por haber dado a conocer a los hombres los secretos divinos, y los dioses enviaron numerosas águilas a devorar su hígado, en continua renovación.

El pescadero exhibía una sirena dentro de una pecera. Ella, ajena al tumulto, masticaba con sus dientecillos afilados peces de plata que el hombre lanzaba de tanto en tanto al tiempo que gritaba: ¡compren, compren una sirena, la única en el mercado!
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La ciudad me expulsa con su textura de hojalata, subo las escaleras de un edificio cálido para llegar a mi departamento. Antes de encender la luz dos fulgores agazapados y punzantes brillan en la oscuridad, me amenazan con su mirada amarilla, me acusan.

BORGES Y YO
Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico.
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Lucas, sus luchas con la hidra
Ser una hidra es fácil pero matarla no, porque si bien hay que matar a la hidra cortándole sus numerosas cabezas (de siete a nueve según los autores o bestiarios consultables), es preciso dejarle por lo menos una,
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EL ARTE DE ALZARSE DE ALZARSE CON LOS PECES
La orden de su padre era simple, y no admitía réplicas, como siempre. “APRENDERÁS A PESCAR”.
Se sabe que él no era un rebelde. Puede ser que quisiera ocupar su tiempo en otros menesteres, que fuese indolente. O tonto.
No aprendió.
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DESTETE
Cuando el joven lobo, abandonando los pechos de la loba, degüella su primer cordero, hay una sonrisa en las nubes: el mundo sigue obediente, el Edén no vuelve a empezar
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AMOR
Una mujer se enamoró de un hombre que llevaba muerto varios años. No le bastaba con cepillarle el abrigo, lavarle el tintero, tocar su peine de marfil: tenía que construir la casa sobre su tumba y sentarse con él noche tras noche en el sótano húmedo.
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